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Full text of "Solfeo (crítica y sátira)"

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SOLFEO 

(CRÍTICA Y SÁTIRA) 



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OBRAS DEL MISMO AUTOR 

Mostaza (epigramas). — Segunda edición: ago- 
tada. 

Reflejos de Fray Candil (críticas). — Segunda 
edición: agotada. 

Escaramuzas (críticas). 

Fiebres (poesías). — Segunda edición: agotada» 

Capirotazos (críticas). 

El P. Coloma y la aristocracia (crítica). 

Triquitraques (críticas). — Agotada. 

Solfeo (crítica y sátira). 

EN PREPARACIÓN 

La protesta solitaria (críticas). 
A vista de pájaro (críticas). 
Palos de ciego (críticas satíricas). 
Novelas en germen. 
La agonía de una raza (novela). 



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FRA.Y Cj^NDIL 

(EMILIO BOSADILLA) 



SOLFEO 

(CRÍTICA Y SÁTIRA) 

CON UN PRÓLOGO 



U. GONZÁLEZ SERRANO 



MADRID 

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TELLO 
IMPKE80K DB CÁMARA DB S. M. 

Don Evaristo, 8 

1893 



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PROLOGO 




RAY Candil j Emilio Bobadilla, autor 
de Solfeo y de otros libros muy leí- 
dos y comentados, es un escritor de 
cuerpo entero. 

Piensa rectamente, percibe con claridad, 
expone en un estilo cortado y conciso las 
observaciones que su espíritu crítico le su- 
giere y las que le suministra su mucha y es- 
cogida lectura. 

Es un darwinista convencido; entiende 
que el alma, el espíritu, cuanto á lo interior 
se refiere, es, si no una consecuencia, al 
menos una energía que vive en intimidad 
constante con el organismo fisiológico y con 
el medio dentro del cual se desarrolla. El 
suelo, el ambiente y la organización son los 
elementos de la síntesis humana. 

Ved el hombre, el físico de Fray Candil; 



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VI PRÓLOGO 

inferid de su inquieta y premiosa conversa- 
ción el medio en que ha vivido, la cultura 
que le nutrió, y tendréis síntesis aproxima- 
da de lo que es y de lo que desea. 

Delgado de cuerpo, con vista penetran- 
te, de tonicidad muscular fustigada por un 
eretismo nervioso, cuidadoso en el vestir, 
retraído de las relaciones sociales, cubano 
de nacimiento, con la divina pereza de las 
gentes del Mediodía y la viril energía de 
una educación modernista y libre, nostálgi- 
co, con un pesimismo saludable, que des- 
confía dé las flaquezas humanas y se pren- 
da de las inflexibles leyes que la lógica in- 
manente en el mundo impone á los fenóme- 
nos. Fray Candil es un carácter complejo, 
complejísimo, á veces, como él mismo dice 
que debe ser él crítico, hasta contradic- 
torio. 

Ha construido por sí mismo, sin ayuda de 
nadie, merced á su laboriosidad, lenta qui- 
zá, porque no le ha obligado la dura necesi- 
dad, pues siempre disfrutó de posición des- 
ahogada (presumo que no le calumnio), ha 
construido poco á poco el edificio de su bien 
sentada reputación de escritor crítico. Solo 



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PRÓLOGO Vil 

con sus tristezas en medio de la muchedum- 
bre, aburrido de la sociedad, un tanto su- 
perficial, que á veces se forma en su refugio 
constante del Ateneo, ha llegado á enamo- 
rarse de la insociabilidad que predica Scho- 
penhauer y ha comenzado y continúa criti- 
cando cosas y personas con una severidad 
rayana en lo cruel. No se casa con nadie 
más que con la verdad tal como la entien- 
de (y aun hace gala de un celibatismo in- 
corregible); no sigue jamás la espiral: va 
tras la línea recta. 

Le han proporcionado sus críticas, duras 
y severas (y en el ardor de la polémica á 
veces injustas), serios disgustos y no pocas 
enemistades. No es susceptible de enmien- 
da: sigue en sus trece; se conoce que no 
gusta de la guayaba de su país, prefiere la 
mostaza. 

Para Fray Candil el crítico ha de ser ci- 
rujano que no sólo corta, sino que raja. El 
ambiente lesbiana que Aristóteles pedía 
para toda corrección fecunda, ha de con- 
vertirse en Fray Candil en reactivo amar- 
go. No entiende de aglutinantes; prefiere 
cortar á desatar los nudos. 



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VIII PRÓLOGO 

Descuella á través de tales condiciones 
una valiosísima en Fray Candil como crí- 
tico: la moralidad científica. Es un amante 
sincero de la verdad, y con su temperamen- 
to americano se siente más atraído por ella 
cuanto más crudamente se concibe y se ex- 
pone. Al bigotismo de los velos púdicos 
prefiere la plasticidad del desnudo. Todo 
eufemismo irrita sus nervios, y á pesar de 
su esmerada corrección, siempre está más 
cerca de Zola que de los escritores atilda- 
dos. No se explica la bonhomie en la críti- 
ca; siempre se representa su misión como 
la de juez inflexible. Dura lexj sed lex. Cai- 
ga el que caiga (aun su propia personali- 
dad) y que triunfe la verdad. Encarándose 
con una de las reputaciones ya hechas y 
consagradas, al mismo Olimpo llega con su 
fustigadora censura y dice: «Urge volar 
con la dinamita de la verdad tanta montaña 
de mentira como nos oculta el horizonte. 
No importa que estén en la cumbre. Puede 
que al caer alguno me aplaste. ¿Qué más da? 
Las grandes fábricas suelen levantarse so- 
bre un montón de cadáveres de obreros.» 

Ideas viriles, pensamientos audaces, pa- 



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PRÓLOGO IX 

labras enérgicas que ganarán las simpatías 
de todos los que alberguen dentro de sí el 
sentimiento de lo justo, tanto más exigido 
cuanto más se aplica á los de arriba. Quien 
pu 2de, debe, y en el grado en que aumen- 
tan sus medios, deben acrecentar las obli- 
gaciones. Es un viento saludable el de la se- 
veridad aplicado á las reputaciones ya for- 
madas. 

Pero (eterno adversativo de las cosas hu- 
manas) si esa crítica dura, cuando no llega 
á las fronteras de lo apasionado y de lo in- 
justo, es un reactivo poderoso aplicado á 
los que han llegado ya á la cimibre (y quizá 
la han doblado, iniciando decadencias la- 
mentables), me parece irritante y casi into- 
lerable cuando no varía de medida con las 
medianías. Peca con ellas de cruel Fray 
Candil, Impresionista en sumo grado, vehe- 
mente con exceso, pocas veces se mantie- 
ne dentro de la línea que separa al adver- 
sario del enemigo. Profesa un odio africano 
á lo malo y á lo anti-artístico. Siente lo que 
juzga y se apasiona lo mismo en pro que en 
contra. No observa, en su á veces profundo 
humorismo, la regla más elemental: Parce'^ 



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X PRÓLOGO 

fe personiSy dicere de vtttts. Sigue norma 
contraria. De dos plumadas pone de mani- 
fiesto el mal y el vicio, y se complace des- 
pués en disecar y triturar al que cae bajo su 
férula. 

Con sus juicios sintéticos, acres y escue- 
tos, Fray Candil cae en un cierto dogma- 
tismo que es contrario al sentido libre que 
generalmente revelan sus críticas; contra- 
dicción que no merece elogios, que es digna 
de censura y que en mi sincera admiración 
por el talento del autor de Solfeo con inge- 
nuidad expongo, y que procuraré justificar, 
demandando para los fustigados un tantico 
de piedad, pues su ausencia completa podrá 
dar ocasión á que los maliciosos supongan 
móviles que yo garantizo que no son los de 
Fray Candil. Ni crea mi buen amigo que 
gusto de la pastosidad bonachona de los que 
todo lo aplauden, ni que desconozco que 
aun en lo injusto del ataque lo que debe flo- 
tar, flota, como el acero despide chispas á 
medida que es más duro el golpe del pe- 
dernal. 

No son razones sólo de orden moral las 
que yo quiero aducir contra lo vidrioso y 



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PRÓLOGO XI 

esquinado de algunos juicios de Fray Can- 
dil. La buena intención itñplica poco ó nada 
para el éxito de las obras literarias. Se pue- 
de ser un dechado de buenos propósitos y 
á la vez un enjambre de necedades. 

De orden lógico son los motivos que no 
autorizan una severidad llevada al último 
límite. La relatividad de nuestros conoci- 
mientos (como dice Fouillée), lo conjetural 
de nuestros juicios impone una cierta tole- 
rancia que debe inclinarnos á explicarlo 
(ó al menos intentarlo) todo, y quien expli- 
ca se halla muy cerca de justificar. Si el 
sentido semi-aristocrático (siempre aristo- 
cracia de lo bueno) de Fray Candil se exal- 
ta ante lo malo é imperfecto; si su tempera- 
mento de artista padece de neurosis con lo 
anti- estético, ¿por qué no deja esas que lla- 
ma medianías, sin hacer su cruel disección, 
entregadas á lo que el mismo Schopenhauer 
apellida la conspiración del silencio? 

Y cuenta que no se le exige para ello ni 
doblarse ni quebrarse, pues si es cierto que 
la verdad tiene los brazos largos, también 
es indudable que la verdad es siempre re- 
lativa y que el estoico moderno Kant no se 



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XII PRÓLOGO* 

creía nunca obligado á faltar á ella, pero sí 
en aptitud de callarla. 

Que calle Fray Candil algunas de las 
más sangrientas que dice, máxime cuando 
de la demostración de que un genio en 
agraz emplee más ó menos ripios no depen- 
de la salvación de los fundamentos socia- 
les. Mata pájaros á cañonazos Fray Candil 
con algunas críticas, que superan en inten- 
ción y en sentido estético á lo criticado, y 
que escritas en forma positiva, sin el aperi- 
tivo de la censura personal, serían una obra 
valiosa y además buena. Cuando todos (al 
menos los que se interesan en ciertos asim- 
tos) saben de algunos que no son poetas, 
sino escribidores de renglones desiguales, 
¿qué interés tiene Fray Candil en divulgar 
malas noticias, como decía humorística- 
mente Alarcón? 

De carácter estético son también algunas 
consideraciones que se pueden oponer á 
la inflexible acerbidad de ciertos juicios de 
Fray Candil, Lo mismo en ciencia que en 
arte, es la labor tan complicada que no huel- 
ga ningún obrero. Exigir cada vez más al 
que más puede, alentar al que se esfuerza 



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PRÓLOGO XIll 

en subir la cumbre si pone el pie en firme, 
dejar á un lado (en la conspiración del silen- 
cio) al que cae, no precipitando su caída, pa- 
rece condición impuesta á la misión nobilísi- 
ma de la crítica. Que recuerde el ingenioso 
autor de Solfeo una de sus lecturas más fa- 
voritas, la de Guyau, y de ella cuanto se dice 
de la piedad universal. Además, el criterio 
estético en general y el literario en par- 
ticular no aparece hecho de una pieza; no 
sale como Minerva de la cabeza de Júpiter. 
Se forma y deforma incesantemente. ¿Á qué 
he de explicar yo semejante verdad S un 
partidario acérrimo de la ley de la evolu- 
ción? Capas superpuestas, ideas viejas, tó- 
picos anticuados persisten á través del 
tiempo, siquiera su acción lenta los modifi- 
que. Suprimirlos de pronto, causa éxitos 
ruidosos; pero deja un mar de fondo que 
perturba más que favorece al ritmo y al or- 
den que requieren el progreso de lo verda- 
dero y de lo bello. 

Sea ó no cuestión de temperamento la 
severidad de juicio de Fray Candil, nos pa- 
rece fecunda cuando la aplica á los de arri- 
ba; se nos antoja cruel é inmerecida cuan- 



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XIV PRÓLOGO 

do la emplea en las más obscuras medía- 
nías. Señaladamente porque la crítica no 
debe de ser sólo negativa (y apenas si reba- 
sa ese Umite cuando exclusivamente atien- 
de á señalar deficiencias y necedades), sino 
que requiere algo positivo , que es lo que 
subsiste. Ya lo dijo el gran revolucionario 
Danton: destruir por destruir no conduce á 
nada. La negación es semejante á Saturno: 
devora sus propios hijos. Poco zumo se pue- 
de sacar de una piedra de Torrelaguna; nu- 
las son las afirmaciones que pueden suges- 
tiváinente inferirse de la crítica acerba de 
un escritor mediocre ó malo, me dirá Fray 
Candil, Se impone la poda, es preciso des- 
brozar la tierra; pero á la vez es necesario, 
añado yo, desparramar semilla. Puede ser 
un terreno fértil, sin llegar á ser fecundo: 
bien lo sabe Fray Candil, que habrá con- 
templado en su país la exuberancia tropi- 
cal de aquellas vegetaciones frondosas, que 
sólo se convierten en veneros de riqueza 
merced á la labor positiva del hombre. 

«Más que á sus novelas, dice Fray Can- 
dil, debe Zola su universal nombradla á la 
guerra de pluma que se le ha venido ha- 



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PRÓLOGO XV 

ciendo hasta ahora.» Verdad en parte, pero 
falso en otro respecto. No ha revelado Zola ^ 
su genio en sus polémicas ni en sus odios 
literarios: ha asentado de manera inconcu- 
sa la superioridad y nervio de su talento y 
de su estilo en las obras magistrales que ha 
escrito, no en son de polémica negativa, 
sino para confirmar positivamente las teo- 
rías que sustentaba contra las que preten- 
día destruh- y en parte de hecho ha des- 
truido. 

No es la ruidosa batalla cohtra los Pht- 

> 
listeoSj llamada Dte Xenien, valientemente 

sostenida por Goethe y Schiller, la que hizo 
de estos dos genios ubérrimas nodrizas de 
la cultura germana. Es la obra positiva que 
seguían: la fecundidad de Schiller, soste- 
niendo el.Teatro nacional; la inagotable de 
Goethe, dando pauta y norma para todo 
género literario. La diablura poética de 
Die Xenien (epigramas sangrientos) hubie- 
ra sido fuego fatuo sin el calor concentrado 
de los jalones puestos por Goethe y Schiller 
en la construcción del gigantesco edificio 
con que soñaban, la ciudad ideal, de la 
cual quizá sea sólo un eco esta absorben- 



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XVI PRÓLOGO 

te heguemonía militar del férreo imperio 
teutón. 

Después de todo, hay que confesar que la 
censura, la ironía, la deficiencia tanto vale 
cuanto se halla formulada en supuesto de 
aquello que se echa de menos. Mefistófeles 
lo dice: soy parte de aquel principio que, 
queriendo negarlo todo, todo lo afirma. 
Tal es el círculo de hierro dentro del cual 
se recluye la crítica que es exclusivamente 
negativa. 

La censura es el aperitivo; pero ¿para qué 
despertar el apetito, si no suministramos 
después manjares con qué satisfacerlo? La 
crítica no debe sólo ser negativa y zumbo- 
na; ha de ser también positiva. Que así lo 
reconoce Fray Candil, se demuestra con la 
admiración justificada que siente por Taine, 
Valera y Menéndez Pelayo, y con la lectura 
de Solfeo, donde hay páginas hermosamen- 
te pensadas y escritas en el sentido que in- 
dicamos (entre otras La sinceridad critica. 
La comedia religiosa, Maupassant, Mora- 
licemos, etc.) 

Si posee y á veces ejercita aptitudes en- 
vidiables de crítico positivo Fray Candil, 



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PRÓLOGO XVII 

¿por qué gasta tiempo, tinta y humorismo en 
minucias? El excedente de energía mental 
que derrocha en Baturrillos graciosísimos 
(siquiera su finalidad sea de corto alcance), 
capitalizaría mejor acompañado de más al- 
tos propósitos. Si Fray Candil es en ocasio- 
nes, en medio de la risa amarga de su pun- 
zante humorismo, un escritor asceta, al mo- 
do de Quevedo, que llega á decir: «Cuando 
una sociedad se alarma por cosa de poco fus- 
te, malo. Es que la podredumbre del fondo 
sube á la superficie. La hipocresía suele ser 
el vicio vestido de luto,» ¿por qué no ahonda 
y persiste en ese tema, en vez de manosear 
y poner en la picota las psicologías pour 
rire de ciertos novelistas hechos de prisa? 
Luego la labor literaria (y aun la científi- 
ca) no puede ni debe ser juzgada de modo 
dogmático, poniendo al ensayo malo (ni aun 
al pésimo) el estigma Nulla est redemptio. 
Hay siempre posibilidad, en medio de lo 
malo, paralo mejor. No ignora Fray Candil 
que el cerebro, órgano de superfetación, se 
desarrolla muy lentamente. Quien produce 
hoy obras medianas ó malas, puede maña- 
na concebirlas geniales. 



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XVIII PRÓLOGO 

Largo es el alegato, demandando ó silen- 
cio ó piedad para las medianías. Aún pudié- 
ramos prolongarlo, á riesgo de que los me- 
nos perspicaces conocieran que trabajamos 
en causa propia. Pero urge poner de relie- 
ve, para que no se tomen nuestras afirma- 
ciones como gratuitas, algunas entre las 
muchas buenas cualidades de crítico que 
posee el autor de Solfeo. 

Perspicacias rayanas en lo sutil, sin caer 
en lo alambicado; perspectivas de las cua- 
les brota la luz aun en lo que pasa inadver- 
tido para la generalidad, abundan en las pá- 
ginas substanciosas de Solfeo. Como escri- 
tor sugestivo. Fray Candil puede figurar 
entre los primeros. Buzo del pensamiento, 
su psicología, aparte la preocupación orga- 
nicista, es honda, y sus observaciones certe- 
ras, lo mismo cuando toca en las sinuosida- 
des de lo individual que cuando aplica su 
mirada á lo colectivo. Hablando de lo re- 
traído en la conversación de un gran escri- 
tor, dice: «El diálogo silencioso y constante 
del cerebro y de la pluma suele habituar al 
laconismo y producir una gran fatiga inte- 
lectual.» Cuando trata de los que piensan lo 



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PRÓLOGO XIX 

que sienten y no sienten lo que dicen, afir- 
ma que «en lo que escriben falta la nota ca- 
liente que da el trato con la hembra; el ca- 
lor humano que sólo la mujer sabe comuni- 
car á nuestro pensamiento.» Si se ocupa de 
la maledicencia, observa que «en el café la 
envidia literaria pone sus huevos.» Et sic 
de cceteris. 

La delicadeza de sus observaciones no 
niega la ardiente inspiración de artista y de 
hombre con que retrata y siente el amor. 
Por la prosa caliginosa del capítulo Ame- 
mos se esparce un hervor de vida que llega 
al clasicismo pagano. El músculo y el ner- 
vio marchan de consuno en Fray Candil 
paxa dar una plasticidad semoviente al Le- 
viatán de los sentimientos humanos. 

Donde se ofrece de una vez y tal cual es 
la idiosincrasia de Fray Candil es en el ca- 
pítulo La sinceridad critica. Las breves 
páginas que contiene, en medio del ambien- 
te modernista, característica del estilo de 
Fray Candil, alcanzan á veces la tonalidad 
propia del asceta. La protesta contra la at- 
mósfera de mentira que nos rodea semeja 
los más levantados acentos épicos. 



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XX PRÓLOGO 

Y burla, burlando se ocupa del problema 
religioso (La comedia religiosa). Sin reto- 
ños místicos que parecen tributos miedosos 
de una vejez prematura á una juventud tor- 
mentosa ó romanticismos hueros que equi- 
valen á patente de corso para cubrir la 
mercancía averiada de una vida prosaica y 
farisea; con viriles fustigaciones al bigotis- 
mo de todas clases, exclama Fray Candil, 
sintiendo lo que piensa y dominado por una 
unción religiosa que convierte la selva ne- 
gra del pensamiento en un pesimismo re- 
dentor y benéfico: «El espíritu verdadera- 
mente religioso es aquél que reza para 
adentro, á su modo, en las soledades con- 
templativas de su conciencia; el qu^ obra 
honradamente sin esperanza de recompen- 
sa ni miedo á castigos ultraterrestres; el 
que al ver el espectáculo moral del mundo 
levanta los ojos interiores á un ideal puro, 
bueno y grande (altruismo), y mira á los 
hombres con la lástima que despiertan en 
las almas escogidas.» 

Aún insiste en tan interesante tema el 
aparentemente escéptico Fray Candil, y 
la tesitura de su sentimiento sólo iguala á 



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PRÓLOGO XXI 

la concisión grandilocuente de sus frases 
cuando añade: «Hay una religión hermosa, 
la religión del deber, que para nada nece- 
sita del templo ni del sacerdote. Sus altares 
no tienen ídolos; en ellos no se quema in- 
cienso ni arden cirios. La música del órga- 
no no turba con vibraciones lascivas la ora- 
ción del creyente solitario. Es la religión 
que menos mártires cuenta, porque no en- 
treiña amenazas ni premios ultramundanos. 
Es una religión sana que prende en los or- 
ganismos equilibrados, armónicos y altruis- 
tas. No pide nada para sí: ni la adulación 
cobarde del supersticioso, ni el arrepenti- 
miento tardío del malvado. No pide más 
que sinceridad y honradez.» 

El perfume de profunda religiosidad, de la 
que es eficaz para la vida y se traduce en la 
práctica de las buenas obras, unido á \m 
gusto estético que por lo delicado raya en 
el refinamiento, acrecentado por un hondo 
pensar y un recto sentir y avalorado por un 
estilo vibrante y pintoresco y una vasta cul- 
tura, hace del libro Solfeo imo de los que 
deben leerse, leyendo entre lineas. Si el 
ritmo de tantas y tantas perfecciones se ve 



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XXII PRÓLOGO 

perturbado á veces, señaladamente . en el 
ardor de la lucha, por un temperamento de 
atleta, que no examina siempre las armas 
que emplea... reconozcamos, sin aminorar- 
lo, el defecto, pero sin olvidar las buenas 
cualidades de que está matizado el bien pen- 
sado y gallardamente escrito libro de Fray 
Candil^ á quien admira y estima 

U. González Serrano. 

Madrid Octubre 1893. 



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ALGO DE TODO 



Los Académicos y La Dolores, — El dolor físico y el do- 
lor moral.— Opinión de Mantegaxza* — Taine y Gaste- 
lar. — Los farsantes. 




A Academia no ha tenido á bien premiar 
el drama La Dolores^ de Feliú y Codina. 
Pase que no haya querido galardonar 
Mariana d), drama efectista, si les hubo, digan lo 
que digan ciertos críticos ingertos en sacristanes 
que han dado en la ñor de llamar genio á Echega- 
ray; pero á La Dolores^ que es un drama estima - 
ble, á pesar de sus ripios y de otros defectos que 
reconozco... 

Muchos suponen que un drama, para ser bue- 
no, requiere ser drama desde el principio y en to- 
das sus escenas. De modo que un drama en que 
haya mucho de comedia, tiene que ser malo de 
necesidad» Señores: en la vida, donde debe ins- 
pirarse el artista verdadero, los dramas no se dan 



(x) Después de mu. has vacilaciones, la Academia resolvió pre> 
miar esta obra. 



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FRAY CANDIL 



solos, sino en medio de una atmósfera en que lo 
cómico alterna con lo trágico. 

Nótese que en el teatro clásico, el gracioso-- 
por lo común, pesadísimo— no falta. Hasta en un 
mortuorio brilla el elemento cómico. Recuerdo 
que Flaubert, describiendo en una de sus cartas á 
Máximo X>u Camp— si no me equivoco— el entie- 
rro de un amigo para él muy querido, no podía 
menos de reirse de lo grotesco de la ceremonia fú- 
nebre. 

Para mí— que no soy retórico y que no miro lo 
clásico con ojos de idólatra, porque lo clásico» 
qui2á, no fué sino un estado de espíritu de los 
antiguos— el drama no ha de ser todo pasión y 
conflicto; todo poesía, más ó menos legítima; to- 
do levita ó frac, mejor ó peor cortados. El drama 
lo mismo se da en la cumbre que en el valle, en 
la ciudad que en la aldea, aunque, como advier- 
to en otra parte, hay más dramas abajo que arri- 
ba. Puede haber hasta dramas sin amor. Basta que 
exista un dolor grande— aunque sea de muelas- 
para que el drama surja. 

Yo sé de algunos que se han suicidado por un 
dolor irresistible de dientes. Claro que nada tan 
vulgar como una odontalgia. Nos burlamos de ella 
cuando no somos la víctima. 



Estamos hechos á no ver lo sublime ó el subli- 
me, como dicen algunos, más que en lo moral, y á 
lo físico y á lo intelectual... que les parta un ra- 



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SOLFEO 3 

yo. Un dolor moral (cuando no degenera en psi- 
cosis), un dolor abstracto al uso, es muy discuti- 
ble; en muchos casos es cosa de educación; de 
temperamento siempre. Un dolor físico no admi- 
te discusión. Me duele el estómago, y me duele... 
porque me duele, y no hay que darle vueltas. Un 
pesar psíquico tiene arreglo cuando no se com- 
plica con alguna afección orgánica profunda. Las 
preocupaciones morales nacidas del convencio- 
nalismo social se alivian y curan- radicalmente, ó 
quedan en algunos espíritus en calidad de diáte- 
sis silenciosa y obscura. Dígaseme cuántos son los 
que se matan por penas morales. Todos, más tar- 
de ó más temprano, perdemos á nuestros padres. 
Y prueba de que no nos morimos es... que segui- 
mos viviendo. ¿Quién no lleva en el alma tristezas 
manidas? ¿Qué inteligencia reñnada y culta no 
vive en desacuerdo con la sociedad que la rodea? 
En cambio, los suicidios por males físicos, más ó 
menos manifiestos, que no tienen cura, son mu- 
chos. Á la estadística, si no. Con un dolor moral 
se puede vivir mucho. Con un dolor físico, no. Si 
las penas morales matasen, yo estaría enterrado 
hace tiempo... 

Y es que lo moral, si no en todo, en parte, tal co- 
mo le entiende la masa^ es edificio fundado sobre 
arena. El honor, como enseña Schopenhauer, es 
una convención. Léanse sus reflexiones sobre el 
duelo, pongo por caso. Hemos concordado en que 
la honra es algo muy importante, y cuando la ana- 
lizamos profundamente, entregados á nosotros 



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FRAY .CANDIL 



mismos, en el aislamiento de nuestro espíritu que 
medita... resulta humo. 

Sin cierto mundanismo y mucho desconsuelo 
intelectua], no sé apreciará tal vez lo que digo. 

No pasa lo propio con el dolor físico. Será una 
equivocación ó un crimen de la naturaleza, en sen- 
tir de Mantegazza; pero es un hecho que no tiene 
vuelta de hoja. 

La escuela naturalista en él se inspira, lo pro- 
pio que la religión y la psicología contemporánea. 
¿Qué es la Biblia sino la epopeya mística del do- 
lor? «El dolor — escribe Mantegazza— está íntima- 
mente ligado á todos los fenómenos de la vida 
individual y á todos los problemas sociales.» (La 
physiologie de la DouleurJ 

Del fondo de todas las literaturas se levanta el 
grito del dolor humano, como del fondo de los 
mares la vorágine. 

El culto del dolor es una enfermedad mística de 
los cerebros anémicos, como piensa el ilustre fisió- 
logo italiano. Es erróneo creer que el dolor nos 
digniñca y fortalece. Lejos de eso, nos humilla y 
consume. Por eso la ciencia se propone como fin 
supremo borrar ó corregir este error de la natura- 
leza. En tal concepto, nada tan dañoso como el 
Cristianismo, que proclama el sufrimiento como 
norma de conducta. La verdadera felicidad consis- 
te en la alegría que supone salud, y la salud es la 
fuente de la vida... 

Y volvamos á nuestro asunto, porque hablar de 
este negocio á los Académicos— en su mayoría 



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SOLFEO 5 

gente rutinaria y hueca— equivale á predicar en 
desierto. Educados en la mentira intelectual, 
llenos de polvo, de vanidad, ¿cómo han de admi- 
tir, presupuesta su estética fósil, que el arte sea 
una sucursal de los hospitales, frase que, de fijo, 
se les ocurrirá al leer estas líneas, si las leen? Yo 
no escribo para los Académicos ni para los creti- 
nos. Escribo para los que opinan como yo. Se me 
da un ardite de que los miopes que no ven en la 
ciencia sino materialismo grosero y hechos sin poe- 
sía, me califiquen de monomaniaco. Yo también 
puedo, á mi vez, calificarles de vesánicos, de aque- 
jados de delirio de grandeza, por cuanto que des- 
deñan lo terrestre por lo divino (un sueño). Lo 
que no empece que mi sensibilidad responda á las 
manifestaciones más complejas y retorcidas del ar- 
te, del arte bueno, se entiende. 

Soy más modesto: me conformo con discurrir 
sobre lo que es accesible á mi conocimiento. No 
imito á Castelar que habla de lo suprasensible 
como si se carteara con Dios á diario. Sí, Caste- 
lar racionaliza el universo á su manera, según la 
•expresión de Littré. 

Y á propósito de D. Emilio. En La Ilustración 
Española y Americana ha publicado dos artícu- 
los, gongorinos y selváticos, como todos los su- 
yos, en que se mete á juzgar á Taine. ¡Qué iro- 
üía! Castelar, todo afectación, hablando de Taine, 
^alma de niño, sencilla, candida, sincera,^ como 
4ice Vogüe; Castelar, todo incoherencia, todo pa- 
labrería, criticando á Taine, que fué todo lógica. 



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FRAY CANDIL 



todo reflexión; Castelar, que es un poseur inso- 
portable, interpretando á Taine, que fué toda 
verdad, todo modestia, hasta el punto de no har 
ber querido retratarse nunca. Castelar, que ha de- 
dicado un libro al indiano Telesforo García— de 
quien los periódicos de Méjico han dicho horrores 
— hablando de Taine que antes se hubiera corta- 
do la mano derecha que dedicar uno de sus libros 
al Barón de Reinach, por ejemplo, uno de los la- 
drones del Panamá. Castelar, tránsfuga de la Re- 
pública, eterno adulador de la vanidad popular, 
instrumentando á Taine, que, según Bourget, no 
se acordaba de que había franceses cuando escri- 
bía los Orígenes de la Francia contemporánea. 
Castelar, todo exhibición, todo retórica, todo me- 
galomanía, todo erudición atropellada é indis- 
creta, porque para discutir con Sagasta saca á re- 
lucir á Píndaro y Homero, las basílicas, las gue- 
rras del Peloponeso, las revoluciones del globo, la 
literatura india, los hermanos Arvales, la capilla 
Sixtina, la catedral de Oviedo, la noche de San 
Daniel... [la Bibiial juzgando á Taine, que fué 
todo lo contrario... 

¡Ahy Sr. Castelar! A mí no me engaña usted ni 
me aturde con su trompetería de órgano de igle- 
sia. Usted no puede juzgar á Taine, porque entre 
usted y él se levanta una á modo de muralla de la 
China. Usted no siente lo que dice; usted piensa 
lo que siente. Taine fué un espíritu crítico, sin 
perjuicio de ser «el prosista de más nervio y más. 
espléndida brillantez de color que actualmente 



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SOLFEO 7 

posee la lengua francesa,» como piensa Menéndez 
Pelayo; usted, un temperamento soñador, un pres- 
tidigitador de imágenes brillantes, pero falsas. En 
lo que usted escribe falta la nota caliente que da el 
trato con la hembra; el calor humano que sólo la 
mujer sabe comunicar á nuestros pensamientos. . 

Aquel Castelar de la Asamblea constituyente, 
¿qué se ha hecho? Aquel Castelar grande y gene- 
roso que nos inculcó con palabra de fuego el amor 
á la libertad y el odio á la tiranía, ¿á dónde ha ido? 
Al... partido fusionista. 

El verbo de la democracia^ el más sinfónico de 
los tribunos, {á los pies de Sagasta! 

El león, viejo y sin dientes, ¡á los pies del ca- 
mello moribundo! 

¿Y La Dolores? Este artículo, sin cohesión ni 
orden como un discurso del Castelar de hoy, ha 
crecido bajo mi pluma. Otro día volveré á la carga. 
¡ Ah, sí! Hay que luchar contra la injusticia y caiga 
el que caiga. Urge volar con la dinamita de la ver- 
dad tanta montaña de mentira como nos oculta el 
horizonte... Hay que sacudir el látigo sobre los far- 
santes. No importa que estén en la cumbre. 

«Las torres que desprecio al aire fueron 
A su gran pesadumbre se rindieron.» 

Puede que al caer alguno me aplaste. ¿Qué más 
da? Las grandes fábricas suelen levantarse sobre 
un montón de cadáveres de obreros. 

Con tal de que venga detrás quien arree... 



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EL CELOSO DE SU IMAGEN 



(drama de selles) 




TRUEQUE de que se moleste— -que no lo 
creo— he de decir la verdad á mi amigo 
Selles respecto de su drama El celoso de 
su imagen, ó hacer mal por querer bien (título de 
sainete)^ estrenado anoche en el Español. 

El género histórico, á que pertenece el drama, 
no me gusta, y menos como le interpreta el repu- 
tado autor de Las vengadoras. Aplaudo á Taine 
cuando reconstituye la época de la Revolución fran- 
cesa, por ejemplo, con datos originales^ de prime- 
ra mano, sacados del polvo de los archivos. Aplau- 
do á Flaubert cuando evoca con su vigorosa ima- 
ginación retrospectiva á Cartago, si no como fué, 
como pudo ser, basándose en documentos feha- 
cientes. 

En Taine veo al crítico serio, profundo, al psi- 
cólogo que analiza sin patriotismo retórico á las 
generaciones que dieron origen á la Francia 
contemporánea. 



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10 FRAY CANDIL 



En Flaubert admiro al artista supremo que des- 
cribe en Salambóy con impecable estilo que ges- 
ticula, la guerra entre bárbaros y cartagineses. 

El Sr. Selles, en El celoso de su imagen^ alar- 
dea de un patriotismo 'arcaico y populachero que 
el público ilustrado acogió con señaladas mues- 
tras de frialdad. Para hacer sentir á los demás, se 
requiere, ante todo, que sintamos nosotros pri> 
mero. Yo no dudo del amor patrio del Sr. Selles; 
le tengo por patriota desde el momento en que 
escribe un drama patriótico; pero se me figura que 
no le ha sentido fuertemente al llevarle á las ta- 
blas. Prueba de ello que ni el público de las ga- 
lerías correspondió á las bravatas que en su dra- 
ma abundan. 

Pero dejemos á un lado la parte histórica, y 
hablemos del drama, siquiera sea someramente. 

Ante todo, declaro que no veo el drama, ó que 
si le vi se me antojó violento. 

Los celos de Martín, despertados por Román, 
carecen, á ojos vistas, de fundamento. El proceso 
psicológico no está justificado. ¿Por qué? Porque 
todos aquellos fantasmas pudieron muy fácilmen- 
te ser aventados tan pronto como Martín hubiera 
dicho á Román, á las primeras de cambio, que el 
supuesto amante de Lucía era él (Martín). Pero, 
claro, al autor no le convenía decirlo. De aquí lo 
foi-zado de semejantes celos y del siniestro fin á 
que conducen á ambos consortes. 

La pasión de los celos, cuando no se trata de 
un enfermo aquejado de la manía de la duda ó 



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SOLFEO 1 1 

del delirio de persecución, tiene su asociación 
lógica, si no para los extraños, para el que la ex- 
perimenta. No cabe tener celos de los mosquitos, 
porque sí. Una de dos: ó el que los siente es un 
loco ó es un cuerdo. Ya Cej-vantes, con su pode- 
rosa intuición, decía que el amor del celoso ees 
amor enfermo y mal acondicionado.» Cabe que en 
un temperamento apasionado, ardiente, cunda 
como un incendio en un algodonal; que los dedos 
se le antojen huéspedes; que la vida representativa, 
para decirlo de una vez, se perturbe, dando lugar 
á las alucinaciones; pero aun así, los celos tendrán 
su razón de ser, empezarán por algo real, no por 
simples sospechas tejidas en el aire. 

Ótelo, verbi gracia, influido por Yago, con la 
prueba del /awwe/o— que, al fin, es una prueba — 
obra lógicamente matando á Desdémona, máxime 
si se recuerda que Ótelo era negro ó moro— que 
en esto difieren los comentaristas del dramaturgo 
inglés— y Desdémona, caucásica; y bien pudo el 
reconocimiento tácito de la inferioridad étnica ó 
de raza de Ótelo, contiibuir á su exaltación pa- 
sional. 

El que tiene celos suele considerarse inferior á 
su rival, aunque no lo diga. Al que está conven- 
cido de que posee por entero el amor de una mu- 
jer, no le pasa por las mientes la sospecha de que 
haya alguien que pueda disputársele. Lo digo 
por roí. 

Cuando se abrigan dudas respecto de la fideli- 
dad del objeto amado, de quien se logra ser que- 



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12 FRAY CANDIL 



rido por medios que no son la simpatía espontá- 
nea y vehemente que de pupila á pupila irradia 
su inñujo sugestivo, sino á fuerza de ruegos y de 
dádivas, entonces la justificación de los celos no 
admite controversia . . 

En el drama de Selles, los celos de Martín no 
tienen motivo. Menos le tiene la evolución que el 
autor les imprime. De donde resulta que la muer- 
te de Lucía es un asesinato inútil, lo propio que 
«I suicidio del marido. 

Respecto de la ilusión de Martín W, que le im- 
pulsa á descerrajar un tiro al espejo, en la creen- 
cia de que su imagen (que el espejo reproduce) es 
el amante de Lucía, yo pregunto á mi amigo el 
Dr. Escuder que presenció el drama: ¿No le parece 
á usted que ese delirio ilusorio, sobre no ser pato- 
JógicOy peca de harto fugaz, por cuanto que Mar- 
tín reconoce inmediatamente su error? ¿Cabe en 
buena psico-patología, presupuesta la exaltación 
mental de Martín, que concurra simultáneamen- 
te con el fantasma la rectificación del mismo? 

Las ilusiones como las alucinaciones se corrigen 
con la propia realidad. Si yo, supongamos, en el si- 
lencio de la noche, en una habitación medio en la 
penumbra, creo ver un animal que se arrastra por 
la pared, no tengo más que encender una luz, pa- 
sar las manos por la tapia, y si al testimonio de los 
sentidos, el táctil y el visual, no responde la per- 

(i) Ilusión visual y no alucinación, como han dicho algunot. 
Para mfca pormenores véase Les maladies de VBsprit, de Max-Si- 
mon: París, 1892. 



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SOLFEO 1 3 

cepción primera, puedo asegurar que he sido víc- 
tíma de una alucinación. De modo análogo, pera 
más extensamente, explica este fenómeno el exi- 
mio autor de La inteligencia* 

No hay que olvidar el estado febril del persona- 
je de Selles. Claro que todos padecemos con fre- 
cuencia ilusiones, producidas^ ó por cansancio in» 
telectual, ó por disgustos que han trabajado fuer- 
temente nuestro espíritu, ó por malas digestiones,, 
etc. Semejantes equivocaciones »( son susceptibles 
de inmediata enmienda. Pero cuando la perversión 
de las sensaciones proviene de un gran desequili- 
brio nervioso, tengo para mí — y llámeme Escuder 
al orden si desbarro— que no son tan fáciles de rec- 
tificar. 

Volviendo... á lo mismo. Román, que se gasta 
unas retóricas dignas de un orador de los que se 
desfloran en el Ateneo, no creo yo que emplee la 
lógica suficiente, aunque no sea científica, para 
convencer á Martín de que su mujer se la pega, 
mayormente cuando el propio Martín empieza 
por reirse de las sospechas del criado. 

Por otra parte, Martín no manifiesta los móvi- 
les de su cólera á Lucía. De suerte que la pobre 
mujer, que tampoco se toma el trabajo— cosa inad- 
misible, á mi juicio, en una hembra enamorada- 
de insistir en preguntarle el por qué de sus brus- 
quedades y arrebatos, se queda en ayunas respecto 
de lo que le anda por dentro al marido. 

El drama de Selles pudiera decirse que está in- 
fluido por el Ótelo de Shakespeare. Martín es 



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14 FRA.Y CANDIL 



Ótelo (|ojalá!); Román, Yago (¡cualquier día!), y 
Lucía, Desdémona (¡que si quieres!) 



Como el lector podrá suponer, con semejante 
acción no cabe que haya drama. 

Por eso digo al comienzo de este articule jo que 
el drama brilla por su ausencia. 

Veamos ahora lo que tiene de bueno la obra del 
poeta de El Nudo gordiano. La envoltura— mez- 
cla de verso y prosa— aunque no exenta del lirismo 
pomposo á que nos tienen acostumbrados nues- 
tros dramaturgos,— corre fácil y nerviosa, á tre- 
chos esmaltada con imágenes puitorescas. El diá- 
logo anda espontáneo y vivó y los personajes, no 
obstante los defectos— acaso no lo sean — indica- 
dos, tienen momentos en que despiertan la simpa- 
tía del espectador. 



Eugenio Selles es escritor de talento. No tiene, 
pues, que amilanarse por el semifr acaso de ano- 
che. Á la crítica y al público se les contesta de un 
solo modo: escribiendo mucho y bueno, ó escri- 
biendo poco, pero bueno. Bueno, sobre todo. 

Selles ha escrito cosas buenas. ¿Por qué no ha 
de seguir escribiéndolas? ¡Ah, si se mete otra, vez 
á gobernador de provincia, es harina de otro cos- 



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SOLFEO 15 

tal! ¿No cree Selles que el expedienteo, á la larga 
ó á la corta, pervierte todo gusto artístico, y que 
el tratos á diario con los políticos al uso conclu- 
ye por secar el corazón y la inteligencia? jOh, sil 



Sentiría mucho que á mi amigo Selles le mor- 
tificasen estas cuartillas. Pero ¡qué le hemos de 
hacer! Pienso como Le misanthrope, de Moliere: 

«Je veux q'on soit sincere, et qu^un homme d'honneur 
On ne lache aucun mbt qui ne parte du coéur.» 



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fe^s 



ECHEGARAY 

CON MOTIVO DE 

«EL PODER DE LA IMPOTENCIA» 




o prometido es deuda. Prometí hablar con 
alguna extensión del último drama de 
Echegaray, y voy á hacerlo, aunque me- 
jor sería no metical lo, ¿A qué insistir en una obra 
que el público — esta vez discreto— acogió con se- 
ñaladas muestras de fastidio? Por otra parte, la 
actualidad— esa. tromba que barre con las emo- 
ciones y las ideas que más hondamente nos preo- 
cuparon—ha pasado, y el público— que aún no se 
sabe quién es ni dónde se le encuentra, como pen- 
saba Fígaro— tiene los ojos puestos en asuntos 
más llamativos: el crimen de la calle de Carretas ó 
el del Escorial, por ejemplo. 

En rigor, las críticas teatrales deben no escribir- 
se á raíz dd estrejio, el llanto sobre el difunto, 
como quien dice, sino á los cuatro ó cinco días. 
No de otro modo proceden Lemaítre y Sarcey, los 
corifeos hoy por hoy, cada cual á su modo^ de la 



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1 8 FRAY CANDIL 



crítica teatral en París. (Véanse Le Temps y el 
Journal des Debats.) 

Las improvisaciones críticas— que nada tienen 
que ver con la mayor ó menor cantidad de tinta 
que se gaste^están expuestas á no pocos errores. 
O pecan por carta de más ó de menos en la censu- 
ra ó en el elogio. La crítica requiere reflexión, y la 
reflexión, tiempo. ¿Y quién es el que tiene confian- 
za tal en su memoria que no necesite ver más que 
una sola vez una obra dramática para recordar to- 
das sus bellezas y defectos? 

La obra no se representa únicamente para el crí- 
tico, sino para un concurso heterogéneo que, á lo 
mejor, tose ó prorrumpe en aplausos ó silbidos— 
según sople el viento— y claro, el ruido impide oir 
frases ó palabras de las cuales quizá depende todo 
lo que viene luego. 

Un drama ó una comedia no son como el libro 
que cada cual lee por si solo, sino que reclaman 
el auxilio de los actores. ¿Y si éstos se equivocan, 
como suelen, ó no interpretan con fidelidad, como 
suelen también, el pensamiento del autor? 

Indudablemente que el actor es el que salva 6 
hunde la obra. ¿Y si la noche del estreno, de puro 
conmovido, no da pie con bola, ó atiende más á 
la actitud del público que á su papel? 

Estas contingencias á que se ve expuesto el pa- 
recer del crítico, serían menos si le consignase lue- 
go de ver segunda ó tercera vez el drama, cuando 
la impresión de simple espectador ha pasado, por- 
que una obra escénica, para ser juzgada con hon- 



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SOLFEO 19 

radez, exige que se vea como espectador, prime- 
ro, y así puede uno explicarse ciertos fenómenos 
psíquicos de estética popular, y como crítico, des* 
pues. 

Un drama, por malo que sea, no se escribe en 
horas veinticuatro, aunque lo dijera Lope; y eso 
de echarle abajo ó elevarle hasta las nubes en dos 
paletas, me parece injusto. 

No se me oculta que la crítica periodística tiene 
que ser, quieras que no, impresionista, sintética, 
porque así lo exige la índole del periódico, especie 
de histérico que necesita continuamente variar de 
paisaje; pero con todo y con eso, dentro de esa crí- 
tica cabe su poco de meditación. 

Nada de lo dicho reza con las obras irremedia- 
blemente detestables, desde cierto punto de vista, 
porque cuando sirven de documentos para el es- 
tudio de la enfermedad literaria de una época, en 
un país determinado, no cabe despreciarlas, como 
no desprecia el teólogo el pecado ni el naturalista 
las monstruosidades de las especies. 



El romanticismo, el romanticismo atronador y 
fulminante que tuvo su razón histórica de ser in 
diebus illiSy aún priva en nuestra escena. 

Hasta el día, salvo Selles en Las vengadoras-^ 
conato plausible de drama realista,— Echegaray 
en Un critico incipiente, Tamayo en Un drama 
nuevo y Galdós en algunos fragmentos de La loca 




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%0 FRAY CANDIL 

de la casa, no ha surgido, que yo sepa, al menos, 
un autor que, limpio de toda levadura efectista, 
haya intentado, en armonía con la estética con- 
temporánea, infundir nueva sangre en el caquéxi- 
co organismo de nuestra vieja y falsa dramaturgia. 
Quizá se deba esto, amén de otros factores, á la 
característica de nuestra raza indolente y fanta- 
seadora, cuyo misoneísmo hereditai;io se revela en 
la política lo propio que en la filosofía, en el arte y 
en las costumbres. 

La filosofía es para las demás manifestaciones del 
espíritu algo así como el sol para la fauna y la fio* 
ra. Ella matiza las ideas y los sentimientos como 
la luz y el agua á la planta y al animal. La litera- 
tura de un país donde el espiritualismo supersti- 
cioso predomina, tiene que ser forzosamente soña- 
dora y floribunda. 

El insigne Taine lo dijo: hay una temperatura 
ética que es un estado general de las costumbres 
y de las almas, y que obra de igual manera que la 
temperatura física. 

El arte no puede sustraerse al influjo del medio 
en que vive. Sabido es que un hombre— añade el 
soberano pensador — que pinta ó escribe, no está 
sólo enfrente de su cuadro ó de su escritorio. Por 
el contrario, sale, mira, recibe las indicaciones de 
sus amigos, de sus rivales, busca sugestiones en 
los libros y en las obras de arte. 

El positivismo científico, que ha penetrado en 
todas las literaturas modernas más ó menos fran- 
camente, está aún muy lejos de haber aventado de 



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SOLFEO 21 

nuestras cabezas el polvo de la tradición. El hura- 
cán de una revolución profunda sólo podría arran- 
carnos del espíritu tantas preocupaciones primiti^ 
yaSy tanta roña intelectual.! 

Mientras esto no suceda, seguiremos arrastran- 
do nuestra gran cola de andrajos brillantes, como 
un pavo real enfermo su apéndice de plumas. 






El poder de la impotencia corrobora cuanto lle- 
vo escrito. La yedra romántica, enredándose á la 
acción y á los personajes, se extiende por todo él 
como una variolóide. Si como ro«ce/?cidw— Eche- 
garay suele concebir con fuerza— merece aplauso, 
como ejecución tal vez sea de lo más deplorable 
que ha salido de su opulenta pluma. 

Echegaray dista mucho de ser maestro en el sa- 
voirfaire; escribe precipitadamente, sin meditar 
el plan, sin haber vivido mucho con sus persona- 
jes en esa intimidad febril y paciente del espíritu 
que reflexiona. Aborta, no pare. 

Refiere el Dr. Mosso, en La fatiga, que un au - 
tor'dramático le contaba que cuando escribe se en- 
cierra en su estudio, porque necesita hacer hablar 
constantemente en alta voz á sus personajes. 

Él les recibe como si estuviese en escena, les da 
la mano, les ofrece una silla, sigue sus gestos má^ 
fugaces y llora y ríe con ellos como si el espec^ 
táculo fuese real. 



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22 FRAY CANDIL 

Echegaray no sabe asociar las ideas y reproduce 
las imágenes adulterándolas. La manía sanguina- 
ria que le aqueja confirma la observación de Mau- 
ricio Spronck respecto de Shakespeare y Flauberi. 
Diríase que Echegaray tiene visiones espantables 
que lleva á sus dramas con deleite morboso. Es una 
obsesión, una idea fija que se filtra como un fan- 
tasma aterrador por cuanto escribe. Las pasiones 
que sacuden como una convulsión epiléptica á 
sus personajes, no son sino temblores de esa fie- 
bre criminosa que parece abrasarle. Hay mucho en 
todo esto añalejo á las tentaciones lúbricas de los 
místicos. ¡Quién lo diría al ver á Echegaray con 
aquel sello apacible y melancólico que le distin- 
gue! 



Echegaray produce mucho, y esa fecundidad de 
pez no puede dar por resultado sino obras extra- 
vagantes. El cerebro, como cualquier otro órga- 
no, há menester descanso, á fin de reponer las 
fuerzas gastadas. Un órgano que se fatiga mucha 
por exceso de trabajo, concluye por funcionar ma- 
lamente ó por arruinarse. La inteligencia fatigada 
no ve claro, ó ve sólo espectros. 

¡Cuánto mejor no escribiría el popular poeta de 
Mariana si escribiese menos! Un drama, que tie- 
ne que ser sintético, porque el análisis no encaja 
en el teatro, requiere, por lo menos, un año de la- 
bor. Encerrar en el estrecho marco de la escena 



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SOLFEO 2J 



una accióa viva y palpitante que no resulte vio- 
lenta ni injustiñcada, es empresa más ardua de lo 
que se ñguran muchos. Infundir en un personaje 
sangre de universalidad, es decir, rasgos intelec- 
tuales y morales que sean comunes á todos los 
hombres, demanda recogimiento y reflexión inten- 
sa. Ese trabajo ímprobo de selección del artista, 
que consiste en desbrozar y pulir, requiere tiempo, 
mucho tiempo. 

El tiempo— lo dijo Esquilo — no respeta lo que 
se hace sin contar con él. ¿Cuántas comedias bue- 
nas ha dejado Lope entre las muchas que compu- 
so? ¿Cuántas novelas, Balzac? 

En el teatro de Echegaray lo primero que sal- 
ta á la vista es la festinación de ¡a mano de obra. 
Muchos de sus dramas, vigorosamente concebi- 
dos, se han derrumbado por lo endeble del anda- 
miaje. 

Quizá me arguya el Sr. Echegaray que cuando 
no se tiene otro patrimonio que la pluma, hay 
que moverla sin tregua, so pena de no comer. ¡A 
cuánta cavilación desconsolada no se presta este 
argumento, irrebatible como la necesidad de que 
deriva! En España la vida literaria es muy pobre; 
el escritor envejece con la pluma despuntada en la 
mano temblona ya por el frío de la muerte que se 
avecina. 

Los secos laureles de la juventud, tan amarga- 
mente adquiridos, no sirven siquiera para avivar 
la lumbre de la chimenea en el invierno. . • • 



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24 FRAY CANDIL 



¡Qué hermosa la ancianidad de gloria, bien co- 
mida, apacible, alejada á tiempo y con prestigio de 
las nuevas generaciones que la empujarían si la ha- 
llasen á su paso, y que la respetan por lo mismo 
quizá que no las estorba! 

Sí, retirada al hogar silencioso, rumiando en paz 
las emociones de la juventud, que se fué para siem • 
pre, mientras una puesta de sol ideal, á trates del 
recuerdo, baña de inefable resignación nuestras úU 
timas tristezas... 



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LOS PLAGIOS DE Doña EMILIA 




I ON que esas tenemos, mi señora Doña Emi- 
lia? ¿Con que la mayor parte de lo que us- 
ted escribe es fruta del cercado ajeno? Y 
que no vale que se agarre usted al artículo de Va- 
lera, La originalidad y el plagio. Ya sabe lísted 
quién es Valera. Sería muy capaz 

€de probar que son blancas las hormigas.» 

Por otra parte, Valera se pasa de benévolo, como 
casi todos los descreídos.— tDespués de todo, ¿qué 
cosa hay en el mundo intelectual que sea indis- 
cutible? Yo no dogmatizo, yo opino. A una teo- 
ría sucede otra teoría; á... Cánovas, Sagasta, como 
al caldero la soga,f —dirá para su sayo el estilista 
insigne. (Insigne, mal que pese á Valbuena.) 

Valera defiende el plagio; pero no plagia. De 
suerte que en su famoso artículo no se cura en 
salud. En cambio, la señora Pardo Bazán plagia, 
y, lo que es peor, confiesa cque ella no es tan ino- 
cente que ejercite el instinto de rapiña en lo que 



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26 FRAY CANDIL 



cada quisque conoce. t «Sobran libros arrumba-^ 
dos— agrega Doña Emilia — y el que quiera tener 
algo bien oculto, que lo guarde en uno de esos 
libros.! —Sí; ya lo sabíamos: muchos de los cuen- 
tos de Doña Emilia, los menos malos, son harina 
de otro costal, vamos al decir. Supongo que recor- 
darán ustedes aquella carta de Doña Emilia, pu- 
blicada en El Liberal, en que retaba á España en- 
tera (con 30 luchó en Zamora) á que la indicase de 
dónde había tomado su cuento La yerba mila- 
grosa, ofreciendo al que diese con el hallazgo una 
docena de libros. El Sr. Amorós^si mal no re- 
cuerdo — dio con el cuerpo del delito, que delito 
era— y sigue siendo— el apropiarse lo que pertene- 
ce á otro, sin su voluntad. 

Pero para dicha señora los escritos de los demás 
vienen á ser algo así como bienes mostrencos. 

La señora Pardo publicó, no hace mucho, otra 
cuento — ¡esta señora nos va á ahogar en un océa- 
no de tinta!— en que declaraba que el asunto era 
de no sé cuál de los Goncourt. 

Pero Doña Emilia no conñesa -así la empalen — 
de dónde ha tomado la mayoría de sus críticas. 
El Sr. Icaza, literato instruido y sagaz, nos lo dijo 
la otra noche en el Ateneo, en el curso de una Me- 
moria que para sí quisiera Doña Emilia. 

Si la señora Pardo regaló al Sr. Amo ros una do- 
cena de libros por un cuento, ¿qué no le regalará 
al Sr. Icaza que la ha descubierto la genealogía 
de los más de sus estudios críticos? Poca cosa: ¡la 
biblioteca de Alejandría! Porque cuidado, seño- 



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SOLFEO 27 

res, que la acusación es grave, y nadie presumirá 
que espíritu tan recto como el de Icaza se haya 
aventurado á lanzarla sin pruebas. El Sr. Icaza 
las tiene, me consta; es más, las he visto. 

¡Qué recelo el que de hoy más despenará Doña 
Emilia en sus asiduos lectores! Cuando lean algo 
suscripto por ella, pensarán, de fijo:— €¿De dónde 
lo habrá tomado?» Razón tenía yo cuando la lla- 
maba la solitaria del Teatro critico^ no sólo por 
ser ella la única que le escribe, sino porque la 
señora Pardo, á semejanza de la tenia, es capaz 
de comerse... medio mundo literario. 

De mí sé decir que estoy escamado. Quien hace 
un cesto, hace ciento, y Doña Emilia ha hecho 
varios, con mimbres ajenos, como van ustedes á 
ver en seguida. 

Tiene la palabra el Sr. Icaza: 

cLa señora Pardo, en La Cuestión palpitante^ 
vulgariza las ideas y los juicios (quien subraya soy 
yo, Fray Candil J expresados por Zola en Les Ro- 
mancieres natur alistes y Le Román experimen- 
iaL3 

Ya me lo había yo figurado. Sí, aquello me sa- 
bia tn. muchos pasajes á estilo de Zola. Hoy que he 
vuelto á leer La Cuestión palpitante, me adhiero 
á la opinión de Icaza. 

Continúa éste: 

«En San Francisco de Asis copia todo lo que 
es crítica literaria (¡adiós sabiduría de Doña Emi- 
lia!) de Ozanam en su obra Les poetes /rancis- 
caines en VltaJie du XI J I siecle,)^ 



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28 FRAY CANDIL 



De modo que aquí ya no traduce ideas y jui- 
<:ios, sino que los copia. Así doy yo quince y raya, 
en punto á erudición, al mismo Taine. Claro, co- 
piando. 

Y añade el Sr. Icaza: 

cY por último, en las lecturas que acerca de la 
novela en Rusia dio en este Ateneo la misma se- 
ñora, no sólo toma los juicios^ las anécdotas y 
las notas de Le Román Russe de Melchor de Vo- 
^üe, sino que traduce hasta las palabras.! 

¡No salgo de mi apoteosis! 

El Sr. Icaza: 

«La diversidad de criterios que existe en estas 
obras se explica por los parecidos que tienen con 
5US padres. De otro modo no hay cerebro que se 
manifieste naturalista por la mañana, místico por 
la tarde é intelectualista por la noche, t 

¡Hasta el pomo! 



¿Qué dice Doña Emilia á todo esto? Nada, según 
su costumbre. Doña Emilia se parece á la ostra, la 
cual, apenas la echan una gota de ácido, se engu- 
rruña. Doña Emilia discute con el P. Muiños (un 
clérigo inofensivo), ó con otro rival de la propia 
ralea. 

Pero cuando siente el ácido de una crítica se- 
ria, se envuelve en el más hondo silencio. Origi- 
nal no será; pero lista... Quitando á Doña Emilia 
la erudición, ¿qué la queda? «Lapoussiére d*or de 



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SOLFEO 29 

son estyle embarquée sur de coquilles de noix,» 
como dijo Sainte-Beuve injustamente del autor de 
Los grotescos. 



Es muy posible que Doña Emilia, caso de de- 
fenderse, que no se defenderá jdigo^^ella, la olím- 
pica, la Goethal arguya que eso del plagio es mo- 
neda corriente. Y puede que hasta diga que la Bi- 
blia es un plagio, en parte, del Documento Elois- 
ta, y que el verdadero fundador del Cristianismo 
no fué Cristo, sino San Pablo, como enseñan Re- 
nán y Ferriére. (Por de contado, que no citará á 
Renán ni á Ferriére.) 



Puede que Campillo y Zahonero, en quienes 
sin duda pensó Icaza al hablar de la crítica bur- 
guesa que tiene mucho de patrona y algo de Po- 
limnia, defiendan á Doña Emilia en el Ateneo. 

Todo cuanto puedan decir, el uno con su orato- 
ria de dómine Cabra, si el dómine de Quevedo hu- 
biera sido orador, y el otro con sus desplantes epi- 
lépticos, á veces chistosos, es inútil. La única de- 
fensa que cabe es probar con hechos que la acusa- 
ción de Icaza carece de fundamento. 

¡Qué gráficamente pintados están en este pá- 
rrafo de la Memoria de que me ocupo!: 

fEsa crítica, ya afectando una seriedad campa- 



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30 FRA.Y CANDIL 



nuda^ se sube á la tribuna para decir con frase hue- 
ca vulgaridades de todos conocidas; ya fingiendo 
un espíritu burlón y desdeñoso, ejerce lo que al- 
guien llamó la pedantería de la frivolidad y que 
consiste, á mi juicio, en creer que para hablar de 
todo se necesita no saber de nada.» 
¡De mano maestra! 






Zahonero y Campillo se muestran enemigos de 
la crítica, tal vez porque la crítica no tuvo para 
ellos sino desdén ó burla. 

Dicen pestes de la crítica; pero critican. Porque 
el hecho de censurar á los críticos supone crítica, 
mala, por supuesto, pero crítica al ñn. 

Pero ¿quién pide lógica á los Bouvard et Pécu- 
chet del Ateneo? ¿Quién pone diques á ese mar 
grisáceo de la tontería humana, en que navegan 
sin norte la envidia y la vanidad? 

Hay algo en ciertos individuos que inclina á su- 
poner que en ellos se elabora silenciosa y lenta- 
mente el tránsito de una forma inferior de la in- 
teligencia á otra superior. 

Al modo del gusano en cuyo organismo se va 
elaborando la futura mariposa, sienten, sin darse 
cuenta del fenómeno psíquico, los impulsos de 
una vida nueva, que á ellos les viene de fuera, de 
la civilización contemporánea, y que no acierten 
á explicarse, ni más ni menos que los síntomas de 



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SOLFEO 31 

inquietad y malestar indeñnidos de ciertas enfer- 
medades, y el hábito de la vida vieja, constitutiva, 
que les obliga á pensar de acuerdo con ella. 

Están como colocados en la frontera de dos 
mundos: el mundo antiguo, en que viven intelec- 
tualmente, con todas sus preocupaciones y sus 
atrasos, y el mundo nuevo, que con su atmósfera 
de modernismo, que ellos no comprenden por fal- 
ta de hábito, les inquieta y enardece como cier- 
tos vientos á los habitantes de la América meri- 
dional. 

El amor á lo rancio y lo convencional, en que 
se educaron y crecieron, les mueve á odiar, acaso 
con tristezas íntimas, pero con soberbia pública- 
mente, lo que ya es tarde para aprendido; lo que 
no puede despertar admiración, porque lo que no 
se conoce no puede ser admirado. 

Se parecen á esos médicos á la antigua, parti- 
darios del Dr. Sangredo, que califican de locuras 
y disparates las audacias del cirujano moderno, 
las combinaciones de la química contemporánea. 
Para ellos no hay más que la quinina y sus pre- 
parados. La antipirina, la cafeina... ¡qué dispa- 
rate! 

La crítica dogmática, la que convertida en dó- 
mine repartía bombos y pa!os á granel, es para 
ciertos literatos fósiles la única valedera. La críti- 
ca psicológica, la crítica impresionista no les ins- 
pira más que desdén, sin perjuicio de pedirla, 
cuando viene á cuento» una sonrisa cariñosa. 

Yo no desprecio á este linaje de escritores, por- 



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V2 FKAY CANDIL 



que me sirven de documentos vivos para el estu- 
dio de la evolución intelectual. 

¿Cómo podríamos apreciar la vida imaginativa 
y sentimental del pueblo hebreo si la Biblia no 
existiera? ¿Cómo podríamos hablar del hombre ci- 
vilizado si no existieran les salvajes? ¿Cómo po- 
dríamos hablar del genio si no existiesen los ani- 
crocéfalos? 



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LA LOCA DE LA CASA 



(drama de B. PÉREZ GALDÓs) 




ONDE conocí á Galdós? En el Sardinero, 
Por aquellos días andaba el autor de G/o- 
' ria muy ocupado en amueblar su casa, 
bonito palacete ó chalet, levantado á orillas del 
mar. 

Desde la torre se domina el Cantábrico con sus 
espumantes alegrías ó sus murrias turbulentas, se- 
gún sopla el viento, y la campiña, á pedazos ver- 
de y lujuriosa, á pedazos soñolienta y pálida. 

Como me llamase la atención lo severo del edifi- 
cio, hube de preguntar á quién pertenecía.— Á Gal- 
dós— me dijeron. — Una mañana, por señas muy 
nebulosa, de las que tanto gusta el esclarecido no- 
velista; 



«Llegué á su puerta, rechinó la llave, 
abrió y entré...» 

El propio Galdós me sirvió de ostiario^ que di- 

3 



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34 FRAY CANDIL 



ría la Pardo Bazán, ó de portero, como decimos 
los que hablamos en plata. jQué facha la de Gal- 
dós! Nadie, al verle, sospecharía que fuese el pri- 
mer novelista español contemporáneo El hongo 
hasta las cejas; la americana salpicada de cal; los 
pantalones con enormes rodilleras; en la mano de- 
recha, ó en la diestra mano— -seamos cultos — un 
martillo, y en la boca una pipa de cerezo en la que 
humeaba una colilla amarillenta. 

Con la finura del mundo, como se dice, me en- 
señó la casa íntegra, la cual todo lo que tiene de 
adusta por fuera lo tiene de alegre por dentro. Al 
poco rato me dejó solo, porque, según me dijo, 
tenía que vigilar á los obreros, de los cuales no se 
mostraba muy satisfecho, que digamos* 

—Y esos patos que andan por la huerta, ¿son 
finos?— ¡Cá I— me contestó sonriendo. Les he com- 
prado porque, según dicen, son muy útiles: aca- 
ban con los bichos que dañan á las hortalizas. — 
Puede que acaben con los bichos, le objeté; pero, 
por de pronto, están acabando con los tomates... 



Diariamente casi, y á la misma hora, iba yo á 
ver á Galdós, siempre bondadoso y afable conmi- 
go. ¿De qué hablábamos? De todo, menos de sus 
libros y de sus pinturas, porque tiene, como el au- 
tor de Herncmiy la manía del dibujo. No hube mo- 
do de metérmele en el espíritu. Diríase que Galdós, 
á imitación de los cocodrilos, no tiene lengua-, en 



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SOLFEO 35 

lo atañedero á su vida interior. Lo único que pude 
sacarle fué algo referente á sus horas de labor in- 
telectual. Galdós escribe de día; se acuesta con el 
crepúsculo vespertino, y se levanta con la aurora, 
como quien dice. Lee poco, poquísimo. — Los li- 
bros para maldita la cosa que sirven— hubo de 
confesarme un día, medio echado á la bartola en 
un sofá.— Ahí tengo el Larousse, que raras veces 
abro. 

Y en aquellos ojos de roedor, pequeños, pero 
vivos, de los que exhalan las emanaciones lumi- 
nosas que, según Lavater, exhala el ojo del genio, 
se dibujó una sonrisa triste, la del artista fecundo 
desengañado de la vida y de los libros, tal vez has- 
tiado de su propia obra. 

La biblioteca de Galdós, aunque escogida, es 
poco numerosa y se resiente de falta de moder- 
nismo. No vi en ella, que yo recuerde, al menos, 
un solo volumen de fisiología ó de psicología con- 
temporánea, ni de lingüística, de física, de quími- 
ca, ciencias todas indispensables en todo artista 
moderno, digan lo que digan los que creen que el 
literato no debe saber más que literatura. 

Esta carencia de fondo científico se advierte en 
la mayoría, cuando no en todas las novelas de Gal- 
dós. El novelista que estudia las costumbres— ha 
dicho Zola— completa al fisiólogo que estudia los 
órganos. Y así debe ser. 



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36 FRAY CANDIL 



No recuerdo que Galdós murmurase de nadie. 

Se reía, eso sí, de los elogios*., fúnebres que á 
menudo consagraba yo á nuestros más ilustres 
grafómanos. No pertenece al número de aquéllos 
que, como los camaleones que cambian de color 
según los agentes exteriores y las emociones psí- 
quicas, ensalzan por delante y muerden por de- 
trás. 

En boca cerrada no entran moscas, parece ser el 
lema del afamado novelador. Podría decirse de él 
loque se dijo de David Hume: que se había dejado 
todo el talento en sus obras. Caso verdaderamente 
singular en este país... que se va por la boca. 

Algo de lo que Len^itre ha escrito de Sully 
Prudhomme le viene á Galdós como anillo al dedo. 

El hábito invasor é incurable del análisis, el con- 
tinuo replegarse sobre sí mismo, le ha hecho sin- 
gularmente dulce, benévolo, resignado, pero triste 
para siempre. 

Por otra parte, el diálogo silencioso y constante 
del cerebro y de la pluma suele habituar al laco- 
nismo y producir una gran fatiga intelectual. Los 
más de los grandes escritores son generalmente 
parcos; hablan monosilábicamente, como si aho- 
rrasen para la labor escrita cuanto se les ocurre en 
la conversación. 

•*. 

Algunos revisteros han sostenido que Galdós 
carece de aptitudes para el teatro. ¿Por qué? Ave- 



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SOLFEO 37 



rígüelo Vargas. En mi sentir humilde, no sólo po- 
see esas aptitudes que se le niegan, sino que, aca- 
so, y sin acaso, es hoy por hoy, en cierto sentido^ 
nuestro primer dramaturgo, y no alarmarse. 

Por de pronto, sabe ver la realidad y devolverla 
sin hipérboles y bambolla lírica; escribe con sen- 
cillez, muy semejante á la de Ibsen; dialoga con 
naturalidad, vigor y gracejo, y sabe comunicar á 
sus personajes vida propia, caliente. 

Lo que le falta es conocimiento de la mecánica 
teatral, trastienda de bastidores, mucho de lo que 
se adquiere familiarizándose con los cómicos y la 
escena de telón adentro, ó para decirlo de una 
vez, práctica. 

A Galdós, novelista principalmente, le ha pasa- 
do lo que á las grandes aves acuáticas, que en fuer- 
za de volar han medio perdido el poder de andar 
por el desuso. Pero á medida que vaya escribien- 
do para el teatro se irá soltando y llegará día en 
que le domine. 

La novela es muy amplia, en ella cabe todo; lo 
contrario de la escena, cuyos horizontes son y 
tienen que ser limitados. 

En La loca de la casa, que peca de larga, se 
ven los tropiezos, las incertidumbres del autor 
novel. 

No se sabe á punto fijo cuál ha sido el pensa- 
miento capital del autor. Desde cierto punto de 
vista parece como que se propone demostrar que 
el amor de padre dulcifica el temperamento más 
arisco y despótico, porque Cruz no se rinde has- 



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38 FRAY CANDIL 



ta que sabe que su mujer está en cinta. Por otro 
lado, el drama tira á socialista. El hecho de ca- 
sarse Victoria— tipo de iluminada no muy exacta- 
mente estudiado— por el solo móvil de que Cruz 
pague las trampas de su padre, y de repartir la& 
riquezas del indiano entre los menesterosos, me 
huele á socialismo á la legua. Pero hay más: Vic- 
toria, mística— y por consiguiente histérica— aca- 
ba por convertir á Cruz, enemigo recalcitrante 
de la clerecía y de los beatos, hasta el punto de 
que en aquella escena en que Victoria le vende el 
feto, vamos al decir, él, Cruz, se compromete á le-^ 
vantar una iglesia. 

En este punto Galdós se ha traicionado. En to- 
das sus novelas ha fustigado al clero y á la hipocre- 
sía religiosa. Y no vale que se me arguya que Cruz 
pone como hoja de peregil á los mojigatos. Pre- 
cisamente por eso adquiere más fuerza su conver- 
sión. 

De modo que no se sabe de cierto cuál es la te- 
sis de La loca de la casa. 



Pasemos á los personajes. Cruz, en cierto senti- 
do ^ recuerda al D. Frutos de El pelo de la dehesa^ 
de Bretón. El lugareño aragonés es cómico, al paso 
que Cruz tiene momentos de trágico. Digo momen- 
tos, porque desde el segundo acto el tipo brutal 
del minero de California pierde su solemne salva- 
jismo y pasa á la categoría de bufo. 



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SOLFEO 39 

El espectador esperaba mucho de aquél como re- 
cuerdo del hombre de las cavernas, dados su tem- 
peramento vigoroso y su personalidad imperativa 
y hosca. Pero no sucede así. Desde que se casa, la 
fiera pierde los bríos, ni más ni menos que Sansón 
cuando le cortaron el cabello. Gritar, grita mu- 
cho; pero nada entre dos platos. En el último acto 
tiene toda la traza de un borrego. 

Su salida á la escena despierta en el público 
idéntica impresión á la del toro bravo, de muchos 
pies, que sale á la arena arremetiendo con todo. 
Pero ¡ay! que le sucede lo que al pobre cornúpeto, 
que en las postrimerías de la lidia, la mirada erra- 
bunda y vidriosa, se rinde, jadeante y agónico, á 
sus propios victimarios. 

Sí, á aquel Cruz arrogante, egoísta, rudo, con- 
cluyen todos por tomarle el pelo. 

En los dos primeros actos, lo mejor y más her* 
moso de la obra, transciende Cruz á personaje de 
Shakespeare. Tiene Shakespeare una comedia, Ta- 
ming oj the Shrew, si mal no recuerdo, en que 
figura una mujer indómita, que acaba por rendirse 
al amor. En las tinieblas de mi memoria no veo 
claro, ahora que escribo de prisa; pero se me anto- 
ja que en Cruz, sin dejar de ser quien es, hay como 
reminiscencia d& aquel virago. 

Victoria pertenece á esa desdichada familia de 
jóvenes neuropá ticas, tributarias de la herencia 
fisiológica y de la mala educación moral. 

Aplaudo que una hija se sacrifique por su padre; 
pero hay sacrificios que envuelven una inmorali- 



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40 FRAY CANDIL 



dad repugnante. ¿Qué diferencia existe entre la 
prostituta que se vende al transeúnte y la mujer 
que se casa sin amor, á cambio de dinero? Supri- 
mamos las fórmulas. ¿Qué queda en el fondo? Un 
contrato de compraventa, uno de tantos matri- 
monios^ie ra^ón tan lógicamente combatidos por 
Max. Nordau en La mentira matrimonial, 

Pero quien pone de manifiesto en La loca de 
la casa su falta de sentido moral, no es Victoria, 
pobre sonámbula, víctima de un eretismo de la 
voluntad, de una exaltación mística, sino Monea* 
da, su padre. 

No sólo acepta que le pague sus deudas un ex- 
traño, sino que consiente por eso mismo en que la 
hija se case con aquel hombre grosero, cuya fran- 
queza agresiva supera á la de Alceste. 

Pero no pidamos delicadezas de espíritu, lásti- 
mas humanas^ á un hombre de negocios. A Mon- 
eada lo que le importa es salir del atolladero. 

Los personajes secundarios se me figuran bo- 
rrosos; el Daniel sobre todo, especie de sombra 
quejumbrosa que no sugiere nada. 

Lo notable, lo verdaderamente digno de aplau- 
so, es el diálogo, espontáneo, movido^ salpicado 
de chistes y exento de metáforas chillonas. 

La loca de la casa no es una obra maestra, ni 
con mucho; pero anuncia como el advenimiento 
del realismo á nuestra escena, que bien lo nece- 
sita. 



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BATURRH.LO 




O tuve la debilidad (¿quién no las tiene?) 
in illo tempore — en tiempo del hilo, como 
traduciría el P. Blanco... y negro— de elo- 
giar, á vuelta de no pocos rodeos y reservas men- 
tales, un tomo de versos, Pólvora sola, de Sinesio 
Delgado. Los versos, la verdad, no eran malos, con- 
siderados aisladamente ó en comparación, pongo 
por caso, de las comedias y zarzuelas del propio 
cosechero. Ni que decir tiene que si se comparan 
con los de Barrantes ó los de Grilo resultan cosa 
rica. 

a... Caftete, 
comparado con Flores, es un genio; 
comparado conmigo, es un soquete,» 

como dijo años há el maldiciente Villergas. 

No, no me arrepiento de haber alabado á medias 
la Pólvora,», en salvas,^ de Sinesio. De lo que sí me 
arrepiento es de no haberle vapuleado á tiempo 
como sainetero y zarzuelista. Cierto que nunca le 



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42 FRAY CANDIL 



dije: — I Qué malas comedias haces, pálido Sine- 
sio ! ; — pero á veces el silencio sobrepuja en elo- 
cuencia á cuanto pudiera decirse. Á Sinesio le sil- 
baban, á silba por pieza, y yo como si no. Ni en el 
café , donde la envidia literaria pone sus huevos, 
abría yo la boca para desacreditarle. Aquellos Li/- 
ciferes eran y siguen siendo detestables. ¡Oh , sí! 
¿A qué amargar los ripios á Sinesio? Sobrado te- 
nía con los meneos del público, ó del digno sena- 
do y que dice Doña Emilia. 

Por otra parte, Si-necio siempre me ha inspira- 
do una lástima cariñosa. ¿Y quién no se la tiene 
al verle tan cloro-anémico y laborioso á la vez? 
Sinesio, á par que pone las fajas á su Afa^ríi Có- 
mico, tararea los cantables de sus zarzuelas. Esto, 
lejos de merecer censura, merece aplauso. Sine- 
sio será mal poeta escénico ; pero lo mismo sirve 
para un fregado que para un barrido. Hay que ser 
justo. 

Dicho todo lo cual, paso á ocuparme en, como 
dicen los puristas improvisados, los versos que ha 
escrito Sinhueso recientemente en el Madrid Có- 
mico, Sinseso parece que quiere imitar á Heine; 
pero ya verán ustedes cómo no lo consigue. No es 
culpa suya. Ni mía. 

Sinhueso, lira en ristre: 

«No conozco martirio 
como amar locamente con delirio...» 

Ya sé yo que cuando uno está enamorado no 



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SOLFEO 43 

sabe lo que se dice; pero bueno es advertir que lo- 
camente Y con delirio es una redundancia. 
Adelante con los ripios: 

«Y que impasible la mujer amada 
ni crea en la pasión ni crea en nada » 

(¡Qué manera tan fina de decir que le han dado 
calabazas!) 

«Es natural condición de mujeres desdeñar á 
quien las quiere y amar á quien las aborrece,* es- 
cribió Cervantes hace siglos. 

ct Viene á ser algo así como si á un santo 
al entrar en el cielo apetecido 
le dijera San Pedro:— «¿Á qué has venido? 
Tú no puedes pasar...» 

(Ni estos versos tampoco, Sinesio.) 

«... no es para tanto» 

Cuidado que es ramplón todo esto. Pero no nos 
indignemos, que no es j>ara tanto. 
Otra rima de Sinesio: 

cPara los tiempos malos 
quiero el carácter, 
que de los tiempos buenos 
cualquiera sale.» 

¡Adiós, Pero Grullo! Ó Monsieur Prudhomme, 
como dicen los franceses. 



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44 FRAY CANDIL 



Sinhueso, echándoselas de escéptico: 

c£l muerto era mi amigo, 
casi mi hermano; 
pero ¿quién va al entierro, 
si es tan temprano?^ 

Diga usted que no fué al entierro por no gastar- 
se unas cuantas pesetillas en el coche. Lo demás, 
ripio. 

Si-necio: 

tYo beso con devoción 
los pétalos de una rosa 
que me dio un día Asunción... 
¡Está visto que no hay cosa 
más cursi que el corazón!» 

Que el corazón, no; que usted, poeta lívido. 
Sin.. .eso, en sus propios ripios: 

«Estoy arrepentido 
del dinero y el tiempo que he perdido 
comprándote castañas y altramuces.)) 

Pero ¿qué clase de novias serán esas que comen 
altramuces, tan amargos que son, y castañas? 
Aguadoras de Recoletos. 

«¡No lo vuelvo á hacer más! ¡Por estas cruces!» 

Lo creo, sin que lo jure. ¡Si dicen por ahí que 
es usted otro Harpagón! ¡Qué finura de novio! 



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SOLFEO 



45 



En vez de regalar al bien amado dulces ó pasteli- 
tos, le da... la castaña. 

Bueno, Sinesio; siga usted tan enamorado, y 
que Asunción le cueste poco. 



La otra noche— por señas que diluviaba— no 
sabiendo dónde meterme, me zampé en la cátedra 
del Ateneo. ¡Qué gritos! ¿Quién hablaba? El señor 
Pintado. ¿De qué? De filosofía, según él. (¡Spen- 
cer me valga!) 

Combatía la Memoria, sobre el positivismo ¿lo- 
sociológico (?), de mi amigo el Dr. Huici. Pero el 
Sr. Pintado ¿sabe lo que es el positivismo? No, 
señor, ni chispa. ¿Y cómo le atacaba? Ahí verá 
usted. Como le atacan otros. El Sr. Pintado per- 
tenece á la vetusta generación de metafísicos man- 
dados recoger; vive todavía en la edad teológica^ 
que diría Comte. Cree en la inmortalidad del alma 
de ese gorila fero^ y lúbrico^ como llamó Taine 
al hombre, con gran sorpresa de los monos antro- 
poideos. ¿Quién ha dicho al Sr. Pintado que el 
positivismo es sinónimo de materialismo? 

Vamos, Sr. Pintado, eso es pintar como querer. 
¿Quiere el Sr. Pintado que le diga, en dos pale- 
tas, lo que es el positivismo? Bueno; pero no dis- 
cuto, y cuenta que soy socio del Ateneo, 

Nosotros no conocemos, Sr. Pintado, más que 
fenómenos, y ese conocimiento, lejos de ser abso- 
luto, es relativo. 



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4 6 FRAY CANDIL 



Ignoramos la esencia, eso que ustedes los es- 
piritualistas llaman el jpor qué, de los hechos. No 
vemos sino las relaciones de sucesión ó de se- 
mejanza que tienen entre sí. Estas relaciones son 
constantes, es decir, idénticas en igualdad de cir- 
cunstancias. Las semejanzas constantes que unen 
á los fenómenos entre sí, y las sucesiones cons- 
tantes también, á título de antecedentes y conse- 
cuentes, constituyen lo que se llama la ley. Las 
leyes de los fenómenos es todo lo que sabemos 
de ellos. La naturaleza íntima, sus causas últimas, 
sean encientes ó ñnales, nos son totalmente des- 
conocidas. 

Ahí tiene el Sr. Pintado, en cifra, lo más im- 
portante del positivismo. Lo cual no es nuevo, 
como honradamente manifestó Augusto Comte, 
su fundador. 



Recomiendo á los socios del Ateneo que discu- 
ten el positivismo, y al Sr. Pintado principalmen- 
te, que lean el magnífico estudio de Littré, titula- 
do Auguste Comte et la philosophie jpositivey y el 
libro de Stuart Mili, Auguste Comte et le positi^ 
visme. Porque cuidado que dicen ustedes dispara- 
tes. Ahí está, si no, Zahonero— orador á saltos, 
como las ranas— que no me dejará mentir. 

¿Verdad, amigo Salillas, que hablo como un li- 
bro? Créame: le compadezco. ¡Porque apenas si 
necesita usted paciencia para oír á tanto latero 
metafísico! 



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MARIANA 

(drama de echegaray) 



agamos, ante lodo, un poco de psicolo- 
gía, de la moderna, no de la que cultivan, 
para uso de párvulos y de amas para casa 
de los padres, algunos socios del Ateneo y otros 
metafísicos de la propia laya. 

Procuraré ser lo menos erudito posible, ya que 
entre nosotros se hace gala de no abrir un libro. 
Lo cual, después de todo, no deja de ser provecho- 
so. El mucho leer, al decir de caliñcados patólo- 
gos, es una de las causas de la neurastenia, dígase 
agotamiento nervioso. 

Nuestra crítica de teatros suele reducirse á cli- 
chés como éste: «Los personajes no están bien 
sostenidos^ la acción peca de lánguida, el lengua- 
je de poco natural,» etc. 

De suerte que cuanto voy á decir, aunque muy 
someramente, quizá parezca pedantesco. ¿Qué tie- 
ne que ver la psicología con el arte dramático? 
. Bueno, señores, allá ustedes. Y al grano. 



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48 FRAY CANDIL 



¿En qué consiste el carácter? ¿Tiene que ver 
algo con la inteligencia? La educación ¿le modi- 
fica? Veamos. Un carácter, un verdadero carác- 
ter, se distingue por su unidad y su estabilidad. 
Me explicaré. 

Un individuo que obra de modo análogo en to- 
dos los casos, de una manera personal, que le sale 
de dentro^ que no le viene de fuera, puede decir- 
se que es un carácter. En este sentido le ha inter- 
pretado Max. Nordau cuando le define cuna indi- 
vidualidad que, reconociendo como buenos algu- 
nos principios morales, les sigue al pie de la letra 
tomándoles como guías de su vida entera.» 

La inteligencia influye poco ó casi nad& en el 
carácter; el cual, como enseña Ribot, arraiga en lo 
inconsciente, en el organismo individual. Las dis- 
posiciones intelectuales no obran sino indirecta- 
mente sobre el carácter. Esta observación se ve 
comprobada de diario. Abundan individuos de es- 
casa inteligencia, que tienen, sin embargo, una 
gran personalidad. Por el contrario, no escasean 
tampoco los hombres de gran talento, cuya au- 
sencia de energía moral, que suele manifestarse 
por el desacuerdo entre sus actos y sus palabras^ 
parece incomprensible. 

La educación no ejerce tan poderoso influjo 
sobre el carácter, como suponen muchos mora- 
listas. Generalmente, los caracteres posti^oSy los 
formados de arriba abajOy según la frase de Ri- 
bot, no pueden ser duraderos. Basta que les agi- 
te fuertemente alguna pasión, para que se desga- 



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SOLFEO 49 

jen como árbol que sacude viento tempestuoso. 

La herencia orgánica y psíquica ha dado al tras- 
te con ese optimismo idealista^ que dice Ferri, 
de suponer que la educación puede cambiar el ca- 
rácter. 

La educación, regularmente, se toma sólo en el 
sentido moral, siendo así que abarca además lo in- 
telectual y lo físico. 

El motivo de la ineficacia de la enseñanza mo-* 
ral, á juicio del ya citado Ferri, estriba en lo des- 
conocido que nos es todavía el funcionalismo y 
asiento de las pasiones. La educación moral— aña- 
de— se reduce, hasta hoy por lo menos, á meras 
sensaciones auditivas y visuales, traducidas en má- 
ximas y ejemplos, tan alejados del origen interno 
de las pasiones. 

Todo lo escrito y algo más que me dejo en le 
tintero, se me ocurrió á raíz del estreno del último 
drama deEchegaray. El celebrado autor de O locu- 
ra ó santidad ha pretendido presentarnos en Ma- 
riana un carácter de mujer viciado por la mala 
educación. ¿Lo ha logrado? Tengo para mí que no. 

Mariana parece una histérica, y nadie ignora 
que el estigma, que diría Charcot, predominante 
en las histéricas, consiste en la volubilidad del 
mundo interior, en la pluralidad de conciencias. 
Su manía de análisis subjetivo— síntoma de al- 
gunos neuróticos— es otro dato que viene en apo- 



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50 FRAY CANDIL 



yo de mi aserto. Mariana le cuenta á quien quie- 
re oiría el por qué de sus genialidades, debidas, 
no á su temperamentOy como cualquiera supon- 
dría, sino á las miserias conyugales que presenció 
de niña en su propio hogar. 

Resulta, pues, que su carácter no es heredita- 
rio, sino adquirido, y ya sabemos que el carácter 
que no brota del organismo carece de solidez y 
ñrmeza. 

Otra prueba de que Mariana dista mucho de ser 
un carácter, es la de que amando, como ella dice, 
á Daniel— enamorado cursi, si les hubo— se casa, 
por una circunstancia imprevista, con D. Pablo, 
á quien no quiere. Recurso muy de la escuela de 
Echegaray. 

Mariana es una antropófoba ú odiadora del 
hombre, lo que no impide que haya tenido rela- 
ciones amorosas con tres hombres, aunque nin- 
guno haya tenido la suerte, ó lo que sea, de tocar- 
la. Esposa, virgen y mártir pudo haber titulado 
Echegaray su drama* 

A mí se me hace cuesta arriba admitir que una 
niña de ocho años tenga una reflexión tan in- 
tensa como supone Echegaray en la protagonis- 
ta de su obra. A esa edad el cerebro aún está 
lejos de haber llegado á su pleno desarrollo. Pre- 
cisamente es la edad de la irreflexión; la edad del 
pájaro^ pudiera decirse. Por otra parte, Mariana 
no da pruebas de talento, porque las reflexiones 
que la sugiere el ladrillo de D. Cástulo (escena 
candorosa y tonta), de todo tienen menos de ori- 



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SOLFEO 5 1 

ginales y fuertes. Parecen de un albañil que lee 
folletines de La Correspondencia, El mismo hecho 
de apasionarse de Daniel, que es un muqilaginoso 
insoportable, aumenta mis dudas respecto de sus 
alcances. Pero no hay que olvidar que muchos que 
de pequeños fueron precoces, de grandes son unos 
porras. Hay en ella, sí, exceso de sensibilidad- 
rayana á veces en la sensiblería;— pero eso mismo 
viene á corroborar que su sistema nervioso no es< 
tá muy ^n caja. 

En suma, Mariana no ha resultado un carác- 
ter, por mucho que haya en ella elementos que, 
bien estudiados y coordinados, hubieran podido 
producirle. 



Echegaray peca en sus dramas de sobrado sub- 
jetivo. Carece de la impersonalidad de los gran- 
des autores escénicos, Sus personajes no obran 
independientemente, movidos por sus propias pa- 
siones; hablan por boca del autor. Por donde se 
explica que en raras ocasiones interesen y con- 
muevan. A mayor abundamiento, Echegaray es 
autor prontadizo, repentista; no madura, en los 
obscuros recovecos del espíritu, sus dramas; di- 
ríase que improvisa á medida que escribe. 

De aquí las palmarias contradicciones en que 
incurre, los efectismos y las sorpresas de que abu- 
sa; la falta de unidad interna de la acción; los 
desenlaces, bruscos por lo inesperados, que da 4 
los conñictos que crea... 



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32 FRAY CANDIL 



Después de ver un drama de Echegaray, expe- 
rimenta uno aturdimiento análogo al que expe- 
rimentaba Taine— según nos cuenta— leyendo á 
Cariyle. 



De los demás personajes de Mariana poco ten- 
go que decir. Daniel me sabe á novela sentimen- 
tal de folletín; abusa de los ángeles que da grima, 
y cuenta que el vacabulario del amor es muy am- 
plio y rico en colores y tonos. El D. Pablo es un 
tipo sainetesco que recuerda á uno de los padrinos 
de Los valientes. El arqueólogo linda con lo bufo. 

En el último acto está todo el drama^ mejor di- 
cho, el drama. Puede ñgurar como una obra 
aparte. 

En los tres primeros actos, escritos para que 
D. Cástulo nos fastidie con sus arracadas mejica- 
nas, y Luciano, que en nada se parece al autor de 
El Asno y haga alarde de su incurable necedad, no 
se vislumbra siquiera lo que el autor nos prepara. 
De suerte que el público un poco atento acoge 
con sorpresa aquella conclusión escandalosa que 
acaba de poner á D. Pablo en ridículo. 

Con todo, hay en Mariana escenas hermosas 
que se escuchan con gusto. 

Echegaray posee una fantasía de fuego, ¿quién 
lo duda? Pero á mi ver, carece del sentido de lo 
real, según la expresión de Zola, dicho sea sin ob-^ 
jeto de provocar las iras de los admiradores del fa-* 
moso dramaturgo. 



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LA TERTULIA LITERARIA 

ó 

LOS MARTES DE D. LUIS 

SAINITB EN UN ACTO Y EN PROSA 



PERSONAJES 

Doña Emilia Condesa pontificia. 

Doña Concha Jiménez. • . • Literata á domicilio. 

D. Luis í Dos personas distintas y un solo 

Magín Vera ( latero, 

D.Narciso. Profesor de cante flamenco y 

maestro de Retórica. 

Palau» Catalán y comisionista en carbón 

de piedra. 

Pepito Galiana. Cónsul y poliglota. 

Calamar Poeta en su propia tinta. 

Barrantes Uno, dos, tres... 

Urbino Tuerto. 

Pedreira Gallego y jorobado. 

£1 P. Blanquillo. Critico á la parrilla.. . de San Lo- 
renzo. 

Un gato blanco que no habla. 

(La acción en Madrid y di noche,) 



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54 'RAY CANDIL 



ACTO ÚNICO 

La escena fignra nn salón pobremente alumbrado. Muebles y ciia- 
dros muy viejos que no llegan & ser antiguos. — Frente al estrado 
un gran brasero de sacristía, con dos badilas en mal uso. — Puer- 
ta practicable k la derecha, al lado de la cual, y por dentro, un 
gran cencerro que anuncia las visitas. 

ESCENA PRIMERA 

D. LUIS Y MAGÍN VERA 

D. Luis.— ¿Y qué dicen por ahí, Magín amigo? 

Magín.— Dicen que nuestros Diálogos^ que pu- 
blicas en La Ilustración Nacional, nada tienen 
de socráticos. 

D. Luis fcon extrañe f a J,— ¿Eso dicen? 

Magín.— Más aún: que tú me das la lata, que 
yo te la doy á tí, y que entre los dos se la damos, 
al público... 

D. Luis fcon creciente asombro J.^ ¿Eso dicen? 

Magín fcon escejpticismo), — Sí; pero yo no lo 
creo. Porque no hay quien nos lea. 

f Suena el cencerro con gran escándalo, y apa- 
rece Doña Emilia en traj$ de casa con un gran 
turbante de plumas rojas J 

f Magín se escabulle aterrado J 

ESCENA II 

D. LUIS Y DOÑA EMILIA 

Doña Emilu,— ¡Salve, eximio polígrafo 



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SOLFEO 55 

D. Luis (estrechando cariñosamente la mano 
que le tiende Doña Emilia), ^iQyxé opina usted 
de lo que dice Harrisse acerca de mi discurso con- 
tra Colón? 

Doña Emilu (con iesi^ny.— Garambainas, ti- 
quis-miquis y resquemores de yankées... 

(El cencerro suena que se las pela.) 

(Entran de rondón Pedreira, Barrantes y Ur- 
bino, de bracero.) 

ESCENA m 

DICHOS Y ESTOS ÚLTIMOS 

Barrantes.-— Á mi me llaman el Co/o. 
Ursino. . . • —Y á mi me llaman el Tuerta, 
Pedreira. . — Y á mí todos me conocen 
en el barrio por Camello, 
(Pausa,) 

Barrantes (cantando).— Soy el tonto primero. 
Ursino (cantando),-— Y yo el segundo. 
Pbdrbira (cantando). — Y yo el terceru. 
Los TRES (cantando)^ 

Siempre que nos persigue 
la critiquilla, 
no es que tenga motivos, 
nos tiene tirria. 

(Bailan castañeteando con los dedos.) 



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56 FRAY CANDIL 



D. Luis f medio amostazado J, — ^Vamos, se&ores, 
estáis de broma .^.. 

PBDREiRA.-rTraiju un estujdiu sobre la critica 
menuda, que piensuleérus esta noche, salvu venia. 

Urwno.— Y yo una oda á D. Carlos. 

{Doña Emilia sonríe. J, 

Barrantes.— Y yo mi tomo de Días sin sol y 
misL críticas ultramarinas. 

(El cencerro tocando á rehato,) 

(Entran D» Narciso con camisa de franela, 
levita negra y hongo. Trae una guitarra deba- 
'jo de la oapa; Calamar muy fatigado y sudan- 
do tinta,) 

ESCENA IV 

DICHOS Y ESTOS ÚLTIMOS 

D. Narciso (con acento de trasquilador),-^ 
Güeñas noches, D. Luis y compañía. (D. Luis 
le da la mano,) ¡Zalú, zeñá Emilial Y que no 
está azté poca maja con eze chapeo... (señalando 
el turbante). 

Doña Emilia. ^Regocijado venís, hijo de la in- 
victa Gades. ^ 

(D. Narciso se quita la capa, no sin dar dos 
pases con ella, y la pone, con la guitarra, sobre 
el sofá.) 

Calamar (dirigiéndose á D. Luis): 

¡Oh, viejo amigo, detractor constante 
del genovés, egregio navegante!... 



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SOLFEO 57 

D. Narciso (aparte): 

¡Ezte machacho ziempre tan pedante! 

(Vuelta el cencerro á sonar con estrépito,) 
(Aparecen Palau, con una cestita de carbón de 
piedra jr una oda al mismo; Doña Concha Jimé- 
nez, en traje de baile, y Pepito Galiana, vestido 
á la inglesa, con traje de playa.) 

ESCENA V 

DICHOS Y ^TOS ÚLTIMOS 

Palau.— Bona nit, ¿Com se trobant? 

(Nadie le contesta.) 

Pepito (á D, L«i5^.— Buona sera. (A Doña 
Emilia): Good night. (A Calamar): Bou soir. (A 
D. Narciso): Comment §a va? 

D. Narciso (entretenido en templar la guita- 
rr«/— ¿Coman sa va? Yo no como ceba. Ha- 
ble azté en criztíano, gachó cozmopolita... (con 
ironía). 

D. Lujs( solemnemente). —Ez, señores, menos 
salados y más literatura. 

Pepito Galiana.— That is the question. 

DoflA Concha (se acerca al brasero y remueve 
la lumbre con la badila),'-¿Es usted, D. Luis, k 
vestal encargada de conservar este fuego sacro? 
-D* Luis hace un gesto afirmativo,) El fuego, en 



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58 FRAY CANDIL 



la mitología griega, estaba representado por la 
diosa Estía... 

(D. Narciso arma con la guitarra un ruido 
muy análogo al de que nos habla uno de los in- 
terlocutores de Las Nubes, de Aristófanes. Los 
circunstantes se miran unos á otros frunciendo la 
narifjf.J 

En la leyenda védica f continúa Doña Concha 
imperturbable) el fuego simbolizaba la cólera de 
Zeus, enemigo jurado de Brahma... 

Pepito Galiana ( aparte ).^Voúk la precieuse 
ñn de siécle... 

Palaü {poniéndose en ^i>/ —Señores, á propó- 
sito de fuego. Aquí traigo una Oda al carbón de 
piedra. 

Pepito Galiana (volviéndose á Doña Emilia). 
— «¡Angels and ministers, of grace, defend us!» 
Lo dijo Hámlet al ver el espectro de su padre. 

Voces.— ¡Que la lea! 

Otras voces.— ¡Que no la lea! 

(En el ínterin^ el gato, rascándose voluptuosa^ 
mente con los pantalones de D. Narciso, mira 
con espantadiza mansedumbre á los contertu- 
lios.) 

Palau.— ¡Atención, señores! 

D. Narciso (dejando á un lado la guitarra),'^ 
Empieza la juerga. 

Palau (se acerca á una mesa donde arde me- 
lancólicamente una lámpara exhausta de petró- 
leo. Se mete los dedos en la melena^ y después de 
sacudirla trágicamente, lee con enfático tono): 



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SOLFEO 59 



AL CARBÓN DB PIEDRA. 
ODA (i). 

tEste que veis, carbón endurecido, 

D. Narciso (aparte),-^Z6\o cuesta 14 ríale er 
quintal. 
Palaü: 

yacer á mantos en terrestre fosa, 
rayos de claro sol un tiempo ha sido.t 

D, Narciso ( aj>arte J.—YsimoSy las Ruinas de 
Itálica convertías en carbón de cok. 
Palau: 

<A la voz de la industria poderosa. ••» 

¡Ay, ay! fEn esto el gato Jugando con los pan- 
talones de PalaUy le da un ¡farpojfo en una pier» 
na y que le obliga á saltar cayendo de bruces so* 
bre el brasero, J 

D. NARaso f dando un gui tarrago al Jelino que 
huye ).^\GdXo habíaz de zer!... ¡Mala zarna te 
comal 

(Todos acuden á socorrer á Palau que se des- 



(x) Bttot veriofl, como loa que reprodiuco de Dofta Emilia, no 
. aoa iorentadoa. Reapondo de/u aatenticldad. 



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6o FRAY CANDIL 



maya.,, en verso, D, Luis, en medio de su atur- 
dimiento, le daá oler uno de sus folletos contra 
Colón.) 

Palau (volviendo en 5//— ¿Dónde estoy? ¡Ay 
mísero de mí, ay infelice! 

D. NARCiso.^VamoSy zeñá Emilia, léale azté 
argo al noy, á ver si ze alivia. 

Doña Eiulia (con candorosa coquetería). — 
¿Qué leo? ¿Mi Jaime? 

D. Narciso.— Ezo. ¡Venga de ahí! 

PEPrro Galiana.— Tune thy lyre, sweet lady. 

Doña Emilia (limpiándose el pechó después de 
arreglarse el turbante y darse polvos con una 
polvera de bolsillo): 

aEn un rosal de mi huerto 
un jilguero lahró nido... 

D. Narciso.— ¡Ole tu mare, rezalá! 
Doña Emilia (sonriendo): 

y con nohle confianza 
en el sitio más florido, 
más central y descubierto, 

D. Narciso (aparte), — Gomo quien dice, la 
Puerta er Zó. 
Doña Emilia; 

colgó el lecho de esperanza...» 

D. NARaso ( aparte), -^(í <jué malo ez ezo, Jczú! 



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SOLFEO 6 I 

Doña Emilia: 

((Delicado huevecillo 

puso allí como una perla... x> 

Palau.— ¡Bé, molt bonich! 

(Suena nuevamente el cencerro; pero esta ve¡f 
con cierta suavidad. J 

(Aparece el P. Blanquillo con un mamotreto 
debajo de la sotana.) 

ESCENA VI 

DICHOS Y EL P. BLANQUILLO 

El P. Blanquillo (con manso acento J.^Htx^ 
manos en Jesucristo, la paz de Dios sea con voso- 
tros. 

Todos (al ««/soMOy/.— jBuc.nas no... ches, pa... 
drel (Doña Emilia le besa la mano.) 

El P. Blanquillo (á Doña Emilia).^Dios 
te haga una santa. Volviendo á lo profano, os 
anuncio la lectura del último tomo de mi Lite 
ratura española en el siglo XIX. (El gato ha 
vuelto á colarse en la sala, mayando siniestra^ 
mente, como si anunciase alguna cercana catás^ 
troje.) 

Pedreira (aparte).— \k que non leu yo mi crí- 
tica esta noche! 

DoííA Emilia (á D. Narciso).— ¿Y esas petene- 



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62 FRAY CANDIL 



ras con que prometió usted regalarnos el tímpano? 

D. Narciso ( aparte J.-^Y o no zé qué tiene esta 
mujé, que me recuerda... la Cultilatiniparla,,, 
■^(A Doña Emilia. J ¡Como usté guste, zeñá 
Kmilia!... 

Doña Concha (con afectación),— \h2i música! 
El arte por excelencia, que todo lo dice y no dice 
nada. 

D. '^KVLCisof aparte). --Como z\x mercé. (Toma 
la guitarra, y haciendo un cuatro con las pier- 
ñas y se pone á templarla^ gesticulando exagera- 
damente al rechinar de cada clavija.) Güeno, 
aya va. (Guitarrea.) 

[Maresita de mi arma! 

(En esto se siente un ruido. Es Pedreira que se 
ha hundido en el sillón hasta el cogote.) 

De esta hecha te enderezas, Tribulé. 

(Todos se levantan á sacar á Pedreira del ato- 
I ladero. El gato, espantado con las voces y el 
correteo de la gente, empieza á dar saltos como 
loco. Se sube encima de Doña Emilia y la la- 
dea el turbante; luego salta sobre la mesa y de- 
rriba el quinqué, por cuyo vientre roto sale el 
poco petróleo que le alimentaba. Gran confusión. 
Campillo cae, con guitarra y todo, sobre Pe- 
dreira, que grita desaforadamente. El P« Blan- 
quillo pone pies en polvorosa, no sin tratar de 
desasirse de Doña Emilia, que se agarra á su so^ 
tana.) 

Calamar.— jQué noche, válgame el cielo! 

Palaü.— ¡Noche, lóbrega noche, eterno asilo!... 



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SOLFEO 63 

Campillo (pugnando jpor abrir la puerta y can- 
tando): 

c¡ Ábreme la puerta, 
puerta del portal!... 1 

El gato.— ¡Miau! ¡Miaaauu! 
Pepito Galiana.— ;ra^/caii.' 

(Telón rápido.) 



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UNA NUEVA VIDA DE JESÚS 




NTRE los muchos estudios que se han es* 
' crito en Alemania y Francia á propósito 
de Cristo, los que más fama han adquiri- 
do son el de Strauss— árido y adusto,— el de Re- 
nán, el del P. Didon y el de Paul de Regla. 

El libro de Renán todos le conocen y habrán 
admirado en él, como yo, la hermosura de aquel 
estilo que tiene la voluptuosidad de la caricia y 
¡a unción de la plegaria^ como dice Zola; las des- 
cripciones luminosas de Judea y el retrato, lle- 
no de melancolía sonriente, del mártir del Cal- 
vario. 

Los católicos— intransigentes y tozudos siem- 
pre — no vieron con buenos ojos que la figura hu- 
mana^ aunque romántica, del Cristo de Renán, 
sustituyese al Cristo fibstracto y descolorido de las 
iglesias. 

La obra del P. Didon tendía á desrenanijar á 
Cristo, colocándole en su puesto de honor respec- 
to del dogma católico. 

El P. Didoii, muy en moda entonces en París 



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66 FRAY CANDtL 



entre las damas, que no suelen ver de la religión 
más que lo externo, popularísimo por su oratoria 
brillante y sentimental, era el llamado — ^según al- 
gunos— á cumplir con la misión de restituir á los 
creyentes el Nazareno bíblico. 

Didon podía hombrearse— en sentir de sus ad- 
miradores—con Renán, en punto á estilo. 

Renán, antes de escribir su libro, que es la obra 
de un creyente, por más que digan, tuvo la previ- 
sión de visitar los santos lugares— que diría El Si- 
glo Futuro ^k lo que, en parte, debió la escan- 
dalosa acogida que obtuvo su Vida de Jesús, 

Indudablemente que el testimonio de los senti- 
dos—cuando no son víctimas de alguna alucina- 
ción — da fuerza á lo que se dice é infunde res- 
peto en los que oyen ó leen. Un autor que nos ha- 
bla de la India sin haber estado en ella, no pue- 
de inspirarnos la confianza que otro, por menos 
artista que sea,- que haya estado. Esto no se dis- 
cute. 

Razón por la que el método experimental ad- 
quiere hoy tanto prestigio. 

El P. Didon también fué á Judea, donde reco- 
gió los colores para su lienzo. 



Paul de Regla tiene derecho también á hablar 
de la Tierra Santa. No sólo es un orientalista, 
sino un oriental, y en esto lleva ventaja á sus ri- 
vales. Sabe el árabe, el hebreo, mucho mejor, á 



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SOLFEO 67 

tni juicio, que nuestro Fernández y González. 
Ha vivido muchos años en Palestina— cosa que 
no ha hecho, que yo sepa, el Sr. Fernández y 
González— estudiando la tradición oral y miste- 
riosa que sobrevive en los bosques, en las cos- 
tumbres y se respira, como una atmósfera, en las 
conversaciones familiares. 

De vuelta á Francia, compuso un libro, fruto 
de hondas meditaciones, acerca de los orígenes 
galileos del cristianismo. No creyendo oportuno 
el momento de dar á la estampa una obra en que 
se removían las bases de la religión cristiana, de- 
terminó arrojar al fuego— aprendan nuestros ma- 
los poetas dramáticos —su manuscrito, no sin 
conservar los documentos de que se había ser- 
vido. 

Al fin el Dr. Desjardins— que así se llama Faul 
de Rhgla —se decidió á trabajar de nuevo. Resul- 
tado de esta labor ímproba son las 400 páginas 
que con el título de cJesús de Nazareth, desde el 
punto de vista histórico, científico y socialt ha pu- 
blicado recientemente en París. 



Cristo ¿murió en la cruz, como generalmente 
se cree? ¿No pftdo sobrevivir algunas horas al su- 
plicio de que fué víctima? 

Esta es la parte nueva y más atractiva del estu- 
dio de Regla. Su estancia en Judea la invhtió en 
esclarecer este punto . 



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68 FRAY CANDIL 



El suplicio de la cruz— consigna Regla— no era 
de origen judaico. Los judíos no conocieron sino 
la lapidación. (¡De buena se han escapado nues- 
tros poetas chirles!) La muerte en la cruz excedía 
á toda hipérbole en punto á tortura. La lentitud 
de la muerte acrecentaba el dolor. Rara vez se pe- 
recía antes de las cuarenta y ocho horas. 

La pérdida de sangre era tan poca que no pre- 
cipitaba la muerte del reo, aunque estuviera cla- 
vado por las cuatro extremidades. 

La cruz levantaba poco del suelo, hasta el pun- 
to de que á veces los pies de la víctima tocaban en 
él. Encajado el madero en la tierra, se desnuda- 
ba al paciente y se le ataba luego por los ante- 
brazos, las manos y los pies. Las manos se clava- 
ban en el madero transversal; pero los pies se ata- 
ban con cuerdas. En estas condiciones, el cuerpo 
no podía derrumbarse y desgarrar las manos. 

Concluida la crucifixión, se abandonaba el con- 
denado á su suerte, hasta que los buitres le pico- 
teaban en los ojos (¡oh tiempos de barbarie de- 
liciosa!); pero como el reo tuviese familia que re- 
clamase su cuerpo, la ley romana ordenaba que 
se le entregase sin más requisitos. 

Parece verdad que las manos de Cristo fueron 
clavadas, pero no los pies. Paul de Régk opina 
que Jesús pasó tres horas solamente en el supli- 
cio. Al llegar aquí se desmayó y le dieron por 
muerto. Esta ilusión fué causa de que no le des* 
jarretaran, según costumbre. 

Bajado de la cruz, le trasladaron á una gruta 



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SOLFEO 69 

vecina que pertenecía á José de Arimatea. A ñn 
de aislarle de los curiosos y los indiscretos— que 
en todo tiempo les hubo—se rodó hasta la boca 
de la gruta una piedra enorme. 



La herida de la lanza ¿sería lo que' produjo á 
Cristo la muerte? Ese golpe de lanza (traduzca- 
mos libremente del francés) es muy problemático. 
Aunque se admitiese, el Evangelio de San Juan 
demuestra que la lanzada no fué mortal, puesto 
que el propio evangelista refiere que de la herida 
de Jesús brotó un chorro de sangre y agua. 

La muerte coagula la sangre, y la sangre coagu- 
lada carece de impulsión. De modo que no pudo 
brotar si estaba muerto. Son habas contadas. 
¿Brotó la sangre? Luego estaba vivo. 



Cuando anocheció sobre el Gólgota, Arimatea, 
Nicodemo y sus servidores penetraron sigilosa- 
mente en la caverna. Después de quitar la piedra, 
tomaron á Cristo y le condujeron á una casa don- 
de todo estaba preparado para recibirle. 

El día del sábado transcurrió entre el bullicio 
de las fiestas de Pascua, sin que nadie se acordase 
(no olvidar que en aquel entonces no tenía Cris- 
to la importancia que tiene hoy) del depósito 
confiado á la misteriosa cueva. 



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70 FRAY CANDIL 



Los amigos de Jesús se apresuraron el domingo 
por la mañana hacia el sitio en que pensaban dar 
sepultura al amado Maestro. María Magdalena, 
más impaciente y nerviosa que los demás, llegó la 
primera al lugar del siniestro^ como diríamos 
hoy. La gruta estaba vacía. Gran expectación... 
¿Qué hora era? Según Marcos, era pleno día; 
^uan no dice palabra respecto del particular; Lu- 
cas y Mateo describen la escena al amanecer. 

¡Cualquiera lo averigual 

¿Cómo pudo desaparecer de allí el cuerpo de 
Jesús^ muerto ó vivo? Los guardias se habrían 
opuesto, aunque yo no me fío de los guardias. 
Ignoro si entonces se estilaba la propina. La pre- 
sencia de los guardias del templo ante el sepulcro 
no está probada históricamente. San Mateo es el 
único que habla de eso. Asegura que había guar- 
dias. Pero tampoco me fío de Mateo. 

Las suposiciones de la evasión posible, harto 
probable, quedarían en pie, aun admitiendo lo 
que afirma el evangelista, puesto que está demos- 
trado que esta precaución fué tardía— ¡y aún dirán 
pestes de nuestro Municipio! ;— que durante toda 
la noche la tumba estuvo sola, y que los guardias 
del templo no llegaron hasta por la mañana, des- 
pués de la desaparición de Jesús. 

¡Guardias habían de ser! 



He aquí los términos del problema y el último 
estado del debate que tanto preocupa todavía á 



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SOr.FEO 71 

una gran parte de esta supersticiosa humanidad 
que se resiste á reconocer por abuelos á los monos 
antropoides. 

Antes de desaparecer para siempre, promovien- 
do tantas disputas, el Prometeo del Gólgota— se- 
gún la frase de Regla >- ¿pudo, al decir de los 
evangelistas, esos grandes poetas, mostrarse en 
carne y hueso muchas veces en Galilea á sus dis- 
cípulos? 

Si estaba muerto, no, señor. Y no hay misterio 
que valga, con perdón de los ilusos. Los muertos 
no resucitan, créanme ustedes, ó las leyes de la 
naturaleza son una filfa. 



En la Edad Media la explicación puramente hu- 
mana—humanos somos, y como tales tenemos 
que discurrir, aunque hay muchos que discurren 
como cerdos— de la vida y muerte de Jesús,— el 
cual ¡poco que se reiría de nosotros si resucitase I 
— hubiera parecido á todos un sacrilegio abomi- 
nable, y la conciencia popular— en el supuesto de 
que el vulgo tenga conciencia— se habría amoti- 
nado. Pero estamos en 1893 y el estado de los es- 
píritu%no ^s el mismo, ni con cien leguas, aunque 
se dan casos de muchos que me condenarían gus- 
tosos á la hoguera por el hecho de haber escrito, ó 
mejor, medio traducido, estas líneas. 

¡Qué horror! 



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LA SINCERIDAD CRITICA (') 




L que escribe para el público está expues- 
' to á que se le censure ó se le alabe. Ver* 

dad es ésta que no admite discusión. Por 
eso juzgo ridículo— provinciano estaba por decir 
—que ciertos escritores, que no hay para qué ci- 
tar, se valgan de intermediarios influyentes á fin 
de evitar que se les siga combatiendo, como si al 
que censura le movieran, no el amor al arte, sino 
ruines pasiones. El único modo, el más eficaz de 
callar á la crítica negativa es... escribir bien ó no 
escribir. Lo demás se me antoja inmoral. Tanto 
valdría como querer sobornar á un juez que toma- 
ra por lo serio su oficio. Revela, desdeluego, des- 
confianza de las propias fuerzas, por cuanto que 
se teme que la reputación adquirida se venga aba- 
jo al sqplo más leve de la crítica. Revela, por otra 
parte, soberbia y vanidad.— «Nadie tiene derecho 



<x) Este articulo fué escrito en ocasi&a de haber dirigido ciif 
ta señora varias cartas k mi buen amigo el brillante periodista Ju- 
lio Borell, director de Bl Nuevo Heralio, con el objeto de que me 
impidiese seguir combatiéndola. {Piense ustedes de los desdefiososl 



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74 K^AY CANOir. 



á decir de mí nada que me mortifique. Para mí se 
ha hecho la alabanza. Soy como las armas de Ro- 
lando.! —Algo así parece que quieren decir. 



Semejante fenómeno psicológico nada tiene de 
raro en países donde no hay opinión, donde no 
se lee, donde las reputaciones diríase que se for- 
jan por caridad. 

Lo lógico, lo natural, cuando se siente uno in- 
justamente mortificado, es defenderse con la plu- 
ma ó... á tiros, según la irritabilidad nerviosa de 
cada cual; pero eso de querer amordazar por me- 
dios subterráneos al escritor honrado y leal que 
dice lo que piensa á su modo, no lo tengo por 
plausible, ni con cien leguas. 

Estamos acostumbrados al elogio inconsciente 
del gacetillero ignorante y anónimo, y cuando al- 
guien, que jio tiene pelos en la lengua, nos canta 
las del barquero, nos subimos á la parra. Cuando 
alguien, que para nada necesita adular, porque 
ni su temperamento ni su posición social se lo 
exigen, arroja una piedra á la mansa corrien- 
te de los bombos mutuos^ la vanidad, formando 
círculos de ira y remolinos de odio, llega basta la 
orilla, levantando ronco rumor de protesta. Es 
muy natural que esto suceda en los arroyos; en el 
mar, donde el oleaje es continuo, la caída de la 
piedra ni se nota ni desvía el curso de las aguas. 

En los pequeños centros intelectuales impera 



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SOLFEO 75 

un á modo de caciquismo literario. Cada cual se 
cree un genio y jayl del que se atreva á decir lo 
contrario. Le excomulgarán, le calificarán de en- 
vidioso, de iconoclasta y puede que hasta de mi» 
serable, porque el orgullo, cuando se irrita, no se 
para en vocablos. El diccionario de las injurias se 
le* antoja incoloro y pobre. 

Por el contrario, en los países donde la vida 
mental es grande y compleja; donde abunda la 
gente refinada, lo mismo entre los que leen que 
entre los que escriben, la polémica se considera 
como signo de pasión por lo que se relaciona con 
la ciencia y el arte. 

Más que á sus novelas, debe Zola su universal 
nombradía á la guerra de pluma que se le ha ve- 
nido haciendo hasta ahora. Lo triste, lo verdade- 
ramente triste para el escritor, es el silencio, ine- 
quívoco síntoma de muerte. 



Mis censuras no obedecen, como algunos malé- 
volos suponen, á movimientos dolorosos del hí- 
gado, á insurrecciones enfermizas de los nervios, 
aunque bien pudiera ser, porque el cerebro no 
funciona aislado: recibe, como una central tele- 
f(ínica, los avisos de los demás órganos. Nuestro 
cuerpo— dice Haeckel— es una monarquía celu- 
lar. Los órganos, formados de varios tejidos, pue- 
den compararse á los diferentes empleos y cargos 
a^inistrativos. A la cabeza de todos se halla el 



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76 FRAY CANDIL 



poderoso gobierno central, el centro nervioso más 
«levado: el cerebro. Nuestras células, al ser heri- 
das por los estímulos externos, envían en seguida 
al sensorio un telegrama de luz, ó de color, ó de 
sonido. 

De suerte que nuestros pensamientos se tiñen 
del color psíquico de los órganos. No discurri-, 
mos igual, ni con mucho, cuando estamos sanos^ 
que cuando estamos enfermos, mal que pese á to- 
dos los metafísicos del mundo. Y á lo que íbamos. 

Ya que nunca me propuse ser rico, me he pro- 
puesto ser franco y veraz. Expongo con llaneza .los 
estados intelectuales que me sugiere lo que leo, 
sin que se me dé un comino del rutinario sentir 
del vulgo. No lisonjeo la vanidad de nadie. No 
abrigo la pretensión absurda de que mis juicios 
sean artículos de fe, ni de que prevalezcan entre 
los ajenos. 

La crítica ha perdido su dogmatismo, diga lo 
que diga Mr. Caro que, desde la Revista de Am- 
bos Mundos y se lamentaba de ello no hace mu- 
cho. Hoy la crítica no puede ser más que impre- 
sión personal. Así lo entienden Guyau, Lemai- 
tre, France y otros críticos franceses no menos 
ilustres. 

El mundo que nos rodea varía; nuestro pueblo 
interior^ que dijo Taine, cambia, y hasta la tem- 
peratura de nuestro cuerpo no es la misma por la 
tarde que por la mañana. ¿Cómo he de forjarme 
la ilusión de que mis humildes pareceres sean só- 
lidos y definitivos? El crítico, ha dicho Lemaítre, 



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SOLFEO 77 

si no me equivoco, tiene que ser contradictorio, si 
ha de ser sincero. 



Por algunas de las razones arriba indicadas y 
por otras que sería prolijo enumerar, la sinceri- 
dad literaria entre nosotros se hace casi impo- 
sible. 

Lo primero que se requiere para obrar con sin- 
ceridad es independencia, y la independencia su- 
cumbe cuando no se tiene un modo de vivir fijo y 
amplio. La mayoría de la gente está educada en 
la mentira. Desde el engaño ridículo de hacernos 
creer que el hermano recién nacido es un muñeco 
venido de París en una cesta, hasta la de amena • 
zarnos con el infierno y adularnos con las ven- 
turas celestiales, todo es una comedia estúpida. 

¡Qué labor tan ímproba, tan llena de amargu- 
ras, tan solitaria, no supone el ir educándose en 
la verdad, intelectual y moralmente, en medio de 
una sociedad poblada de falacias y convenciones 
irrisorias é imposibles! 

¡Qué trabajo sordo y obscuro el de ir arran- 
cándose del corazón y de la inteligencia, una por 
una, todas las supersticiones, y uno por uno, to- 
dos los sofismas que la rutina, la ignorancia, han 
venido acumulando, á manera de estratos psíqui- 
cos, en nuestra compleja máquina nerviosa! 

Uno no puede prescindir del medio ambiente *en 
que respira. De suerte que semejante empresa es 



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78 FRAY, CANDIL 



análoga á la del que, bajo un aguacero de polvo, 
tratase de limpiarse con un cepillo la ropa. 

Ser sincero, ser franco, equivale á ser eterna- 
mente pobre, eternamente odiado, eternamente 
preterido... ¿Qué importa? El regocijo interior 
bien vale que te le sacrifique todo eso que, des- 
pués de todo, no es más que humo... 

Según Schopenhauer, hay tres maneras de ser 
relativamente feliz: ó por lo que se es, que abarca 
la personalidad en su sentido más lato, ó por lo 
que se tiene, que comprende toda propiedad ma- 
terial, ó por lo que se representa, que estriba en 
la opinión que los demás se forman de nosotros 
por lo que aparentamos. . 

Hay quien se contenta solamente con ser lo 
que es. 



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LA COMEDIA RELIGIOSA 




STA es la época de la religión q/?cia/, como 
> quien dice. Nadie se acuerda de Santa 
Bárbara hasta que truena, reza el adagio. 
Nadie se acuerda de Cristo hasta que la Iglesia 
le manda que se acuerde. 

La verdadera religión— llámese como se llame- 
debe ser practicada todos los días^ á todas horas, 
en todos los momentos, y no á la manera hipó- 
crita de muchos, tan briosamente condenada por 
Doña Concepción Arenal. Creen qqe con ir un 
rato á la iglesia ó persignarse cuando pasa el Viá- 
tico en auxilio del moribundo^- momento no el 
más á propósito para exámenes de conciencia— 
han cumplido sobradamente con los preceptos re- 
ligiosos. 

Por lo demás, siguen obrando en todo como de 
fijo no obraría el indio del Orinoco. Nuevos Tar^ 
tuffes fingen una religiosidad que no sienten, y á 
semejanza de los monos, barren para adentro. No 
tienen reparo en arrancar pérfidamente la tira del 



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8o FRAY CANDIL 



pellejo al prójimo, en aceptar negocios sucios, en 
burlar á la joven desvalida y ardiente. 
Son los tipos de La Pasionaria, de Cano, 

cque andan cambiando delitos 
á cuenta de padrenuestros.» 



La religión— reliquia viva de la edad sentimen- 
tal—no se reduce al dogma, al rito, al aparato. 
Nada más lejos de eso. El espíritu verdaderamente 
religioso es aquél que reza para adentro, á su mo- 
do, en las soledades contemplativas de la concien- 
cia; el que obra honradamente sin esperanza de 
recompensa ni miedo á castigos ultraterrestres; el 
que al ver el espectáculo moral del mundo levanta 
los ojos interiores á un ideal puro, bueno y grande 
(altruismo), y mira á los hombres con la lástima 
que despiertan en las almas escogidas. 

El mundo— lo ha dicho Jules Lemaítre— es muy 
divertido como espectáculo, pero muy triste como 
enigma. Esta es, á mi juicio, la verdadera fuente 
de toda religión. Nada sabemos del principio ni 
del ñn de las cosas; nada de nuestro destino obs- 
curo... Volverá el polvo al polvo, según la Es- 
critura. Nuestros elementos químicos formarán 
nuevos organismos; pero esta prodigiosa maqui- 
naria del universo, este laboratorio hirviente de la 
naturaleza, ¿dejarán de funcionar algún día? Si el 
mundo tuvo un principio, ha de tener forzosa- 



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SOLFEO 8 1 

mente un fin. La teoría de lá evolución nos lleva 
á eso como por la mano. ¿Y en qué consistirá ese 
ñn? ¿En que todo se reduzca á polvo? ¿Surgirá un 
mimdo nuevo de las ruinas? La naturaleza parece 
no proponerse ningún fin. ¿A qué, si no, ese des- 
pilfarro de energía, porque cada ser vivo presupo- 
ne una serie de tanteos y de errores incalculables? 
¿Á qué esa selección que practica á expensas de 
seres que no pasan del estado embrionario? ¿Á qué 
mutilar inopinadamente la vida de seres que se 
tienen por felices con vivir? 

La Biblia contiene muchos errores científicos; 
es una maraña de mitos, como ha probado Emilio 
Ferricre; pero hay algo en ella que nos habla muy 
tristemente de la vida. El aroma de pesimismo asiá- 
tico que la embalsama penetra voluptuosamente 
en los espíritus fatigados como un anestésico. Yo 
me explico que el místico— esos pobres enfermos 
de la idealidad ultraterrena— experimente alucU 
naciones interiores ysacudimientos nerviosos con 
la lectura de la Biblia, porque yo, en mi calidad 
de artista inquieto y febril, he sentido la enervante 
poesía que se exhala de sus versículos incoheren- 
tes. La Biblia, obra del hombre, pero del hombre 
sentimental y sonámbulo, deslumhrado y enso- 
berbecido con la feria del mundo cuyo meca- 
nismo ignoraba, entraña una estética dolorosa 
muy del gusto de los espíritus refinados y deca- 
dentes. 



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82 FRAY CANDIL 



En la incertidumbre en que vivimos respecto 
de lo que nos aguarda en la transformación de las 
cosas, ¿quién puede atreverse á afirmar que hay 
algo después de la muerte? ¿Quién á negarlo? El 
espíritu de conservación, tan espontáneo en todo 
ser que vive, unido á la superstición intelectual 
que se transmiten las generaciones, nos lleva por 
modo egoísta á la idea de prolongar la vida á tra- 
vés de la muerte. Morfológicamente no sabemos 
cómo. ¿Tomaremos la forma de hombres, de ani- 
males, de plantas? ¿Nos volveremos gases? 

En esta desoladora tristeza que habla en las 
pensativas noches de luna, como decía Musset, al 
espíritu caviloso y enfermo de algo á que la cien- 
cia no alcanza, se funda el sentimiento religioso, 
poético, pK)fundamente humano, formado de re- 
cuerdos queridos, de dolorosas lejanías^ de ínti- 
mas ternuras y vagas inquietudes... En los espíritus 
melancólicos, sensibles, desequilibrados, román^ 
ticos, arraiga, como planta frondosa, esta aspira- 
ción indefinible á algo mejor, á algo que se aparta 
del torbellino mundanal y que nos sustrae, en las 
grandes tribulaciones de la vida, de las miserias, de 
los odios de los hombres. Pero el mal está en que 
pensamos conforme á las ideas que sólo vivos po- 
demos tener. Si por un esfuerzo de abstracción, si 
con elementos no sentidos, en un sueño apacible 
y sin ensueños, pudiéramos imaginarnos la muer- 
te, sintiéndola sin sentirla, comprenderíamos que 
la vida futura, tal y como la entienden los cre- 
yentes, es ilógica. 



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• SOLFEO 83 

De mí se decir que he sentido la muerte bajo el 
influjo^ de ua anestésico, y la he sentido... no sin- 
tiendo la vida. Al volver en mí del profundo le- 
targo de la intoxicación, me encontré con algu- 
nos pedazos de carne menos. Durante la opera- 
<;ión quirúrgica hablé mucho. Yo no lo recuerdo. 
Pues si estando vivo no sentí nada, estando muer- 
to sentiría menos, es decir, no sentiría ni poco ni 
mucho. £1 nirvana sensitivo. El eclipse total de la 
conciencia... 



De un pueblo que se divierte á todas horas; que 
toma en broma lo único serio que acaso haya, la 
vida espiritual, en su sentido moderno; que mez- 
cla el rezo con la blasfemia, la ñesta de iglesia con 
la corrida de toros; que se burla del clérigo sin 
perjuicio de confesarle á solas sus picardías, no 
hay que esperar verdadera unción religiosa, sen- 
timiento reflexivo, fuerte y duradero. 

La religión para él sei^ un espectáculo más, 
supersticioso, desde luego; un nuevo motivo de 
juerga en que los mozalbetes se entretienen en 
pellizcar las pantorrillas á las viejas y en tentar 
las caderas á la» jóvenes, á la salida de los tem- 
plos. 

♦ * 
Hay una religión hermosa, la religión del de- 



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84 FRAY CANDIL 



ber, que para nada necesita del templo ni del sa- 
cerdote. Sus altares no tienen ídolos; en ellos no 
se quema incienso ni arden cirios. La música del 
órgano no turba con vibraciones lascivas la ora- 
ción del creyente solitario. Es la religión que me- 
nos mártires cuenta, porque no entraña amenazas 
ni premios ultramundanos. Es una religión sana 
que prende en los organismos equilibrados, armó- 
nicos y altruistas. No pide nada para sí: ni la adu- 
lación cobarde del supersticioso, ni el arrepenti- 
miento tardío del malvado. No pide más que sin- 
ceridad y honradez. 

¿Cómo han de comprenderla esas pobres gentes 
egoístas que sólo creen en Dios— un Dios venga- 
tivo y orgulloso— porque le temen? 

El día en que esta humanidad degenerada des* 
aparezca; el día en que el hombre sea hombre del 
todOy porque hasta ahora no es más 

cque un compuesto de hombre y fiera,! 

como decía Calderón, entonces, quizá, el absurdo 
y viejo dogma católico cederá su puesto á esta 
nueva religión de paz, que tiene por lema la ale- 
gría, la justicia y la tranquilidad de la conciencia... 



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@gg®SS®S®gS®SS®SS®gg<i^ 



LIGA DE POETASTROS 




OS poetastros ingleses— en todas partes 
cuecen ripios— aburridos de que el pú- 
blico les desprecie, van ¿y qué hacen? 
Pues fundar— según leo en Thh Spectator ^xxnsi 
hermandad poética fThe Brotherhood oj PoetsJ 
ó Sociedad de seguros y bombos mutuos. 

Si hay Sociedades artísticas, Academias cientí- 
ficas y clubs, ¿por qué no ha de haber— discurren 
los poetastros de la Gran Bretaña — una Sociedad 
cooperativa de poetas? (May unite together for 
mutual eymparthy, help, and instruction.) 

Los poetas— añaden — han sido, desde tiempo 
inmemorial, el blanco de la sátira de los críticos 
y del desdén de los prosistas. ¡Los poetas, que tan 
bienhechor influjo han ejercido siempre en la hu- 
manidad! 

La mayoría, cuando no todos de estos poetas 
de chicha y nabo, son inéditos. No de otro modo 
se explica que proyecten publicar un periódico, 
Las MusaSj que recoja, á guisa de espuerta, los 
ripios de la comunidad. 



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86 FRAY CANDIL 



Los redactores del periódico serán á la vez sus- 
criptores. Una especie de Juan Palomo ó de Si* 
nesio Delgado. 

Ya han echado á la calle el prospecto, que es 
una protesta contra los críticos, de quienes se 
quejan amargamente... antes de que les hayan 
cascado las liendres. Se ponen el parche antes de 
que les salga el grano. 

Sociedad de semejante índole no es nueva en 
Inglaterra, según El Espectador» 

En España sí que lo es. Como que todavía- no 
existe. Nuestros poetastros (mattoideSy que diría 
Lombroso), más afortunados que los ingleses, tie* 
nen sus periodiquitos, generalmente con monos, 
donde la emprenden á ripio limpio con la patrona, 
el huésped que no paga y las criadas de servir. 

{Pobre chica 
la que tiene que servir... 

de tema obligado á tanta redondilla con sabaño- 
nes como anda por esos papelitos, más ó menos 
Semanas Cómicas! 

De los críticos dicen horrores á la sordina, sin 
perjuicio de mandarles librotes en que les llaman 
eminentes é ilustres en las dedicatorias.^ Olvidan 
que el crítico nació para el poetastro, como el gato 
para el ratón; pero el ratón, más listo que ellos, 
huye del felino. El poetastro, lejos de eso, se le 
mete al crítico por las narices. 

Experimentan un á modo de placer morboso 



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SOLFEO 87 

en que el crítico les apalee, como ciertas histéri- 
cas. Por otra parte, como están convencidos, allá 
en los repliegues obscuros de sus consonantes, de 
que sus versos no valen un pito, les importa poco 
(por más que les importe mucho en otro sentido) 
que les pongan de oro y azul. Son como los sa- 
blistas, tiran á dar; pero si no dan, ¿á mí, qué? 

Van de crítico en crítico, de puerta en puerta, 
como los pordioseros, hasta que dan con algunos 
Sánchez Pérez que les elogian por caridad y por- 
que... no son críticos, ó, si lo son, carecen de 
sinceridad. 

Creo que yo, que, dicho sea de pasada, no me 
tengo por crítico, ni chispa, no peco de benévolo* 
Pues no hay día en que no reciba un tomo de 
versos, malos, ni que decir tiene. ¿A qué me les 
envían? Pues me les envían para que yo les sacu- 
da el polvo. Ni más ni menos. De sobra saben 
que no me rindo ni que hay dedicatoria que me 
ablande. 



Parte de la clasiñcación de Ferri respecto de los 
delincuentes, es aplicable á los malos poetas. Hay 
poetas natos ó congénitos y poetas de ocasión. 

El criminal nato, según Ferri, es aquél en que 
predominan los factores internos, los que se re- 
fieren á la constitución orgánica y psíquica, y el 
ocasional aquél á quien el medio exterior (social 
y físico) impulsa al crimen. 



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88 FRAY CANDIL 



El poeta nace, no se hace, dijo el pueblo años 
há, presintiendo, sin duda, al poetastro congénito. 

El delincuente instintivo^ como le llama Garó- 
falo, es incorregible, mal que pese al filantrópico 
optimismo de algunos criminalistas soñadores, al 
paso que t\ fortuito ú ocasional suele enmendarse. 

Para el poetastro a nativitate no hay crítica 
que valga. Ahí está Sinesio, ahí está Grilo, ahí es- 
tá Barrantes. 

Nacen hablando en verso y mueren con el ri- 
pio en los labios, como subían los girondinos al 
cadalso, con un himno en la garganta. 

Al poetastro de ocasión^ como ciertos géneros 
traducidos del francés, regularmente en verano, 
suele amilanarle una felpa á tiempo. 

Por lo común, el poetastro que me ocupa sur- 
ge en los bautizos, en las bodas, en los entierros, 
juntamente con el cura ó el muñidor. C cunta los 
afectos íntimos, caseros; las bellezas y virtudes de 
la enamorada jpareja; el dolor que abruma al 
cónyuge superviviente ó á la hermana del difun- 
to, ó al mismo difunto, á quien desde luego su- 
pone en el cielo gozando de la bienaventuranza 
eterna. Para él todo niño es un ángel que vuela 
al empíreo; toda mujer, hermosa y buena; todo 
hombre, talentoso y noble. 

Estos infelices, algunos -de los cuales llegan á 
hacerse famosos, son muy capaces de rimar el 
Diccionario de la Lengua^ isi no les sale al atajo 
un crítico y les para los sonetos (el soneto es su 
fuerte). 



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89 



Esta generación de poetas ebenesy que diría Que- 
vedo, dura poco, al revés de la segunda, de la de 
los instintivos, que se propaga como la peste. Fe- 
nómeno curioso: el criminal nato suele ser estéril, 
como casi todos los degenerados inferiores. El 
poetastro congénito, fecundo. 

¿Qué medio emplear contra ellos? 

Ya lo dije en otra ocasión: mutilarles ó man- 
darles 

cmás allá de las islas Filipinas.» 



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AMEMOS... 




iEl amor junta loa cetros con 
loa cayadoa, la bajeza con la 
grandeza, hace posible lo im> 
posible... y viene & ser pode- 
roso como la muerte.t 

(CSKVANTSS.) 



NOCHE estuve en el Circo de Price á ver á 
' la Bella Chiquita, que es una hembra de 
rompe y rasga, desde el punto de vista 
plástico. ¡Qué curvas! ¡Qué morbidez! 

Al salir á las tablas, una ola caliente de lujuria 
corrió por el público masculino. Los ojos chispea- 
ban; los labios, húmedos y medio abiertos, simu- 
laban saborear algo que no era precisamente un 
caramelo. 

De fijo que el Dómine Cascarrabias no califi- 
caría de hermosa á aquella mujer, porque, lejos 
de consolar y de ponernos bien con Dios (teoría 
artística de casa de salud), nos puso rijosos, sin 
distinción de clases. 

Bastaba sólo fijarse en la expresión facial del nu- 
meroso concurso que pedía á gritos la repetición 



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92 FRAY CANDIL 



de aquélla á modo de danja del vientre con que 
la gallarda circense alborotaba, en complicidad 
con el calor, los instintos brutales. 

¡Oh, la mujer! ¿Qué obra artística — por mucho 
que consuele... como ciertos placeres solitarios- 
puede comparársela, cuando dice á ser gentil y 
radiante? ¡Qué fuente de sugestión para el artista 
que no tiene la cholla, ó la chola, como dice el 
pueblo, atiborrada de virutas religioso-histérico- 
positivistas! 

La mujer bella que tiene en los ojos la nostal- 
gia d^l crepúsculo, en la boca hervidero de caricias 
que muerden, y rima con las caderas, amplias y 
redondas, el himno al amor que mata, lleva en sí 
todo lo necesario para ser dichosa. 

Puede escoger á sus anchas, entre tanto cerco- 
piteco como anda por ahí echándoselas de hom- 
bre, el que más la llene física é intelectualmente. 
Puede mandar y ser obedecida; puede despreciar 
y seguir siendo amada. 

Porque al hombre, por refinado y altruista que 
parezca, por educada que tenga la voluntad y ar- 
mónica la red nerviosa, lo que más hondamente 
le sacude, lo que eclipsa su inteligencia, empuján- 
dole á todo linaje de locuras, es el amor, el amor 
pagano de redondeces blancas y duras, que tiem- 
blan como la hoja en el árbol y se retuercen con- 
vulsivamente al contacto de una boca febril y á la 
opresión epiléptica de unos brazos varoniles... 



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SOLFEO 93 

Soy idólatra de la mujer, no puedo remediarlo; 
de la mujer desnuda y bien oliente, porque no hay 
que olvidar el papel que desempeña el olfato en el 
amor, como enseñan Darwin y Mantegazza. Si al- 
gún día me pierdo, no será, de ñjo, por una dis- 
cusión literaria en que un dómine amojamado y 
engreído, contemporáneo del megaterio, me pone 
las posaderas delante... para que le sacuda el polvo. 

Amemos, que la vida es corta. El amor equili- 
brado aventa nuestras melancolías y predispone 
el espíritu á la benevolencia. Hasta los días grises 
se nos antojan diáfanos cuando nuestro pensa- 
miento revolotea, como un pájaro en su jaula, 
dulcemente encarcelado en la idea de una pasión 
fuerte y honda. 

Para leer todo lo que se ha escrito, para amar 
y para escribir, se requieren tres vidas— pensaba 
Renán ó quien fuese. 

¡Amemos... que la vida es corta! 

Hay algo que vale más que el papel impreso: 
¡el amor!, el Leviatán de los sentimientos huma- 
nos, como dice Mantegazza; fuente de toda vida,, 
estímulo de todo esfuerzo y origen... de la mayo* 
ría délas enfermedades nerviosas. Sí, elamorma» 
ta; pero mata voluptuosamente, como el opio ó 
la morfina, á la inversa del libro, que si ilustra y 
divierte, á la larga deja en el espíritu un sedimento 
de melancolía intelectual. 



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94 FRAY CANDIL 



El amor y el estudio, cuando traspasan los lími- 
tes de lo normal, pueden ser y son causa de la ce- 
rebrastenia, de la diabetes ó glucosuria... 

El surmenage inttlectualy cuyos efectos mórbi- 
dos han tan profundamente estudiado los moder- 
nos psicólogos, ha poblado los manicomios— la 
ciudad muerta;— pero raras veces puebla los pre- 
sidios y las cárceles... Los locos por amor sobre- 
pujan en número á los locos^por exceso de labor 
mental. Verdad es que son más los que aman que 
los que estudian. 

De la pasión febril y absorbente que se torna en 
idea ñja, á la demencia no hay más que un paso... 
Yo quiero morir en brazos de una mujer hermosa, 
pero amada, y enterándome en mis últimos mo- 
mentos de la última mentira escrita... 



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PEDREA LITERARIA 




, üiÉN es D. Leopoldo Pedreira? Un señor 
corcovado á quien no se puede tomar en 
serio. El lo dice en la Revista Contem- 
poránea: lYo tengo la desgracia — sí, en eso esta- 
mos—de parecerme á algunos personajes de sai- 
nete.f — A confesión de parte... 

¿Qué más se sabe del Sr. Pedreira ó Perrera, 
escritor entre dos platos? En primer lugar— como 
dicen algunos oradores que presumen de lógicos 
—que el Sr. Pedreira ó Pedrea quiere que yo le 
dé á conocer. En segundo lugar— á esos oradores 
lógicos lo que siempre se les olvida es eso, el se- 
gundo lugar --qae el Sr. Pedreira despotrica que 
se las pela, y en tercer lugar, que el Sr. Pedrusco 
se mete conmigo. Vamos á cuentas, Sr. Perrera: 
¿por qué me llama usted Zascandil? ¿En qué le 
he ofendido yo? ¿Qué delito cometí para que us- 
ted se me venga encima con todo el peso de su 
apellido? 

Con decirme que usted quería que le sacase de 
la aonósfera de obscuridad y silencio en que vi- 



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96 ■ FRAY CANDIL 



ve— no quiero significar que viva usted en un só- 
tano, aunque se dan casos — maldito si necesita- 
ba usted apelar á esos chistes, propios solamente 
de nosotros, los críticos menudos^ según usted nos 
califica. 

Si yo, es un suponer, le llamase adoquín^ de 
fijo que usted, Sr. Pedrea, se enojaría, y con so- 
brada razón. ¿A qué me viene usted con motes? 

Harto se me alcanza (Doña Emilia en puerta) 
que eso que usted hace responde á la lucha por 
la vida. Usted batalla porque su nombre suene. 
En rigor, las piedras no suenan sino tirándolas 
contra algo. Bueno: le tiraremos á usted, Sr. Pe- 
drea... ¿contra quién? Contra el P. Blanco Gar- 
cía, ¿le parece? 



El Sr. Pedreira se ha pasado la vida á salto de 
mata, con una epístola crítico-satírica que recuer- 
da la de D. Clemente Díaz, puesta en solfa por 
Larra. La epístola de Pedreira está en prosa, al 
revés de la de D. Clemente, que está en verso» 
Ambas á dos son malas, no cabe duda; pero la de 
Pedreira es peor. 

Al fin el Sr. Pedreira ha tropezado... ¿Coa 
quién? dirán ustedes. Con el censor de la Acade^ 
mia Española del Uruguay. Y aquí te quiero» 
escopeta, digo, epístola. £1 Sr. Pedrea va, y ¿qué 
hace? Pues lo siguiente: 

— € Andaba yo revolviendo (como un trapero» 



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SOLFEO 97 

verdad, usted?) en los escondrijos de mi memo- 
ria, para buscar un compañero capas; de aceptar 
estaepístola...» 

¡Lo que habrá andado el pobre Pedreira! Hasta 
el Uruguay, nada menos, ha tenido que ir para 
hallar quien le acepte la epístola, ó le aguante la 
/a/«, da lo mismo. 

Me figuro al Sr. Pedreira perdido por los bos- 
ques vírgenes de América, con la epístola debajo 
del brazo, á guisa de paraguas, y la joroba á la es- 
palda á modo de maleta. 

Y tantos desvelos ¿para qué? Para que venga 
yo, un critico menudo^ á tomar el pelo al Sr. Pe- 
dreira y á su epístola. 

Puede que el Sr. Pedreira sea un genio. Desde 
que Lombroso encadenó al genio con el loco, an- 
do yo hecho un mar de confusiones^ como diría el 
Sr. Pedreira. No me creo autorizado para recono- 
cer el cráneo al Sr. Pedrea. Tal vez le tenga eri- 
zado de protuberancias; quizá le tenga lleno de... 
«pistolas. 

Propongo al Sr. Pedreira una transacción. Ni 
genio ni loco. Grafómano, Cierto que el grafóma- 
no es una especie de loco. La misma palabra lo 
dice; pero de grafómano á loco de remate hay no 
poca distancia. Andando el tiempo, nada tendría 
de particular que pusiesen al Sr. Pedrea una ca- 
misa de fuerza; pero por ahora no hay motivo pa- 
ra suponerlo. 

¿Qué autores creen ustedes que recomienda el 
Sr. Pedreira para llegar á ser un buen crítico? 



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98 FRAY CANDIL 



Pues al |P, Blanco García!, á Emilia Pardo Bazán, 
á Melchor de Palau (¡estoy asombraul), á Vidart... 
Pero lo chistoso del caso está en que el Sr. Pe- 
dreira rabiata con éstos ¡á Menéndez Pelayol ¡Por 
vida de Palau, Sr. Pedreira! Si es broma, puede 
pasar. 

El Sr. Pedrea es un soñador. ¿Pues no abriga 
la esperanza de que una vej publicada su epístola, 
la crítica menuda dejará de existir? 

Los muertos que vos matáis... 



No, no me quejo de que el Sr. Pedreira y otros 
críticos de igual jaez, me muevan cruda guerra^ 
porque, como decía Goethe— que valía más que 
Vidart y Palau— no hay para qué lamentarse de 
los enemigos. ¿Podrían jamás ser tus amigos- 
preguntaba el gran poeta— hombres por los cua* 
les un temperamento como el tuyo, siente, en se- 
creto, una repulsión eterna? 

Repulsión literaria, claro, porque yo no trato 
al Sr. Pedreira, ni gana. 

Y hasta las kalendas griegas, Sr. Pedrisco. 



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t 



^'W'V"V'*V^'V""W"V"V'W"w'"^W"'V'^ 



HABLEMOS DE MORAL 




% 



O cabe duda: la reacción moral, entre 
nosotros, es un hecho. A la fuga de la Ju- 
die hay que agregar la desbandada de los 
nefandistas (seamos cultos) del Liceo de Ríus. 

No apruebo que se haya obligado á la Judie, 
por unos cuantos equívocos verdes^ á tomar so- 
leta. La Judie, por lo menos, nos desbravaba un 
poco el gusto artístico, nos divertía, al paso que 
lo$ andróginos pasivos de marras no sólo atentan 
contra las leyes del sexo, sino que, con el escán- 
dalo, tiran á contaminar á la gente sana. Sabido 
es que el miedo, la cólera, la religiosidad se di- 
funden por sugestión, Y el que lo dude que lea 
La psychologie des Idees /orces j de Alfredo 
Fouillée. Lo propio acaece con la inmoralidad. 

Los detritus del vicio penetran en el espíritu co- 
mo los de una atmósfera envenenada en los pul- 
mones. 
¡El medio ambiente! ¡Qué inñujo tan poderoso 



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100 FRAY CANDIL 



ejerce en la vida psíquica! Quien desde pequeño 
no ha respirado más que aire mefítico, difícil- 
mente puede— no hay que olvidar la herencia — 
pensar y sentir con altruismo. 



La moral varía según los pueblos, las razas y 
las épocas. Es más: según el grado de cultura en- 
tre individuos de una misma sociedad 

En medio de la civilización contemporánea, ¿no 
vemos individuos, verdaderos locos morales^ in- 
capaces de sacramento, como diría el Marqués de 
Vadillo, codeándose con otros cuya gran estatura 
moral nos sorprende y maravilla? 

[Cuan distinta á la nuestra la moral del mundo 
clásico, por ejemplo, que rendía culto á Venus y 
á Príapo! 

Si los antiguos, de cuyo amor por el propio sexo 
nos hablan con encomio los escritores griegos, 
resucitasen y hubieran visto á sus congéneres del 
Liceo de Ríus camino de la Cárcel por el mero 
hecho de obligar á un órgano á desempeñar dos 
funciones antípodas, acaso, y sin acaso, con las 
manos puestas en salva sea la parte^ se queda- 
rían petrificados de asombro... Lo' que es habitual 
no nos parece censurable. 

En la familia faraónica el matrimonio entre 
hermanos era la cosa más natural. Hoy, los primos 
(me refiero á los primos por consanguinidad Jj 



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SOLFEO I Oí 



para casarse, necesitan la dispensa del Papa, si 
mal no recuerdo, porque en punto á Derecho ca- 
nónico sé menos que el Marqués de Vadillo, ca- 
tedrático de la Central. ¡Oh témpora, oh Vadillos! 



* 



El sentido moral es una actividad psíquica, y, 
por consiguiente, está expuesto á los cambios del 
organismo. Una enfermedad nos priva de él, co- 
mo de la voluntad ó de la memoria. ¿Quién pue- 
de negar que esos desdichados son víctimas de 
una degeneración constitucional? El Marqués de 
Vadillo solamente ó algún otro carcunda por el 
estilo. 

Ribot, en su bien pensado libro Las enferme- 
dades de la personalidad j observa que hay hom- 
bres que, interiormente considerados, son muje- 
res, como hay mujeres que son hombres desde el 
punto de vista anímico. 

Esas mujeres aman, no al macho, sino á la 
hembra, y se dan casos de que las pasiones que 
experimentan sobrepujan en ardor é intensidad á 
las que el hombre más sensual pudiera sentir por 
una mujer hermosa. 

La herencia es una ley á la que nadie puede sus- 
traerse. No siempre el hombre es malo ni bueno 
porque quiere. 

Los actos morales ó inmorales obedecen á la ca- 
racterística del temperamento. El que nació sor- 



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102 FRAY CANDIL 

do para lo que nosotros entendemos por moral^ 
como pudo nacer mudo ó ciego, ¿qué culpa tiene 
de no poder obrar honradamente? 

La inteligencia parece desenvolverse en razón 
inversa del sentido moral. De diario topamos con 
individuos de mucho talento incapaces de com- 
prender la ley de solidaridad, incapaces de distin- 
guir un acto justo de otro que no lo es. 

Tenemos un ejemplo reciente: el del ajjaire 
de Panamá j como le llaman los mismos france- 
ses. Los más de los que han sido condenados por 
malversación del caudal ajeno, son hombres no- 
tabilísimos por su rara inteligencia. 

Otro caso puede citarse, mucho más fresco 
aún, de atrofia del sentido íntimo: el de la viola- 
ción y muerte del niño del Escorial. 

La sensación genésica, cuando es profunda, 
suele ir unida á la idea de la muerte. 

En el acto carnal la vida y la m uerte parece co- 
mo que se dan un fuerte abrazo. Hay una á modo 
de muerte parcial en eso de dar algo de nuestra 
sangre, que, á su vez, lleva en germen una vida 
futura. 

En las perturbaciones fisiológicas, llámese lo- 
cura erótica, histerismo, etc., esta conjunción i«- 
consciente de muerde y vida que late en toda có- 
pula, se pervierte, dando lugar á las aberraciones 
sexuales de que están atestados los archivos de 
psiquiatría. 

Lombroso cita muchos casos de criminales por 
lujuria, que nada tienen qu^ envidiar, en punto á 



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SOLFEO 103 

sibaritismo sanguinario, al del pobre niño que 
tanto da que hablar á la crónica negra. 



Cuando se ven casos como éstos, y desgracia- 
damente no escasean, ¿qué pensar de este pobre 
mamífero bimanOj á menudo más cerca del oran- 
gután que del tipo ideal de algunos filósofos so- 
ñadores y filántropos recalcitrantes? 



Sí, el mundo marcha, como dijo el otro. El ru- 
gir de las locomotoras, el zumbar de las fábricas 
de la industria, hasta las armonías inefables de la 
música... diríase que no sirven sino para acallar 
el largo y doliente clamor de una humanidad de- 
lirante y anárquica... 



Tengamos compasión de los caídos, de los en- 
fermos... Sí, perdón para el enemigo; pero... des- 
pués de ahorcado, decía Heine, aquel Heine cáus- 
tico y escéptico á quien las torturas de la parálisis 
obligaron á morir creyendo en Dios... 



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LA DOLORES 

(drama de feliú y codina) 




OR lo común, hay más dramas entre la 
gente del campo (llámese pueblo ó aldea) 
que entre la gente de la ciudad. 

Y se explica: el campesino carece de la educa- 
ción, que si no modifica el temperamento, le en- 
frena, del ciudadano; sus pasiones— instintos, me- 
jor diría — á las que el sol y el aire del campo co- 
mumcan lujuriante brío, están más pfontas á es- 
tallar que las del hombre de la ciudad,* cuya ¿i«r¿ 
escéptica parece como que las apacigua ó adul- 
tera. 

Por otra parte, el rústico vive una vida intelec- 
tual, sobre mezquina, solitaria;, en su cerebro ta- 
ras veces surge la duda, á causa de'la pobreza de 
sus ideas. Por donde se comprende sü terquedad, 
su obcecación, sus supersticiones. 

El hombre cuya vida mental es rica y comple- 
ja, suele inclinarse á la duda, porque, dado lo 
movedizo de nuestro mundo interior en lo que al 
pensar se refiere, la selección ideológica se hace 
muy difícil. Todos los grandes pensadores— ar- 



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I06 FRAY CANDIL 



tistas ó fílósofos—ó los que sin ser pensadores ni 
filósofos han leído mucho, tienen un fondo visi- 
ble de escepticismo. 

¿Por qué? Porque siendo muy abundante su 
caudal de ideas, propias ó ajenas, y no habiendo, 
como TÍO hay acaso, una sola verdad inconcusa^ 
el espíritu fluctúa, y en esta vacilación concluye 
por admitirlas ó desecharlas todas. 

En la vida hipócrita y refinada de las capitales 
el sistema nervioso se desequilibra y agota,, y las 
pasiones hondas del amor, los sentimientos de la 
dignidad y del honor se truecan en 'algo que di- 
ríase convencional y postizo; pierden su primiti- 
va frescura, su natural arranque, su impulsión 
primera. 

De aquí los contadísimos dramas que se regis- 
tran en eso que se llama el gran mundOy en las 
altas clases y aun en la misma clase media. 

El drama, el verdadero drama humano que llo- 
ra y sangra á la vez, hay que buscarle abajo, en 
el pueblo, entre esos seres que luchan á brazo par- 
tido con las injusticias sociales, con las agresiones 
dei medio, amotinados los instintos, enfermos los 
órganos, perturbada por el alcohol y los placeres 
de la carne la sensibilidad; entre la gente que ve- 
geta en intimidad rutinaria con el terruño, el pen- 
samiento sin pulir, los nervios no templados por 
las emociones suaves y delicadas, sino ásperos 
como las sensaciones bruscas que reciben y de- 
vuelven. 



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SOLFEO 107 

Todas estas observaciones, trazadas cálamo cu- 
rrentCy se me ocurren bajo el influjo de la impre- 
sión viva que me ha producido el estreno de Líl 
Dolores,, hermoso drama realista, á la usanza an- 
tigua por lo que atañe á la contextura, de sabor 
castizamente español que recuerda nuestras nove- 
las ejemplares. 

El Sr. Feliú y Codina— autor del drama á que 
aludo— pertenece al contado número de los dra- 
máticos naturales que saben ver la realidad y di- 
gerirla sin hipérboles, sin rimbombo lírico. 

Su drama, de fábula sencillísima, exenta de 
obscuridades y enmarañados enredos, dialogada 
con facilidad, conmueve á la vez que divierte. En 
él, como en la vida que copia, las risas y las lá- 
grimas corren parejas. La acción camina á su ñn 
lógicamente, sin incidentes imprevistos ni alhara- 
cas retóricas. 

El radio social en que se mueve está observado 
directamente, es más, vivido; las costumbres tie- 
nen su característica local, hasta sus olores y sus 
matices. 

Los personajes, sacados de la cantera de la rea- 
lidad, discurren y hablan con ingenuidad y pasión. 
Nada de imágenes vistosas ni conceptismos impro- 
pios en boca de gente inculta y medio montaraz. 

Con todo de estar en verso La Dolores (no lim- 
pio siempre), lo que no deja de quitarle algo de 
fresco y espontáneo, apenas si se nota el artiñcio 
métrico. 



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-108 FRAY CANDIL 



El naturalismo— escribe Zola— no es doctrina 
cerrada, sino abierta á todos los esfuerzos perso- 
nales. No exige que se escriba con determinado 
estilo ni que se copie á tal ó cual maestro. Bástale 
que cada cual busque y clasifique los documen- 
tos que haya recogido, que descubra su parte en 
la verdad. Es lo que ha h^cho el Sr. Codina. 

Ha llevado á las tablas un pedazo de la realidad 
que él ha visto, y le ha llevado con la sencillez de 
procedimiento de Ibsen. 

Hoy, en ciencia como en arte, valen más que 
todas las imitaciones y todas las citas una obser- 
vación personal, un fragmento de la naturaleza 
calentado al través de nuestros nervios. 



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CLÍNICA SOCIAL 




A curiosidad que levantó el crimen del 
Escorial, ¿qué se ha hecho? El odio sú- 
bito que entre los vecinos de aquel pue- 
blo despertó el Chato^ ¿á dónde ha ido? 

«Los infantes de Aragón 
¿qué se hicieron?» 

Todo pasa, todo se olvida en este correr atro- 
pellado de las cosas que se suceden unas á otras 
como las chispas de un incendio. Al proceso del 
Chato y sigue el de Vázquez Várela; al de éste, el 
de la mujer del saco^ y al <ie la mujer del saco, el 
suicidio de la monja trinitaria. 

Todos estos crímenes, que tan fuerte como pa- 
sajero clamor levantaron en la conciencia públi- 
ca, tan dada de suyo á lo melodramático, pueden 
reducirse á una sola palabra: patología. En efec- 
to: si se miran con un criterio científico, se ad- 
vierte pronto que todos esos casos no son, en ri- 
gor, sino casos patológicos. 

El ChatOy una víctima de la epilepsia, esa en* 



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I o FRAY CANDIL 



fermedad misteriosa que ataca lo mismo al hom- 
bre intelectual (ejemplo de ello Flaubert), que al 
hombre lindante con el gorila. 

La epilepsia, según algunos insignes médicos, 
aparece con fenómenos remotos ó próximos: los 
primeros anuncian al paciente, por una serie de 
síntomas especiales (vahídos, dolores de cabeza, 
etc.), el acceso epiléptico; los segundos coinciden 
simultáneamente con el ataque. No dan tiempo al 
enfermo para agarrarse, para pedir auxilio: caen 
como heridos por un rayo, perdido el conocimien- 
to. Cuando vuelven á la vida no recuerdan nada. 

En algunos casos la convulsión no ñgura en la 
escena patológica. Los enfermos lo ven todo ro- 
jo; sienten deseos incontrastables de destruir, de 
suicidarse, juntamente con un ardor genésico in- 
vencible. En estos momentos cometen las mayo- 
res bestialidades y los crímenes más horribles, sin 
que nada baste á atajarlos. 

¿No pertenecerá el Chato á este linaje de locos? 



El suicidio de la querida de Várela, ¿á qué 
causa puede atribuirse sino á una gran sedición 
nerviosa, á la histeria, esa enamorada del sexo fe- 
menino? 

Un temperamento pasional— como era, según 
noticias, el de la barragana de Várela — ^arrojado 
en un medio que, lejos de apaciguarle, coadyu- 
vaba á exaltarle, no podía parar en otra cosa que 



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SO:.FEO 1 1 I 

«a el suicidio, esa desaparición completa de la 
personalidad, esa última esperanza de la desespe- 
ración de los espíritus arruinados ó por el vicio, 
ó por el amor, ó por la miseria, ó por todo junto. 

El suicidio de la religiosa es menos sorprenden- 
te, porque el hecho de meterse monja ya presu- 
pone un suicidio moral. Nada más inútil que con- 
sagrarse á la vida contemplativa donde á nadie se 
sirve, porque la oración tiene la misma fuerza, ca- 
so de tener alguna, elevada desde las soledades del 
claustro que desde el tumulto del mundo. 

En toda mística— según ilustres' mentalistas— 
hay un elemento morboso. Es un estado enfer- 
mizo del alma, una de las muchas formas que re- 
viste la psicosis. 

Estamos hechos á juzgar las cosas con un cri- 
terio rutinario y abstracto, alejado de toda reali- 
dad, y de aquí los espantadizos gestos con que la 
ignorancia acoge estas observaciones de la ciencia, 
la poesía explicaday según Zola. 

La ciencia no tiene entrañas. Lo mismo analiza 
un sentimiento que un mineral, que no en balde 
ha dicho el insigne Taine que la virtud y el vicio 
son productos como el adúcar y el vitriolo. 

La aspiración á lo ideal es cosa muy distinta de 
la castración de la personalidad, que á eso se re- 
duce, en último término, el atropello de las leyes 
naturales que envuelve el encerrarse, desprecian - 
<dolo todo, en una celda conventual. 




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112 FRAY CANDIL 



En tiempos de Santa Teresa— esa ¡lustre ilumi- 
nada—el caso del suicidio que me ocupa hubiera 
sido considerado como obra del demonio ó de los 
malos espíritus. 

• Afortunadamente, la humanidad progresa, aun- 
que con lentitud, porque su estado normal es el 
misoneísmo, según Lombroso, y hoy pocos serán 
los que interpreten hechos semejantes de la misma 
manera. 

Estudiemos al hombre ante todo como máqui- 
na viva — según el sabio consejo de Claudio Ber- 
nard— y ya tendremos tiempo de colgarle todos 
esos atavíos metafísicos que le convierten en una 
especie de ave del paraíso, ó, mejor, de monstruo 
horaciano. 



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LAS CRIADAS DE SERVIR 




STED, que no tiene pelos en la lengua...— 
Más rae valiera estar duermes. — ¿Por qué 
no je ocupa de la servidumbre madrile- 
ña, desesperación de las familias? 

—Señora, yo no he venido al mundo en calidad 
de D. Quijote. 

—Pero un periodista que combate con tantos 
bríos á los malos escritores y las preocupaciones 
sociales, creo yo que no debía tener reparo^en fus- 
tigar una de las mayores calamidades que asolan 
ó asuelan, usted dirá... 

—Asolan, porque asuelan vale tanto como echar 
al suelo, digo yo. 

—Bueno, pues que asolan á Madrid. 

—Créame usted, no vivimos. Yo soy andaluza, 
pero me he educado en Francia. 

-¿Y qué? 

—Escuche y no interrumpa. Los franceses, di- 
gan lo que digan los envidiosos, son gente biea 
educada. El pardón le tienen en los labios para 
todo. En cambio, nosotros, triste es decirlo... no 
tenemos pizca de educación. 

8 



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114 FRAY CANDIL 



—Eso.» 

—Si va una al Circo, los hombres nos echan el 
humo á la cara.— Y á nosotros, los barberos, mien- 
tras nos afeitan, no sólo nos fuínigan, sino que 
nos meten los dedos sucios en la boca.— Si va una 
por la calle, cualquier maleta se cree autorizado 
para requebrarla; si la dan á una un empellón, mal- 
dito si se vuelven para decirnos siquiera: usted 
dispense, Y ño digo nada de otras cosas, porque 
no quiero dar ocasión á una apoplegía patriótica. 

—Así somos, señora: nos despellejamos sorda- 
mente los unos á los otros, negando que haya 
en España algo pasadero, en cualquier sentido, y 
apenas alguno se atreve á decirlo en letras de 
molde, ¡se armó el jaleo! Y aquí os quiero, som- 
bras del Cid, de Pekyo, de Daoiz y de Velarde. 

—Cabal. 

— ^Habla usted con un político: nadie tiene ver- 
güenza; todos son unos bandidos. Departe us- 
ted con un escritor, y nadie tiene sentido común. 
Habla usted con un hortera, y todos son unos 
mercachifles indecentes. Habla usted con un go- 
moso, y no hay mujer que no se la pegue al ma- 
rido. Y óigales usted luego cuando se encuentran 
vis á vis. Las adulaciones que se dirigen dan as- 
co. ¿Qué significa esto? Que somos un pueblo 
perdido, sin salvación posible. 

—Habla usted como un libro. 

—Según sea el libro, señora; porque hay cada 
libro ¡que... tiembla Fabiél 

—Bueno. A lo que íbamos. Cansada de reco- 



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SOLFEO 115 

rrer casas de huéspedes, que es como vijfir en co- 
chiqueras, porque no hay una en que le traten á 
usted bien, diga lo que diga el termómetro, re- 
solví poner casa. ¡Nunca lo hiciera! jLo que me 
han hecho padecer esas malditas criadas! 

—A ver, cuénteme usted algo. Todo eso me di- 
vierte. 

— ¡Cómo se conoce que no las ha padecido 
usted I 

— Señora, ¿usted qué sabe? 

—Supongamos que me he quedado sin sirvien- 
ta. Pues bien: salgo á la calle, aviso al tendero de 
ultramarinos de la esquina, y al día siguiente es 
un tirar de la campanilla que me vuelve loca.— 
Llueven chicas que solicitan colocación.— Usted 
¿dónde ha servido? (Así empieza el interrogato- 
rio.)— ¿Yo?— responde la criada. — En casa del 
Marqués de Tal, calle Tal, número tantos.— ¿Pue- 
do ir á informarme?— Sí, señora: ¿por qué no?— 
Bien; y ¿por qué ha salido de esa casa?— Porque 
el señorito me hacía el amor. Además, la señora 
era muy pelma. — ¿Cuándo podrá usted venir?— 
Pues á las tres de la tarde. (Supongamos que son 
las diez de la mañana.) Tengo que ir á por el 
lío.— ¿Qué lío?— ¿Cuál ha de ser? El de mi ropa. 
—Y dan las tres y la criada no vuelve. Entre tan- 
to yo me he pasado la tarde en casa del Marqués, 
cuya señora me ha dicho todo lo conti*ario de lo 
que me contó la criada. 

— Mire usted— me decía la Marquesa:— á la Ma- 
nuela he tenido que echarla por ladrona y ena- 



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Il6 FRAY CANDIL 



raoradiz^ No podía mandarla á ningún recado, 
porque se tardaba tres ó cuatro horas. ¡Claro, si 
se pasaba el día charla que te charla en la calle con 
el novio! ¡Los novios, siempre los novios! De las 
cuentas no hablemos. Dos ó tres pesetas, por lo 
bajo, se echaba á diario en el bolso. 

—El pobre no puede ser honrado: lo dijo Cer- 
vantes años há, y no mentía. ¿Cómo quiere usted 
que unas mujeres sin educación^ sin sentido mo- 
ral muchas de ellas, ardientes como cabras las 
más, respeten lo ajeno y sirvan como se debe?— 
Conste que yo no las pido nada que no sea lo na- 
tural: que guisen de modo que se pueda comer; 
que sean limpias. Porque esa es otra. A guarras 
no las echan el pie adelante ni los mismos godos. 

—Pero, mujer, lávese usted esa cara, á chapuz, 
aunque sea. Lave usted ese refajo, que da grima. 
Huele usted á cola.— Ni por esas. Se levantan como 
se acuestan. Con las greñas alborotadas, los ojos 
legañosos y un pie calzado y el otro no, hacen el 
desayuno, del que suelen tomarse la mitad, echan- 
do agua á la otra mitad. En íin, le digo á usted... 
Pero aún falta lo mejor. 

Como casi todas son histéricas, hay días en que 
no se las puede dirigir la palabra, porque se dispa- 
ran como flechas. Entonces hay que oirías. ¡Qué 
carretero ni qué mozo de cordel! - La fuente Ci- 
beles ó algo así. ¿No es eso?— Y es que abusan. Si 
yo tuviese un hijo ó mi marido (que en paz des- 
canse) me viviese, otro gallo me cantara. 

Pero como soy sola (al llegar aquí la señora se 



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SOLFEO 117 

•enjuga unas lágrimas), claro, abusan* ¡Las inso- 
lencias que me han vomitado esas perdidas! Me 
han llamado pendón, casco, tía, ¡qué sé yo! 

¿Y cuando dicen á cantar? 

Se están todo el santo día con el ¡Pobre chica! 
y otros tangos callejeros. Si sale una de paseo, 
acto continuo se largan á la calle á picardear con 
el novio. De modo que si va una visita ó un reca- 
do urgente, como si no. Can la portera no hay 
que contar para nada. Como una ostra de su cas- 
cara, no sale del sótano. Además, padece de reú- 
ma y no puede subir escaleras. 

—Mujer, que se te ha olvidado echarle sal al co- 
cido. Mujer, que este cuchillo está sucio. Mujer, 
que este pan es de hace cuatro días.— A mí ¿qué 
me cuenta usted?— responde. — Dígaselo usted al 
panadero, que es quien le trae...— Y así, todo. 
Como todo lo cuentan, no hay vecino que no sepa 
si usted come poco ó mucho, si se acuesta usted 
tarde ó temprano, con otras imaginaciones de su 
cosecha. 

Lo peor del caso es que no hay á quien quejar- 
se. La ley está de parte de ellas. Una sirvienta 
puede dejar á una plantada cuando se la antoja, y 
una no tiene derecho á ponerla en la calle de no- 
che, por ejemplo. A la menor tontería amenazan 
con llamar á la pareja. ¡Figúrese usted qué con* 
flictol Prevalidas de eso, hacen mangas y capiro- 
tes de una. 

— Todo eso, señora, es muy de lamentar, y soy 
el primero á deplorarlo; pero ¿cómo quiere usted 



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Il8 FRAY CANDIL 



que sean los criados en un país donde gobierna 
Saga'sta y se convierte en Dios á un torero? Nada^ 
señora: tengamos paciencia, qpe no hay mal que 
dure cien años, ni cuerpo que le resista. 

—¡Valiente consuelo! 

—¿Qué quiere usted que le haga? ¿Quiere usted 
que entre á estacazo limpio con esas infelices, que 
ñuctúan entre las casas de lenocinio y el hospital» 
salvo excepciones? Cada país tiene los criados de 
servir que se merece. Y á los pies de usted. 



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PUSHKIN 



B han vertido recientemente del ruso al in- 
glés los cuentos de Pushkin. Esta traduc- 
ción se debe^ á no dudar, que diría Cáno- 
vas, al entusiasmo que despertaron en Inglaterra, 
no hace mucho, las obras de algunos de los me- 
jores novelistas rusos. 

Los que hayan leído á Tolstoy ó Tourguenef, 
no deben forjarse ilusiones respecto de las histo- 
rietas de Pushkin. Si Byron influyó —y no poco— 
en la poesía de Pushkin, no menos influjo ha ejer- 
cido en sus narraciones Walttr Scott y acaso 
Goldsmith. 

El más amplio y extenso de sus cuentos, La hi- 
ja del Capitán, que no ñgura en la colección in- 
glesa, tiene mucho parecido con Quentin Dur- 
wardy de Scott. 

Pushkin dista mucho de ser un psicólogo; no 
analiza, no diseca, con el escalpelo tormentoso de 
Tolstoy, fibra por fibra el alma de sus personajes. 
Pero no le comparemos con los modernos. Hable- 
mos de sus dos contemporáneos: de Gogol, el gran 
humorista, aquejado, según Lombroso, de incu- 
rabie psicosis, y de Lermontoff. 



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120 FRAY CANDIL 



Gogol, temperamento bouleversé^jsi les hubo, y 
tal vez por lo mismo, artista, no tardará en ser ele- 
vado á la categoría de clásico en sirpaís, á pesar 
de sus grandes defectos de cofnposición. 

Nicolás Gogol conocía al dedillo el medio ruso 
en que vivió, y sus bocetos de campesinos é in- 
dustriales entrañan tal verdad, que pestañean. 
Pero le pasó lo que á Pereda, sirva de ejemplo, 
que al querer pintar la compleja vida ciudadana, 
no dio pie con bola, como vulgarmente se dice. 
En este sentido, Gogol ni aventajó ni obscureció 
á Pushkin. 

Pereda, en cuanto paisajista, en cuanto narra- 
dor rural, no tiene boy por hoy, en España, quien 
le eche la zancadilla. En cambio— y vayase lo 
uno por lo otro— como novelista psicólogo y pin- 
tor de las costumbres del gran mundo --X^ verdad 
por delante — ^se equivoca lamentablemente. Lo 
que no se conoce no puede amarse,' y lo que no 
se ama no interesa. 

La poesía de Pushkin está muy por cima de la 
de Gogol. Por eso, con quien cabe compararle 
más exactamente es con Lermontoff, que fué, 
ante todo y sobre todo, poeta, aunque escribiese 
en prosa de higos á brevas. Los cuentos de Ler- 
montoff valen más, á mi juicio, que los de Push- 
kin. Resplandece en ellos cierta melancolía inde- 
finible que Pushkin no tuvo. 



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SOLFEO 121 . 

■» -r 

Uno de los.tuentos de Pushkin que más me 
gusta, no obstante la sen ciIlez-> estaba por decir 
pobreza— de su argumento, es el titulado The 
Postmaster {El administrador de Correos J. El 
asunto se reduce á lo siguiente: Un joven, oñcial 
de húsares, en un viaje por el imperio, se enamo- 
ra perdidamente de la hija del administrador de 
Correos, llamada Dunia. La seduce, concluyendo 
por robársela (en el supuesto de que haya quien 
pueda robarse á ninguna mujer si ella no se de> 
ja) en presencia de su padre. 

Este, con el alma hecha pedazos (la cosa no 
era para menos), corre en persecución de la amar- 
telada pareja hasta darla alcance en San Peters- 
burgo. Juzgando inútil invocar la ley— ¡digo, en 
Rusia! — contra un aristócrata, va ¿y qué hace? 
Pues volverse, como vino, á su pueblo, donde se 
entrega á la bebida que da al traste, al ñn y á la 
postre, con su amargada existencia. 

La hija, más tard^, pasa un día por el pueblo 
en un lujoso tren. Se detiene y reza sobre el se- 
pulcro de su padre. Voila tout. 

Lo hermoso de este cuento reside, no en el 
asunto» cuya falta de complicación he indicado, 
sino en la ejecución, en lo más intenso que de su 
personalidad pone el autor. 

La acción puede pasar en cualquier parte, por- 
que Pushkin no estudia el ambiente social en que 
respiran sus personajes. De fijo que Tourguenef, 
de quien tan amargamente se queja Daudet, les 
hubiera hecho moverse en el medio ruso. 



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122 FRAY CANDIL 



Esta ausencia, este olvido del color localy tie- 
ne, hasta cierto punto, justificación en Pushkin. 
Él vivió en una época en que la aristocracia rusa, 
muy preocupada con la literatura de la Europa 
occidental, afectaba no saber su propia lengua. 



El prólogo de la traductora vale muy poco. 
Nos cuenta que Pushkin murió trágicamente; pe- 
ro no dice cómo ni por qué. 

No debe colocarse á Pushkin entre los escri- 
tores eslavos de primer orden, sino entre los de 
segundo, por más que su muerte fuese consi- 
derada como un duelo nacional y ^^ ^^ ^^7^ ^^' 
vantado una estatua. 



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LA LÓGICA DE BALART 




ALART, aprovechando la coyuntura que 
le ofrece mi amigo Icaza, resuella por la 
herida. Por la herida que le produjo un 
artículo mío (i), en que me permití calificarle de 
crítico dogmático, á la antigua, y de escritor con- 
tradictorio. ¿Por qué se sulfura Balart? ¿He di- 
cho acaso una mentira? 

El Sr. Balart es místico en verso y presume de 
positivista, fin... de semana, en prosa, j Áteme us- 
ted esta mosca por el rabo! 

Balart llama al Sr. Icaza en un artículo escritor 
escrupuloso, honrado y culto, y en otro le tilda 
de comulgar con ruedas de molino, porque el 
Sr. Icaza me distingue con alabanzas que no me- 
rezco. El Sr. Balart trata de defenderse de la acu* 
sación de dogmático, y á renglón seguido escribe 
afirmaciones tan rotundas como la de decir que 
yo no he leído á Spencer y á Wundt, autores de 
cuya existencia se ha enterado de dbs años acá^ 
según propia confesión. ¿Qué sabe \1 dómine 
Cascarrabias de mis lecturas? 

(t) Véase mi libro Triquitraques, 



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114 l^AY C4NDIL 



Mucho antes de que Balart soñase en citar á 
Spencer y á Wundt, ya les tenía yo olvidados de 
puro leídos, y ahí están mis humildes obras que 
lo prueban. 



El Sr. Balart se me antoja una cómoda vieja 
recién barnizada. Mientras no se la mueve, tan 
campante, da su golpe; pero en cuanto se la to- 
ca, empieza á vomitar cucarachas y polillas. Es 
un escritor vetusto, de limitados horizontes inte- 
lectuales, de instrucción fragmentaria, que tiene 
dentro un dómine bilioso. El barniz científico 
con que no engaña ni á los tontos, le da cierto 
aire de modernista; pero no se ahonde en él, por- 
que surge de projito el escritor autoritario. No 
hay sino leer sus artículos sobre la crítica france- 
sa, de triste memoria. 



Lo que yo no me explico, sino por la pobreza 
de nuestra provinciana vida intelectual, es el pis- 
to que se da Balart. ¿Dónde está su historia lite- 
raria? ¿Qué obras ha escrito? ¿Acaso unos cuan- 
tos artículos de periódico, tormentosamente per- 
geñados en seis días, el tiempo que, según el mi- 
to bíblico, tardó Dios en crear el mundo, bastan 
para graduar de crítico ilustre á nadie? 

Comprendería semejante altivez en Menéndez 



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SOLFEO 125 



Pelayo y Valera que han escrito mucho y bueno. 
Pero ¿en Balart? 



.% 



Si yo imitase el sistema de modesta exhibición 
de D. Federico, le diría, ahuecando la voz: aNo 
soy un desconocido. La prensa española y la ex- 
tranjera me han favorecido consagrando un poco 
de atención á mis libre jos. 

De suerte que el Sr, Balar t no tiene por qué 
hablarme en ese tono despectivo ó despreciativo, 
como quiere Valbuena que se diga. En El Impar' 
cial, donde usted colabora hoy, he colaborado 
yo, merced á la franca invitación del Sr. Ortega 
Munilla. 

Las revistas francesas y norte-americanas de más 
fuste han hablado de mí espontáneamente, como 
puedo probar á quien lo dude. El poco nombre 
que tengo le he adquirido luchando, sin apoyo 
de nadie; al paso que la fama del Sr. Balart ha 
ido formándose pacificamente^ sin discusión, sin 
ataques, gracias á los elogios de amigos que le da- 
ban por muerto literariamente. 

Yo, Sr. Balart, tengo un título académico, aun- 
que me esté mal el decirlo, que si po supone sa- 
biduría, supone cierta educación intelectual, por 
lo menos.» 

¡A lo que tiene uno que descender en ciertos 
casos! Pero si el Sr. Balart no hubiese contestado 
con la más agria descortesía al respeto con que le 
traté en el artículo que ha revuelto su bilis y su- 



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126 WRA,Y CANDIL 



blevado sus nervios, á buen seguro de que hubie* 
ra sacado yo á relucir estas personalidades, tan del 
gusto de Doña Emilia. 

Veamos ahora, con los autos en 1^ mano, de 
parte de quién está la razón. 

Sostuve, y sostengo, que Balart era y es partida- 
rio, mal que le pese, del arte docente, porque pide 
á la obra artística fines ajenos á la belleza misma. 

Copiemos textualmente sus palabras: 

t Yo juzgo de la obra artística como los místicos 
juzgan de la oración: por sus efectos. Si me in* 
funde nobles sentimientos, si me inspira valien» 
tes resoluciones^ si me eleva el ánimo y me forta- 
lece el CQrajón^ si me alienta á luchar honrada- 
mente con las dificultades de la vida y á sufrir sin 
flaqueza los rigores de la fortuna, por buena la 
tengo; si me produce los efectos contrarios, la 
declaro mala sin temor de equivocarme. Y eso, 
no sólo en nombre de la moral, sino también en 
nombre del arte: el sentimiento estético deja de 
ser perfecto desde el momento en que no nos 
lleva á 4in estado final de serenidad, de reconci- 
liación y de paz con Dios, con el mundo y con 
nosotros mismos. t 

El arte, D. Federico, tiene un fin educador, se- 
cundario, que no niego; pero no es un fin ético, 
sino más bien intelectual. Sabido es que la educa- 
ción moral influye^poco ó nada en ciertos indiri- 



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SOLFEO 127 

dúos, y ahí están los pedagogos modernos que no 
me dejarán mentir. 

Según la teoría de Balart, lo cómico, lo grotef- 
co, no son artísticos, porque ni nos ponen bien 
con Dios ni con nosotros mismos. Las mejores 
obras para D. Federico, según su modo de enten- 
der la estética, serán aquéllas que, como las Pe- 
queneces del P. Coloma, se proponen edificar de- 
leitando. Entre Las Tardes de la Granja y Ma- 
dame Bovary^ la elección para Balart no es du- 
dosa. Buena pro le haga. 

Y agrega D. Federico: 

cEn eso se funda el crítico de autos para su- 
poner á' renglón seguido que, según mi doctrina, 
ctoda obra que no inspire nobles sentimientos, 
eleve el ánimo y fortalezca el corazón, es mala.» 

Para comprender que no he dicho tal cosa, 
basta comparar mi afirmación con la que se me 
atribuye.» 

El Sr. Balart tiene perturbada la memoria. ¿No 
dice él mismo que toda obra que no eleve el áni- 
mo^ fortalefca el corazón y aliente á luchar es 
mala? Pues yo no he hecho más que transcribir sus 
palabras. Ni siquiera he deducido. He copiado. 

Por otra parte, el Sr Balart ignora que en toda 
afirmación va implícita una negación, y á la in- 
versa. ¿Afirmo que es de día? Pues niego que sea 
de noche. Y no hay que darle vueltas. 

Dé suerte que, aunque Balart no hubiera dicho 
que toda obra que no eleve el corazón es mala, 
yo, en virtud de aquella ley, pude deducirlo. Si 



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128 PRAY CANDIL 



para él sólo son buenas las obras que nos ponen 
bien con Dios, todas aquéllas en que esto no se 
cumpla, son malas. 

Vemos aquí que quien no sabe distinguieses 
Balart. 

Pero sigamos. Dicho señor se asombra de que 
yo, á pesar de ser evolucionista, haya condenado 
sus teorías en nombre de ¡a estética contempo* 
ranea; y con tal motivo, me cita párrafos de 
Wundt y Spencer que, según mi contradictor, 
vienen en apoyo de su tesiSy ó lo que sea. 

Aparte de que el ser yo evolucionista no argu- 
ye que haya de seguir al pie de la letra cuanto 
afirman aquellos filósofos, ni Wundt ni Spencer 
sostienen en parte alguna que el arte tenga por 
fin consolar ni inspirar valientes resoluciones^ ni 
concillarnos con Dios. Si aluden á sentimientos 
religiosos, en modo alguno pueden interpretarse 
sus palabras en el sentido de religión dogmática, 
sino en un sentido más lato. Religión (ó religiosi- 
dad, mejor dicho), para Spencer no puede signi- 
ficar lo que significa para Balart, místico á lo 
Santa Teresa. ¿Cómo ha de significar eso, si Spen- 
cer no cree en la espiritualidad del alma humana 
ni en la vida futura? 

Religión, para él como para Wundt, es algo 
más grande, despojado de todo antropomorfismo^ 
de todo sabor dogmático y ritual. 

A las ideas que de Spencer y Wundt traduce 
Balart, puedo yo oponer otras en probanza de mi 
aserto. Echemos una ojeada sobre las teorías es* 



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SOLFEO 129 

téticas de ambos filósofos, y se verá por modo in- 
contestable que Balart no las ha entendido. 

Me figuro lo que ha pasado. Balart abrió á Spen- 
cer y á Wundt por cualquier parte, y, sin haber 
leído lo que antecedía, copió las ideas con las 
cuales ha pretendido confundirme. 

Después de discurrir Spencer sobre el carácter 
estético de las Sensaciones del gusto, que pueden 
ser muy agradables y, sin embargo, no despertar 
la idea de lo bello, discurre acerca de los placeres 
del olfato, que están más distantes que los del 
gusto de los órganos que desempeñan una fun- 
ción necesaria para la vida. 

Un perfume delicioso nos da una emoción es- 
tética de una especie distinta. Puede despertar en 
nosotros toda una serie de asociaciones. 

En las sensaciones de color— añade Spencer— 
que distan aún más de la función del órgano, el 
elemento estético es más preciso. (Pág. 667, to* 
mo II, Principes de Psychologie, por Herbert 
Spencer: París, 1874.) 

lEl poder de percibir— continúa —y distinguir 
los sonidos nos ayuda, desde luego, á adaptar 
nuestros actos á las circunstancias; pero hay soni- 
dos (fíjese Balart) que no nos interesan hasta el 
punto de modificar nuestra conducta cuando los 
oímos.» (Pág. 668.) 

Nada tan lejos de la teoría docente del Sr. Ba- 
lart. El caiácter estético se acentúa á medida que 
se aleja de la función del órgano, es decir« á me« 
dida que es más desinteresadOé 



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130 FRAY CANDIL 



cYo no quiero decir — continúa Spencer— que 
desde que una facultad sensitiva extiende su esfe- 
ra de acción á la esfera de las aplicaciones úiiles, 
las sensaciones producidas por el ejercicio supér- 
fluo tengan necesariamente carácter estético»! 

Por lo visto, Spencer no está de acuerdo con 
Balart. 

Pero sigamos oyendo al sabio autor de La edu- 
cación intelectual^ moral y J{ sica: 

cLos motivos y los actos que se refieren á la ad- 
quisición (como el amor, por ejemplo), tienen de 
antemano una ventaja ulterior.! 

cEl concepto de lo bello es distinto del concep- 
to de lo bueno.» 

¿Lo quiere más claro D. Federico? ¿Dónde es- 
tá la concordancia entre esta doctrina y la del se- 
ñor Balart, que exige del arte que dignifique, que 
consuele, que nos ponga bien con Dios? 

Y concluyo con Spencer, á quien no he leído, 
al decir de mi contradictor: 

cEn la concepción de una cosa bella, grande, 
noble, la conciencia no está ocupada, distinta ó 
vagamente, por la idea (escuche el Sr. Balart) de 
una ventaja ulterior^ sino por icl objeto mismo, 
en tanto que es fuente de placer.» (Pág. 670» to- 
mo IL) 



El Sr. Balart confunde lastimosamente el placer 
estético sentimental con las demás clases de pla- 



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SOLFEO 131 

ceres estéticos de que habla Mario Pilo en su Fi- 
tética psicológica (Milán, 1892). Pero no amon- 
tonemos las ideas. Más adelante seguiremos vien- 
do que la estética del Sr. Balart es una estética 
fósil. 

Luego de copiar unas fiases de Guillermo 
Wundt, agrega Balart, frotándose las manos de 
gusto: 

tSacamos, pues, en limpio que Wundt, como 
Spencer (y no digo como yo por no meterme en 
docena con personajes de tanto bulto), juzgan la 
obra artística «por sus efectos,» los cuales depen- 
den de su contenido, que, si es como debe ser, 
cinñuye en nosotros ennobleciéndonos » 

fYa ve el crítico evolucionista (j...!) que su ex- 
comunión me coge bien acompañado.» * 

En otra parte, y sobre el mismo asunto, escri- 
be ese Wundt que*tan trastornado tiene al señor 
Balart: 

«El mismo objeto es susceptible de despertar, en 
personas distintas, pensamientos múltiples.» 

Pues si un objeto no sugiere los miamos esta- 
dos de conciencia á todos los individuos, claro 
está que ennoblecerá á unos y rebajará á otros, 
ó ninguna de ambas cosas. De donde se colige que 
Wundt no ha podido decir, ni ha dicho, que el ñn 
del arte sea elevar el ánimoy como si el arte fuese 
un ascensor, ó algo asi. 
Continúa Wundt: 

cEl espíritu del individuo, educado estéticamen- 
te, combinará, ya con esta idea, ya con la otra, un 



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13» FRAY CANDIL 



objeto dado, porque la intuición asigna solamen* 
te á nuestros pensamientos su dirección general^ 
pero deja perfectamente libre su transformación 
particular, n 

(Eléments de Fsychologie physiologiquey por 
W. Wundt, tomo II, págs. 2i4y 215.) 

Es decir, que la obra de arte, según aquél que 
la contemple, despertará emociones distintas que^ 
en modo alguno, pueden reducirse á ese estado 
bea tinco que pide mi contradictor. La impresión 
recibida sa transforma libremente^ originando una 
serie de asociaciones diversas, que pueden ser ale* 
gres ó tristes, según el temperamento y el estado 
de ánimo del sujeto. Por otra parte, no hay que 
olvidar un elemento importantísimo, sin el cual 
no cabe emoción estética: el estado de los órga* 
nos. Supongamos un individuo, aquejado de un 
profundo dolor neurálgico, asistiendo á la repre- 
sentación de un drama. ¿Qué sucederá? Que su- 
gestionado por la idea de la pena que le abate, no 
verá el drama como se debe; de modo que la emo- 
ción estética que en él despierte, si la despierta, 
será una emoción fragmentaria^ irregular y con- 
fusa. 



Diga ahora el lector si tiene razón de ser el pá- 
rrafo de Balart que copio: 

f Yo no sé si hay otro Wundt y otro Spencer dis» 
tintos de los que yo tengo estudiados; pero de no 



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SOLFEO I 33 

haberlos, el crítico evolucionista que, vendiéndo- 
le por discípulo de ellos, me condena en nombre 
4e la estética contemporáneay ó no los conoce ni 
por el forro, ó ha leído sus obras con la misma 
atención y el mismo provecho que mis pobres es- 
critos.» 

Distingamos, Sr. Balart: sus pobres escritos de 
usted les he leído sin ningún provecho, porque no 
me han enseñado nada. De los de Wundt y Spen- 
cer... es harina de otro costal. 

* 
% * 

En nombre de la estética contemporánea com- 
batí su teoría del arte docente, y me ratifico. 

Guyau, un psicólogo muy citado entre noso- 
tros y que no es positivista, en su mejor libro, á 
mi ver, escribe lo siguiente: 

tLo útil puede constituir algunas veces en los 
objetos un primer grado de belleza muy inferior; 
pero lo útil no es bello sino á condición de no 
oponerse á lo agradable. 

l^o agradable y lo bello pueden siempre subsistir 
independientemente de lo útil.» 

(Uart au point de vue sociologiquCy por M. Gu- 
yau: París, 1889.) 

Lo bello, para Pilo, es lo que gusta, lo que gus- 
ta en primer lugar á los sentidos, después al sen- 
timiento, á la inteligencia y á la idealidad. 



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134 FRAY CANDIL 



. Lo bello es cosa relativa, subordinada á la sen> 
sibilidad, á la razón, al ideal, en que entran por 
mucho la herencia, la constitución propia y Ios- 
influjos del medio exterior. 

A causa de estas fuerzas internas y externas, las 
especies artísticas, como las especies biológicas^ 
progresan ó decaen, se aclimatan ó sucumben. La 
misma ley que rige en la naturaleza, rige en el ar- 
te: renovarse ó morir. 

Los individuos y las especies que se renuevan 
oportunamente, son los únicos que sobreviven. 

Estas ideas de Mario Pilo, que nada tienen de 
originales porque ya Siendhal y otros se expresa- 
ban en análogo sentido, son las que dominan hoy 
en el arte. 

El Sr. Balart, que presume de positivista, las 
confunde y trabuca. No ve en el arte sino una 
especie de terapéutica sugestiva. 

Ño se fíja más que en el elemento ético, al 
cual no cierro las puertas; pero á condición, como 
opina Guyáu, de que no se oponga á lo bello. 

¡Pobre literatura contemporánea, á lo que ven- 
dría á quedar reducida si se la juzgase con el cri- 
terio del Sr. Balartl 



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BATURRILLO 




STABA yo leyendo— leer es— las Perrer/<ts 
' de Urrecha, «1 nunca bastante silbado au- 
tor de Genoveva, cuando me anunciaron 
la visita de un Sr. Redel ó Redil, poeta cordobés, 
paisano y hermano en ermitas de Grilo. — Que 
pase el Sr. Redil.— Yo soy...— ¿El hombre de la 
montaña? — No, señor: Enrique Redel, autor de 
los Ecos de ios vigilias.—lABl debe de oler eso.— 
Aquí le* traigo un ejemplar... para que me pegue 
usted un palo. Yo lo que no quiero es que se me 
forme el Vítc/o.— Bueno, Sr. Redil, será usted... 
apaleado. 



Dejé los Ecos de las vigilias sobre la mesa pa- 
ra cuando estuviese desvelado y continué pade- 
ciendo al soporífero cronista de El Imparcial, 

La literatura zoológica está de moda. No hace 
mucho que el Sr. Matoses nos hablaba del pavo* 



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136 FRAY CANDIL 



Ayer el Sr. López Valdemoro nos contaba la vi- 
da y milagros de las gallinas; hoy el Sr. Urrecha 
nos enternece con sus amores caninos. 

El Sr. Urrecha— él mismo lo dice— no puede 
ver perro huérfano y hambriento, sin que se sien- 
ta movido de llevársele á su casa. Es el San Vi- 
cente de Paul de los perros callejeros. 

Según Fígaro, el perro y la trapera se odian. 
Al Sr. Urrecha le pasa lo contrario con los canes. 
En seguida se entienden (textual). 

Oigamos al propio cronista: ce El aventurero pe- 
rro (el perro aventurero, para otra vez, Sr. Urre- 
cha] ha olfateado en mí un bienhechor de oca- 
sión...» — A ese paso, puede que llegue día en que 
los perros se permitan hacer alguna gracia en los 
pantalones del Sr. Urrecha, porque ya se sabe: el 
perro raras veces huele sin levantar la pata... 

Lo que yo no me explico es cómo el Sr. Urre- 
cha puede dar de comer á media noche, en el por- 
tal de su casa, á los perros que recoge. Acaso el 
Sr. Urrecha tenga en la portería algún caldero 
con rancho. Tal vez el Sr. Urrecha lleve la me- 
rienda en el bolsillo. 

—¿Qué llevas ahí que tan mal huele? ¿Els al- 
gún artículo?— No — dirá Urrecha. — Es bazofía 
para los perros. 



Ya lo saben los perros; al Sr. Urrecha le basta 
que le miren ustedes con mansedumbre, para que 



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SOLFEO 137 

él, todo conmovido, y sentándose á la turca en 
pleno arroyo, saque del bolsillo de la americana 
un mendrugo... 

El Sr. Urrecha debe pertenecer de hoy más á la 
Sociedad Protectora de Animales, en calidad de 
protector y... protegido. 



El Sr. Redil es un Urrecha en verso. Si no, 
veamos: 

«Por tí las pobres mujeres 
de la Palestina lloran; 
en tomo tuyo suspiran 
las golimdrinas canoras ^fi 

Permítame usted, Sr. Redil: las golondrinas ni 
suspiran ni cantan, salvo mejor parecen 

A un mal poeta titula el Sr. Redil otra de sus 
poesías, y empieza: 

^Qu¿ dices tú, poetastro?... 

Eso mismo pregunto yo. Tiene la palabra el 
Sr. Redil para rectificar. 
Un nuevo metro, inventado por el Sr. Redil: 

cosientes el aire que viene 
á tu reja á acariciarte? 
iSi?... Pues cállate. 



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138 FRAY CANDIL 



Puede que pronto se vaya 
(9H la múska á otra partt; 
mientras... cállate.)» 



¿Por qué no sigue el poeta su propio consejo? 
¿Por qué no se calla y se ya con la música á otra 
parte? Es lo mejor que pued^ hacer. Y es cuanto 
tengo que decirle. 

Pero si quiere seguir haciendo malos versos, 
por mí que los haga. Después de todo, suelen ser 
productivos. Que lo diga, si no, Grilo, poeta de 
la real casa, como ingeniosamente le llamó Ara- 
més. 



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AL DÓMINE CASCARRABIAS » 




A modestia del dómine Cascarrabias se 
parece al areísmo de aquél que exclama» 
ba:— lYo, gracias á Dios, soy ateo.i 

No basta decir: soy modesto; hay que probar- 
lo como probaba Diógenes el movimiento. Si el 
dómine lo fuese, no se subiría á la parra porque 
le tildo de no saber de la misa la media en punto 
á lógica. 

La modestia de muchos corre pareja con la del 
personaje aquél del Gil Blas de Santtllana. )Y 
yo que me figuro que la modestia es una de tan- 
tas mentiras convencionales con que en vano pre- 
tendemos engañarnos los unos á los otros! 

Créame el dómine Cascarrabias, digno émulo 
del dómine Zancas-largas, del P. Isla: ni él ni yo^ 
ó ni yo ni él, somos modestos, ni falta. 

Prueba de ello es que el dómine finge desde- 
ñarme, lo que no impide que me consagre dos 
columnas de prosa, que huele á puchero de en- 
fermo, porque me río de sus teorías estéticas. 

(x) Léue F«dorico Balart. 



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140 FRAY CANDIL 



Si fuese modesto me habría replicado con man- 
sedumbre, como enseña Cristo, que tampoco lo 
fué, según se desprende de aquellas palabras su- 
yas: cEi que ame á su padre y á su madre más 
que á mí, no es digno de mí.» (Para más porme- 
nores léase Vuomo di genio , de Lombroso, allá 
por la página 86, si no me equivoco.) 



Para el dómine Cascarrabias sátira y escándalo 
son sinónimos, por lo visto. 

¡Motejarme de escandaloso, á mí, que nunca 
tuve que ver con la policía, que ignoro hacia dón- 
de cae el Gobierno civill 

Escandaloso, porque digo las del barquero al 
más pintado siempre que lo juzgo conveniente, 
porque no me retracto de lo que escribo, porque 
contesto á la soberbia... con la soberbia, y irte 
burlo de las ridiculeces sociales y literarias... 

Si á eso vamos, escandaloso fué in diebus illis 
el dómine Cascarrabias; tan escandaloso, que tu- 
vo que retirarse á la vida privada á consecuencia 
de no sé qué percance traumático... Cosa que no 
censuro, porque la juzgo digna. 



El dómine Cascarrabias, no cabe negarlo, es 
una víctima de la neurosis. No necesito recurrir á 
Schüle, ni á Max-Simon, ni á Charcot, ni á Mo- 



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SOLFEO 141 

rel^ ni á Nordau, ni á otros, que me están miran- 
do desde mi armario de libros, como diciéndome: 
— fAqilí nos tienes: hojéanos y menudo caudal 
de datos el que te ofrecemos para que demues* 
tres que Balart es un caso de psiquiatría. Esa va- 
riabilidad del yo de que habla al decir que en 
verso piensa y siente de un modo, y en prosa de 
otro (quipotest capere^ capiatj; esa irritabilidad 
enfermiza que corre por todo su artículo como un 
escalofrío; esa terquedad, rayana en la idea fíja^ 
con que pretende defender lo que no tiene atade* 
ro, terquedad que nada tiene que ver con la con- 
vicción; esa infidelidad de reproducción en los 
procesos intelectuales; esa misticomanía cómi» 
ca... están diciendo á voces que el dómine Cas- 
carrabias padece una perturbación cerebral, una 
psicosis.! 

El misticismo— discurre Nordau--es un sínto* 
ma de la histeria. Y aunque el dómine jure y per* 
jure que no es místico— ningún loco declara que 
está loco— sus versos, en que canta al Ángel pU'^ 
ro de su guarday evidencian lo contrario. 

En el místico— añade Nordau— los nervios de 
la médula y del simpático funcionan mal. De mo* 
do que su vida representativa está falseada W, 

El místico no ve las cosas como son, sino coma 

(1) Véate L« DigtneraciÓHt de II* Nordaui 



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143 FRAY CANDIL 



élsupone que son. Por donde que la vida ideal se 
le antoje un silforama de visiones ultraterrestres. 

Al pretender reproducir mentalmente la sensa- 
ción, la reproduce, pero desfigura nd ola. 

Una cosa son los estados de tristeza del espíritu 
reflexivo ante el misterio universal que nos en- 
vuelve, y otra el pesimismo angustioso, histérico, 
del místico, que por una autosugestión cree es- 
tar en relaciones íntimas con un Dios que no co- 
noce. 



El dómine parece haber leído á Spencer, pero 
sin entenderle. No de otro modo se explica que 
afirme que el filósofo inglés admite la existencia 
de Dios. ¿Dónde? En ninguna parte. 

Precisamente en sus Primeros principios, des- 
pués de un análisis profundo acerca de la religión 
y la ciencia, concluye diciendo: cRigurosamente 
analizados el ateísmo, el panteísmo y el teísmo, 
son igualmente inconcebibles. {Los Primeros prin- 
cipios, por Spencer, pág. 35, traducción de J. H. 
Irueste.) 

¿Cómo ha de admitir Spencer la existencia de 
Dios, si empieza por sostener que todo conoci- 
miento es relativo; si tira una línea divisoria en- 
tre lo incognoscible, lo de tejas arriba, como si di- 
jéramos, y el mundo que nos rodea? 

No cabe discutir con un hombre que lo en- 
tiende todo al revés; que lee los libros á medias y 
se agarra á una. frase, á un párrafo, que aislados 



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SOLFEO 143 

-. c 

quieren decir mucho, pero que en relación con 
lo demás nada signiñcan. 

El propio dómine lo ha dicho: 

«Si hay algo fácil en el mundo es adulterar el 
pensamiento de un hombre citando sus propias 
palabras: para ello basta escoger unas cuantas, ya 
con tino exquisito, ya con sobrada ligereza, y ais- 
larlas de todo cuanto las completa y modiñca. Sa* 
bido es que, por ese procedimiento, la mitad del 
Credo resulta mentira.» 

El procedimiento que censura, y que trae á la 
memoria aquello de: 

«Ya te comen, ya te comen, 
por do más pecado habias,» 

es el que ha aplicado á Wundt y Spencer. 

Aconsejo á mi contradictor que lea á todo 
Wundt, á todo Spencer, y puede que se conven- 
za algún día de que en esta polémica ha desba- 
rrado lastimosamente. 



Respecto de su teorfa— no únenos chistosa que 
su teoría estética —de que en verso se puede ser 
místico y en prosa positivista, me concreto so- 
lamente á recordarle una anécdota relativa al filó- 
sofo Pedro Pomponat. 

Cuéntase que Bocalini, sorprendido de que 
Pomponat sostuviese que lo que no admitía co- 



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144 FRAY CANDIL 



mo filósofo lo creía como cristiano, hubo de de- 
cir: cEs preciso absolver á Pompoaat como cris- 
tiano y quemarle como fíiósoio.i 

Y basta de tiquis-miquis estético -filosóficos, 
que el calor que está haciendo, más que á dispu- 
tas, convida á sumergirse en el mar, mi amigo, mi 
verdadero amigo de toda la vida... 



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ornitología de corral 




L Sr. López Valdemoro, muy conocido en 

•su casa, publica en la Crónica del Sport 

un artículo de ornitología de corral. El 

Sr. Pinto Valdemoro, digo, López, viene á ser en 

la Crónica del Sport una especie 



9lDí fidedigno padre Valdecebro 
que en discurrir historias de animales 
se calentó el cerebro, 
pintándolos con pelos y sefiales.i 

El Sr. López hace hablar... á los animales. A 
las aves de corral, principalmente. Convengamos 
en que no tiene el ingenio de Esopo ó de Iriar- 
te, y cuenta que el Sr. López Valdemoro presume 
de gracioso. Puede que las gallinas, cuyas alaban- 
zas canta el Sr. López, se desternillen, ó mejor, 
se desplumen de risa. La exclamación del ilustre 
Brehm— ¡Protejamos á las ¿tv«5/ — parece ser el 
lema del.Sr. Valdemoro. El amor que profesa á 
las gallinas, cuyo cloqueo imita gráñcamente» 

lO 



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146 FRAY CÜNDIL 



como se verá más adelante, así que entremos en 
el gallinero, pone de manifiesto su alto sentido 
moral. El Sr. Pinto Valdemoro es un altruista. 

En sentir de Lombroso y de Saury, el amor á 
los animales es un síntoma de locura. Garófalo, 
por el contrario, discurre que la simpatía p>or los 
animales es privativa sólo de los organismos deli- 
cados, no en la significación de enfermizos, no, 
sino de finos y sensibles. Pero una cosa es el amor, 
y otra, la simpatía. Lo que en rigor considera 
Lombroso como locura es la pasión, el cariño in- 
tenso, morboso, que experimentan algunos indi- 
viduos por determinados animaluchos. Vaya us- 
ted ahora á averiguar de parte de quién está la ra- 
zón: de parte de Lombroso ó de Garófalo. 



El Sr. Valdemoro promete escribir algo nuevo 
acerca de la gallina^ tan pronto como tenga di- 
nero. O como él mismo dice, con sinceridad que 
le honra: tan pronto como consiga verme libre de 
las telarañas que tapizan mi bolsillo. Pero no 
olvidar que el Sr. López se las echa de humoris- 
ta. Puede que todo sea pura broma: lo de escri- 
bir algo nuevo y lo de tener los bolsillos llenos de 
telarañas. 

Crimen del hombre mal nacido^ llama el señor 
Valdemoro á la ingratitud. La ingratitud, señor 



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SOLFEO 147 

Valdemoro, es cuestión de temperamento. Se na- 
ce ingrato ó agradecido. De modo que no hay que 
enfadarse. ¿Qué culpa tiene el ingrato de serlo? 
Nació ingrato— problema obscuro de psicología- 
como pudo nacer ciego ó sordo. De padres enfer- 
mos nacen los degenerados, y lo característico del 
degenerado es la ausencia del sentido moral. 

Aún escribe el Sr. Pinto Valdemoro sentencias 
más profundas: 

—«Lo dije en otra ocasión (el Sr. López se ci- 
ta, á ñn de que no le olviden): no sería aventura- 
do afirmar que sin huevos y sin pollos no hayco^ 
ciña posible, To 

Ni gallinas, Sr. Valdemoro. Porque la gallina 
sale del huevo y el huevo de la gallina. 

Veamos ahora cómo interpreta el Sr. López el 
lenguaje del gallinero (así titula su artículo de 
cresta y pluma, ó de padre y muy señor mío, tan- 
to monta). 

«El gallo expresa con el canto la sorpresa: 

—¡Co-co cococóh 

Muy bien, Sr. Valdemoro. Parece usted un ga- 
llo, y un gallo poeta, por aquello de que expresa 
la sorpresa, 

Y sigue el Sr. Valdemoro revelándonos ono- 
matópicamente la vida anímica del gallo: — aEl 
dolor: ¡Cuaque. cuaquel^La. incertidumbre: 
¡Co-O'O-queh 



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1^8 FRAY CANDIL 



No cabe negarlo: el Sr. López es todo un psi- 
cólogo. Eso de averiguar que el gallo muestra in- 
certidumbre cuando canta: ¡Co-cho-quel lo está 
diciendo á voces. 

Sabíamos que los monos— según un explorador 
inglés— tienen su lenguaje especial. Sabíamos que 
un tal Apolonio entendía el idioma de los pájaros. 
Sabíamos que los loros son monos alados, según 
Brehm. Lo que ignorábamos es lo que el Sr. Ló- 
pez ha descubierto: que el gallo expresa la incer- 
tidumbre cantando: ¡Co-o-o-que! Es mucho orni- 
tólogo el Sr. López. 

¿Qué se ñguran ustedes que significa ¡Cara' 
coa,,, caracacoa!?-^Pues vale tanto como decir, 
según el Sr. López: tVen, ingrata, que muero de 
amores. ¡Apaga la sed rabiosa que me consume, 
caracacoa!9 --Apaga^ sí, apaga y vamonos. 

Y sigue el Sr. Valdemoro: 

€jCaracoa! — ¡Ya es mía, coquetuela! ¡Te pes- 
qué! (Habla el galio.) 

— Me pescó— contesta la gallina— co-co-Í£5-co- 
codes, ¡No me deshagas el peinado! ¡Qué bruto! 
¡Qué pico tiene! f 

¡Una gallina hablando de peinado! Tiene gra- 
cia. Aludirá el Sr. López tal vez á alguna gallina 
moñuda. 

Y basta de ornitología de corral. 



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^"^5g5"T3Cg~^!«5^l!5ftS"iaC5"^ ge5= 



MORALICEMOS 




ENUDA bronca la que se armó anoche en 
Price, con motivo de haber prohibido 
la autoridad que bailase la Bella Chi- 
quita! 

La sociedad de Padres de Familia, que deben 
de ser viudos desconsolados con veinte duros al 
mes, funciona que se las pela. Donde hay una pan- 
torrilla al aire ó unas nalgas que se menean, allí 
están ellos, sábana en mano^ para evitar que la 
juventud se corrompa. |0h, la moral! 

Esos padres de familia deben de ser tespías de 
los paraguayos,! quiero decir, que deben de estar 
subvencionados por el clero. Porque no de otro 
modo se explica que se metan á reformar el mun- 
do sin más ni más. Cualquier día llevan á los Tri- 
bunales los recipientes urinarios. Porque, ¡cuida- 
do si verán cosas! 

El público demostró anoche su desacuerdo con 
la medida tomada por el señor Gobernador que 



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I5Ú FRAY CANDIL 



en este caso se ha puesto á la altura del de Ramos 
Carrión y Vital Aza. 

El público paga por ver el reculipandeo, que 
dicen en Cuba, de la Bella Chiquita. A esos mo- 
ralistas del tiempo de la ruda, ¿qué les importa? 
¿Son ellos acaso los que se menean? 

¡Cuánto mejor no sería que persiguiesen á las 
felatrices que se pasean de noche, asaltando al 
transeúnte, por la calle de Peligros é islas adya- 
centes! 

Ese sí que es un espectáculo repugnante. Mu- 
jeres jóvenes, prematuramente envejecidas por el 
vicio, con las caras embadurnadas de pintura y de 
polvos de arroz, que azotan la calle, zarandeando 
las ancas cínicamente y murmurando al oído del 
que pasa proposiciones que atentan contra la pro- 
pagación déla especie... 

¡Ah! Pero esas pagan contribución y además son 
un mal necesario. No lo niego; pero ¿qué necesi- 
dad tiene uno de toparlas en la calle? ^Por qué 
se le han de meter por las narices, quieras que 
no, cuando va uno tranquilamente camino de su 
casa? 

Cuenta que yo no me alarmo de nada; pero el 
vicio sin estética, francamente, me revuelve el es- 
tómago. 

El amor hermoso que huele bien, es muy gra- 
to; el amor enclenque, enfermizo, que huele á 
ácido fénico que apesta, repugna. 

¿Qué tiene de inmoral ver el serpenteo de unas 
caderas gallardamente modeladas? ¿No estamos 



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SOLFEO 151 

hartos de ver bailar el can-can? ¿No lo estamos 
también de ver mujeres escotadas en el Real y 
pantorrillas al aire, sobre todo, .cuando llueve? 
¿Por qué esa obstinación en calificar de nefando 
lo que no lo es? Los grieisos, hombres y mujeres, 
andaban medio desnudos, y difícilmente se en* 
contrará pueblo más robusto y sano. 

Esos padres de familia— lo repito— deben de ser 
viudos desconsolados, con impedimentos dirimen- 
tes, que lloran la nostalgia de lo perdido. 



Cuando una sociedad da en alarmarse por cosa 
de tan poco fuste, malo. Es que la podredumbre 
del fondo sube á la superficie. La hipocresía sue> 
le ser el vicio vestido de luto. 

Nada tan triste— escribe Maupassant en Une vie 
— para la vejez como asomarse á su juventud. La 
vejez no tiene, como ciertas leyes, efecto retroac- 
tivo. Ni las inyecciones de Brown-Séquard pue- 
den rejuvenecer á quien la edad arrastra hacia el 
sepulcro. Fausto no pasa de ser una leyenda. 

Si la famosa bailarina fuese una mujer fea, por 
de contado que los padres de familia no la harían 
comparecer ante los Tribunales. Hay una especie 
de moralidad que arranca de la envidia. Yo sé de 
mujeres honradas que odian de muerte á muchas 
eocottes porque son hermosas. Estoy en el secreto. 

La belleza y la virtud raras veces andan juntas. 
Generalmente se llama virtuosa á la mujer /r/«, 



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152 FRAY CANDIL 



i 

á la que no se consagra á ningún hombre, ó á la 
que se consagra, mediante la mtervención de un 
cura, á uno soLo. Poco importa que sea un vivero 
de ruines pasiones, con tal que no se la pegue á 
su marido. En cambio, la que nació ardiente y 
por azares del destino, ó lo que sea, se rinde á va- 
rios hombres, será objeto de la reprobación so- 
cial, sin que la ternura de su alma y la alteza de 
su entendimiento sirvan de circunstancias ate- 
nuantes para dulcificar el fallo de la opinión in- 
dignada (!!). 

Vivimos dos vidas: una interior, de puertas 
adentro, llena de mezquindades é injusticias, y 
otra exterior, la que paseamos por las calles, de 
fingidos respetos y cóleras aparentes. 

Id de hogar en hogar, y os convenceréis de que 
el Diputado que truena en la Cámara contra la 
jnala administración; de que el Juez que pide, en 
nombre de una ley que él no respeta, la pena de 
muerte ó la de cadena para el infeliz que delinquió 
bajo el influjo de una pasión violenta, producto 
del organismo, de la exaltación del momento, son 
unos tiranuelos domésticos que no tienen para la 
esposa resignada sino engaños y ofensas y hasta 
golpes, y para los hijos criminal desvío ó toleran- 
cia indiferente. La sociedad no castiga estos pC" 
quenas delitos porque no habría cárceles donde 
alojar á tanto picaro. 



* 



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SOLFEO 153 

La moral que no va unida á la higiene, ¿de qué 
sinre? ¿Por qué esa sociedad de Catones /our rire 
no vigila la prostitución ambulante no inscripta 
en el Gobierno civil? 

Esa prostitución origina más daños á la comu- 
nidad que la misma peste, ¡(juántos infelices no 
andan por ahí, comidos por el virus venenoso, que 
se casan y tienen hijos, verdaderas caricaturas de 
la especie I Un pueblo de degenerados no va á nin- 
guna parte, como no sea al hospital, porque el 
degenerado, según Magnan, pertenece á la fami- 
lia de los idiotas. A esa degeneración hay que atri- 
buir — y no á la falta de creencias y otras antigua- 
llas al símil— la inopia de caracteres, el eclipse del 
sentido moral, la indolencia para el trabajo, el des- 
amor de la familia y de la patria. No se es patrio- 
ta dando gritos, sino poniendo todas las energías 
personales al servicio del engrandecimiento del 
suelo en que se nace. 

Moralicemos... la administración (cualquier 
día); vigoricémonos con la higiene en todas sus va- 
rias aplicaciones, 

cY déjale al amor sus glorias ciertas,! 

como cantó no sé cuál de los Argensolas. 



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(€i^ni 



DESPUÉS DEL COMBATE 

(debió venir la silba) 




o no sé cómo decir que el efectismo Hrico 
¡ — el del caballero Marini ó el de nuestro 

Góngora, por ejemplo— pertenece á la pa- 
tología literaria. 

Yo no sé cómo decir que la estética contempo* 
ranea rechaza, por absurdo, por opuesto de todo 
en todo á lavada real, á la evolución del arte y á los 
nuevos derroteros que le ha señalado la investiga- 
ción cientíñca moderna, ese procedimiento decla- 
matorio de hacer dramas, muy semejantes á los 
juegos malabares, á los artiñcios de la pirotécnica, 
que dio al traste con el teatro de Víctor Hugo, 
con todo de ser Víctor Hugo el primer poeta líri- 
co de nuestro siglo, si no por el sentimiento, por 
la explosión magníñca y triunfadora de su retóri- 
ca de llamas. 

No pocos de nuestros autores dramáticos no 
ven la realidad, y, por consiguiente, no aciertan á 
traducirla en forma vibrante y sanguínea. No ob- 



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156 FRAY CANDIL 



servan, no analizan. Y el artista— como enseña 
Taine— debe tener siempre los ojos fijos en la na- 
turaleza, á fin de imitarla lo más fielmente posi- 
ble. Nuestros autores (los aludidos) proceden, ge- 
neralmente, por impresiones— que yo calificaría 
de alucinatorias— visuales y acústicas. Todo lo fían 
á la imaginación, no á la imaginación que repro- 
duce y combina, sino á la que fantasea á tontas y 
á locas. 

Por donde se explican esos abortos recargados 
de hojarasca fulgurante— tan <Jel gusto de los lati- 
nos que tienen el paladar estético depravado ~ con 
que abastecen nuestros teatros de primera fila. 

No, no crean los tales que soy insensible á la 
belleza rítmica, á las imágenes, al color en la li- 
teratura. Yo pregunto: ¿es lo mismo la música 
alada de Verdi que la de los tangos con que nos 
aturden los organillos callejeros? 

El lirismo tiene su lugar en la poesía subjeti- 
va, aun en la misma prosa, cuando el que la cin- 
cela se llama Flaubert ó Renán; pero en el drama 
—que, por ser trasunto de la vida ordinaria, re- 
quiere naturalidad, sencillez, sin perjuicio tam- 
bién de ser á trechos lírico, en la acepción equi- 
valente á poesía, verdadera poesía — ese abuso de 
lirismo y de lirismo hueco y estrepitoso, que no 
corresponde á sensaciones vividas^ sino inventa- 
das, ha pasado de moda, y demuestra raquitismo 
intelectual. 

Cuando en nn drama la acción brilla por su 
ausencia, pero en cambio los tópicos altisonantes 



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SOLFEO 157 

abundan juntamente con las descripciones en que 
la luz y la sombra hacen el gasto, con alguna que 
otra montaña intercalada en el texto^ puede sos- 
tenerse, sin miedo á equivocarse, que el drama es 
malo, y malo sin remisión. 

Ni más ni menos ocurre con el drama Después 
del combate^ estrenado anoche, con aprobación 
de la claque^ en el Español. Por mucho que uno 
se fije, no atina á averiguar lo que alli pas-a. Ver- 
dad es que el humo— porque en el drama. hay un 
incendio, para que haya de todo — ciega y ahoga. 
Sucede^que un marido, dc-spués de una ausencia 
de veinte años, se encuentra á su mujer casada 
con otro. Ambos rivales, sin encomendarse á la 
retórica, se tiran á la cabeza los ripios más dispa- 
ratados. La mujer, por no ser menos, mete su ri- 
pio también, y aquello se convierte en un... tomo 
de versos de Grilo ó de Garulla, En fin, un lío his- 
tórico que no se entiende. 






El drama portugués— Fr¿ty Luis de Sou^a — 
valdrá poco; pero la imitación vale menos. 

Malas lenguas dicen que Después del combate 
es una traducción mutilada del portugués, debida 
(sí, no deben pagársela) al Sr. López Ballesteros, 
grafómano á quien no estaría de más medirle la 
cabeza. De modo que si el Sr. Paso ha versificado 
el drama, ¿qué le queda al Sr, López? 



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158 FRAY CANDIL 



El Doctor tú te le pones; 
el MoDtalbán no le tienes; 
con que quitándote el don 
vienes á quedar Juan P¿rcz. 

A Paso lo que es de Paso y á López lo que es 
de López. 

El desempeño no pudo ser peor. Las cosas cla- 
ras. Del Sr. Vico— á quien aconsejo las inhalacio- 
nes de ázoe para esa bronquitis que le aqueja— 
nadie hubiera creído que era el mismo que inter- 
pretó tan hermosamente el papel de Gabriel Espi- 
nosa en Traidor, inconfeso y mártir, ¡Qué gri- 
tos, qué desplantes! Y, sobre todo, ¡qué afonía al 
finalizar ios versosl 

El Sr. Perrín— siento decirlo— lejos de adelan- 
tar, atrasa cada día. No habla, canta; no canta, 
se lamenta. También padece su correspondiente 
ronquera. 

La señora Contreras es un caso perdido. A mí 
me produce el efecto de una sonámbula empolva- 
da que recita versos melifluos á la luz de la luna. 
|Ay, qué quejumbre tan insoportable! Señora, 
duchas frías y mucho ejercicio, á ver si suelta us- 
ted esa pena que la acongoja. 

Y al Sr. López Ballesteros que se deje de dra- 
mitas, porque Dios, ó quien sea, no le llama por 
ese camino, ni por el otro. Es usted muy cucur- 
bitáceo, Sr. López, para tamaña empresa. 

Y no lo digo por alabarle. 



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BATURRILLO 




RILO, que es un poeta muy malo^ como 
todos saben, menos las niñas aficiona- 
das á la poesía diabética, por lo que tiene 
de dulzaina, publica en La Ilustración^ Española 
y Americana unos versos místicos que para El 
Movimiento (a) meneo católico que los lea y el 
P. Blanco García que los aplauda. 

Este Grilo no escarmienta. Palo va, palo viene, 
y él, ripio que ripio. Lo mismo que Doña Emilia. 
En vano que se la diga que en La Cuestión pal- 
pitante anda Zola, que en La novela y la revolu- 
ción en Rusia anda Vogtie, ó, más claro, que 
aquellas obras están calcadas en otras de Zola y 
de Vogüe. Al buen callar llaman... Doña Emilia. 
Volvamos á Grilo, que es como volver á las an- 
dadas. 

üReccrdad^ noble sefiom, 
las hermosísimas írasea 
que // dijo en las Ermitas,,, i^ 

Recordad que le dijo, no, Grilo; recordad que 
o$ dijo. 



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1 6o PRAY CANDIL 



«En el claustro está la calma, [Asi^yín.) 
en el mundo está el combate. 
¡No necesita de rejas 
el alma inspirada y grande!» 

Concedido. Pero usted convendrá conmigo en 
que no les vendrían mal las rejas á los poetas 
chirles como usted, Grilo, Las rejas y... el voto. 
El voto de no escribir más versos. 

Por mfy estaría usted hace tiempo enjaulado. 

Manuel Matoses escribe en La Caricatura un 
artículo titulado El Pavo (autobiograjia). 

A confesión de pavo, digo, de parte... 

Y dice el Sr. Matoses (a) el Favo: 

tSé que mi vida no puede tener ningún in- 
terés...» 

¿A qué contarla entonces? 

Declara además el Sr. Matoses que de niño le 
dieron cmucho grano de maíz, mucha bellota...! 

I Quién había de decir que, andando el tiempo, 
se convertirían en artículos! 

£1 Sr. Matoses: 

«¡Malorum causal— exclamé en latin.„i> 

Si usted no lo dice, créame, á estas horas an- 
daríamos á topetadas por saber si eso era latín ó 
siriaco. 

£1 Sr. Matoses: 

«...muriendo como la Nana^ hecha famosa por 



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SOLFEO l6l 

el inspirado Zola.i— Venga usted acá, gallináceo: 
llamar inspirado á Zola, sobre cursi, es redundan» 
te. Nadie llama inspirado á Lope, Cervantes 6 Vd- 
taire. Los nombres famosos, ó se caliñcan bien ó 
no se califican. Inspirado es, en sentir de algunos, 
Manuel del Palacio. Claro, como que se inspirm^ 
en Calderón, según le demostró Ei País oportu- 
namente. 

Lo que tiene gracia es que figuran intercalados 
en el texto de El Pavo el retrato del Sr. Matoscs 
y el del Sr. Ossorío y Gallardo. Un pavo relleno, 
como quien dice. 

¿Será malicioso el caricaturista?... 



*% 



En Apolo continúa representándose con éxito 
(como dicen los que ignoran que éxito equivale á 
salida, del latín exire^ salir), con buen éxito, que 
decimos los hablktas, Via libre^ zarzuela que me 
gustaría más si fuese más corta y menos... lib(e. 
Si, tiene chistes que ruborizan á una tinaja. Por 
lo demás, no tengo inconveniente en aplaudirla. 
La música resulta (esta palabreja tampoco suele 
emplearse en su verdadera significación) muy gra- 
ta al oído. (No, que será al olfato.) 

La señorita Campos, que aún dista de ser una 
tiple, lo que se llama una tiple (verdad es que las 
tiples están á la altura de nuestra Hacienda, cuya 
ruina viene anunciandp desde hace tiempo Leroy- 

II 




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1 62 FRAY CANDIL 



Beaulieu), trabaja coa gracia; tiene vivo el inge- 
nio y la cara siempre sonriente y picaresca. 

Su figura simpática contribuye no poco á que 
los papeles que interpreta adquieran realce. Pa- 
rece ser estudiosa, y^ sobre todo^ modesta. Adole- 
ce del defecto de que adolecen nuestras actrices 
en general y nuestros actores en particular. ¿Cuál? 
—dirán ustedes.— El de no sentir el término me- 
dio. O muy fúnebres, ó muy alegres. O la Con* 
treras, ó la Val verde. O Perrín, ó Rossell. 



¿Por qué el Sr. Rodríguez, que es un actor in- 
genioso (seamos benévolos), se empeña en apaya- 
sar los tipos que representa? Porque el público lo 
quiere. Ño culpemos al actor. Aprenda el Sr. Ro- 
dríguez de Emilio Mesejo, que raras veces se sale 
del tiesto, como si dijéramos. Hace reir; pero sin 
olvidar que el actor no debe enmendar la plana 
al poeta, aunque se llame Sinesio. No estaría de 
m^s que el Sr. Rodríguez leyese los consejos que 
da Hamlet á los cómicos, que no los leerá, por- 
que al mismo Sagasta le estorba lo negro. 

Y hasta otra. 



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EN LA COMEDIA 




ON las cuatro de la madrugada; el sueño 
cierra mis párpados y la fatiga intelectual 
me invade lentamente. Dejaré para maña- 
na ó pasado la publicación de mi juicio defínitivo 
respecto del drama de Echegaray, El poder de la 
impotencia, estrenado anoche en la Comedia con 
éxito dudoso. Por el pronto, consignaré la impre- 
sión que me produjo en calidad de espectador que 
Ta á divertirse y no de critico^ aunque indigno, 
que va á juzgar. 

El poder de la impotencia, que pertenece á la 
primera manera de Echegaray, si no en el ropa- 
je lírico— esta vez menos fastuoso — en el esquele- 
to y en las articulaciones, carece de acción y de 
caracteres. El primer acto es de una languidez 
mortal, al revés del segundo, en que la escena 
adquiereí cierto hervor de vida. 

El tercero, cuyo final recuerda el de El gran 
GaJeotOy no sólo peca de monótono y repulsivo, 
sino que reúne todos los defectos de la dramatur- 
gia enfática del afamado poeta. 



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l64 FRAY CANDIL 



A poco de fijarse uno, advierte que la mayoría 
de los personajes— maniquíes, mejor diría — de El 
jpoder de la impotencia (paradoja se llama esta 
figura), están calcados en otros del propio autor. 
Por ejemplo: la caricatura del pintor y la del crí- 
tico de artes huelen á cien leguas á Borroso y Pe- 
láez, crítico naturalista el uno é idealista el otro 
de Un critico incipiente. El tío de Paquita sabe á 
Tartu/Jey pero á Tartufje desdibujado y tonto. 
El tipo de Moliere no es un tipo reidero: por el 
contrario, despierta indignación, porque la hipo- 
cresía, si tiene mucho de cómico exteriormente, no 
puede menos de entristecer á los espíritus rectos; 
al paso que el personaje de Echegaray es una d« 
tantas caricaturas sin vigor ni gracejo. Y si pre- 
tendiese el husmeo de la genealogía de aquellos 
pintores, quizá la hallaría ~ echada á perder— ea 
La obra, de Zola. Claro que esta sospecha, ex- 
puesta lacónicamente, pudiera interpretarse en un 
sentido que está muy lejos de mi pluma. Es cues- 
tión de psicología artística y de... literatura com- 
parada, no^e acusación malévola. 

Por otra parte, revela en el Sr. Echegaray — cu- 
yo talento siempre he reconocido, dicho sea de 
paso— una ignorancia deliciosa del arte pictórico. 
Y como para ridiculizar una cosa lo primero que 
se requiere es conocerla bien^ la sátira del señor 
Echegaray resulta inocente. 



#% 



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SOLFEO 165 

Sentiría mucho que el esclarecido autor de La 
muerte en los labios me incluyese en el número 
de los que, según él, le combaten por sistema. Si 
va á decir verdad, yo nunca he aprobado su proce- 
dimiento dramático ni le he reconocido dotes de 
observador hondo y perspicaz. Creo que posee 
una fantasía rica y varia— inmejorable para el gé- 
nero descriptivo— pero, á mi ver, dañosa para la 
escena. Hasta ahora no ha creado un solo tipo que 
pueda citarse como se cita á Hamlet, á Jago ó 
Harpagón. De su teatro sólo quedará el gran ru- 
mor de la hojarasca lírica que rueda por todo él, 
como del teatro de Víctor Hugo, tan convencio- 
nal y falto de calor humano, sólo quedan en pie 
algunos fragmentos de lirismo gallardo y sonoro. 



•*• 



Poco, muy poco he de decir de la interpreta- 
ción. El Sr. Mario, cuya voz gangosa mueve á su- 
poner que dicho actor tiene en la boca un meren- « 
gue que no acaba de tragarse, bien fuese porque 
el papel de viejo lascivo que interpretaba repug- 
nase, bien porque no estuviera de humor, ello es 
que me hizo olvidar al actor discreto y concienzu- 
do de otras veces. 

El Sr. Cepillo hizo cuanto pudo por salir triun- 
fante; pero esa mímica monótona y esa voz que lo 
mismo suena en lo cómico que en lo trágico, serán 
siepapre sus mayores enemigos. El Sr. Tuiller, 



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l66 FRAY CANDIL 



aunque á ratos pasadero, amanerado en toda la 
obra. 

La que en rigor se llevó la palma fué la seño- 
rita Guerrero, artista acerca de la cual tengo mu- 
cho que decir y lo diré otro día. 

La señorita Guerrero siente fuerte y dice coa- 
corrección y desenfado. Tiene para mí el mérito 
supremo de ser natural y vibrante. Su rostro ju- 
daico, en que aletean unas pestañas negras, á tra* 
vés de las cuales brillan unos ojos rasgados y elo-^ 
cuentes, adquiere tonos muy expresivos, rima pi« 
carescos mohines y relampaguea con gestos de pa- 
sión intensa. 

Su cuerpo esbelto y flexible, en las escenas de 
muelle abandono de amor, serpentea, sin llegar á 
las lascivas contorsiones de Shara Bernhardt. Sus 
ojos se barnizan de un tinte melancólico y su 
voz argentina se arrastra con la voluptuosidad 
del canto triste... 



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BATURRILLO 



La fea ^ de Ansorena. — Nuestros cuentistas.' 
El Tisorc, de Doña Emilia. 




, ON Luis Ansorena— no sé si pariente del 
^ joyero de la Carrera de San Jerónimo— ha 
' publicado una novela que no he leído sino 
fragmentariamente. Si para muestra basta un bo- 
tón, me parece que con el capítulo que de La fea 
publica el Madrid Cómico ^ basta y sobra. A ma- 
yor abundamiento— como diría la clásica Doña 
Emilia— Sinesio Delgado, que no tiene gusto ni 
cultura, dice de La fea (título que pertenece á 
una novela de Julieta Lamber) lo que^igue: 

•Ansorena con esta novela se ha colocado en la 
primera fila de novelistas españoles.! 

Al lado de Cervantes, de Gal dos y Pereda, como 
quien dice« Pero este Sinhueso ¿ha perdido la cha- 
beta? 
jAh, esa Asunción le trae á mal traer! 



Esa ingrata Asunción 
de Sinesio será la perdición. 



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l68 FRAY CANDIL 



Y coatinúa Sinhueso: «Interés creciente (como 
los toros), amenidad, caracteres sostenidos (ó be- 
moles), observación escrupulosa y exacta del na- 
tural (¡eche usted!), estilo brillante... Todo esto 
hay en el nuevo libro del distinguido poeta.» 

Pues no hay nada de eso... á lo menos en el pe- 
dazo que publica el Madrid Cómico. Si no, va- 
mos á verlo. Escribe el Sr. Ansorena: 

tLlámase el primero Toribio, y es hombre de 
mal genio, al decir la ^en/e.»— Aquí falta un de. 
A\ decir de la gente. 

cEn su sano juicio, jactábase de ser hombre de 
criterio y de tener sistema y convicciones polUi» 
cos.f— Para otra. vez, Sr. Ansorena, escriba us- 
ted: sistema y convicciones políticos^ ó mejor, 
convicciones y sistema políticos, aunque tampo- 
co me suena. Cuando en la oración hay un mas- 
culino y varios femeninos^ el adjetivo concierta 
con el masculino, como enseña la Gramática de 
la Academia. (Véase la pág. 217.) 

El Sr. Ansorena: «Era uno de los tantos sé- 
res...»— Ese /o5, huelga. 

Ansorena: «...La hermosa palabra libertad, la 
tienen por enemigo del orden y hermana de la li- 
cencia.» 

¿Por qué dice el Sr. Ansorena que la libertad es 
enemigo y hermana? Enemigo,- ¿con quién con- 
cuerda? Vamos, que el Sr. Ansorena no sabe gra- 
mática. Tampoco la sabe Fabié, y ha sido Ministro, 
ni el P. Blanco García, clerizonte de á real y me- 
dio... la sotana. 



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SOLFEO 169 

El distinguido poeta, en sentir de Sinesio: iTo- 
ribio era un átomo (como diría Fernández y Gofi* 
zález) de esa gran masa de rabia que coloca bom- 
bas en la puerta de las casas de los ricos^t 

¿Masa de rabia? No lo entiendo. Si fuera masa 
de rabiosos... ¡Vaya un modo de resolver el pro- 
. blema social! Masa de rabia... 

No se queje Sinesio si le ponen una bombita á 
la puerta del Madrid Cómico, 

Describiendo á Soledad, una chula, dice Anso- 
rena cque tenía narij palpitante^^ es decir, una 
nariz que la bailaba en la cara. Pero ya caigo en 
lo que ha querido decir el autor: que á la Sole- 
dad se la inñaban las narices como á caballo can* 
sado. 

La Soledad, que es un virago, á creer al malo- 
grado discípulo de Campoamor, tva con muchos 
hombres á defender una barricada, pero con uno 
solo á gofar de su amor.it Claro. ¿Pa qué son los 
querios? 

Y sigue el poeta: cEra una perra asquerosa, 
llena de lodo; un ¿t5co.i —Era una perra asquero- 
sa y además, un asco. Esto se llama gradación ó 
climax ó... albarda sobre albarda. 



El Sr. Ansorena presume de psicólogo, por lo 
visto; de psicólogo revesado y sutil. 

Desde que Paul Bourget anda por esas librerías 
traducido al castellano (¡qué castellano! Ni el que 



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170 PRAY CANDIL 



se gasta la «Colección de libros escogidos,» del 
Sr. Lázaro), se ha despertado entre nuestros cuen- 
tistas, más ó menos originales, tai añción al aná- 
lisis psicológico pour rirey enmarañado y cursi, 
que es cosa de abrir el paraguas. Cómo los más no 
saben' ñsiología ni por soñación, porque, según 
ellos, arte y ciencia son términos que riñen de 
verse juntos, resulta que, á lo mejor, ó á lo peor, 
se arman unos líos que tiembla el misterio. 

Esa psicología metafísica, abstracta, mística á 
lo P. Mir, ha pasado de moda. ¡Cómo lo diré! Así 
cualquiera es psicólogo, hasta el P. Blanco García. 

El mundo psicológico no es más que la resul' 
tante del mundo orgánico, y ¿cómo quieren uste- 
des describir una serie de estados anímicos com- 
plejos si desconocen el mecanismo de las sensa- 
ciones? 

Pero ¿adonde voy á parar? 

Hablar de esto, que Fa ignorancia pedantesca. •« 
con título de doctor califica de chifladura^ como 
si no fuera más chifladura cretT en el misterio de 
la Trinidad, comer de vigilia y otros disparates al 
símil; hablar de esto, digo, equivale... á echar 
margaritas á los cerdos. 

Mientras las prensas alemanas, francesas, italia- 
nas é inglesas vomitan á diario volúmenes en que 
se ponen de manifiesto los adelantos de la ciencia 
positiva, nosotros j montados en el pollino de la 
tradición, seguimos repartiendo á domicilio invita- 
ciones para fiestas de iglesia y bulas que nos permi- 
ten comer carne. 



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SOLFEO 171 

]Cuánta ridiculez! Y lo peor del caso es que ál- 
gunos que presumen de críticos modernos (?) de- 
fienden muy en serio el misticismo católico* ¡Po*» 
bres diablos! 



Un ejemplo de psicología al uso: 

cCarmén sentía una tristeza que brotaba del 
corazón. Del corazón, no, del cerebro, y le daba 
vueltas por todo el cuerpo á manera de una gran 
sombra gris que resbala por una llanura al ama- 
necer. Pero esa tristeza, mística, bien mirada, era 
alegría dolorosa que al traspasar los lindes de la 
realidad, se convertía en algo así como el aliento 
de un ángel. I (Los ángeles son la gran calamidad 
en nuestra literatura. Angeles en el teatro, ánge- 
les en la novela. En cuantb hay que hablar de la 
bondad de alguno, ya se sabe: Eres un ángel.) 

Semejantes desatinos acabo de inventarlos, y 
estoy seguro de que no les van á la zaga los de 
mis cuentistas psicólogos. 

He leído cuentos de Doña Emilia Pardo que ti- 
ran de espaldas á un tranvía. Ya se verá más ade- 
lante. Y cuenta que Doña Emilia suele mover la 
pluma con arte. Cuando critica, sobre todo; pero 
resulta que cuando critica, plagia. 



*\ 



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172 FRAY CiUfDIL 



La fiebre cuenttstica se ha propagado entre nos- 
otros de manera alarmante» Todo el mundo hace 
cuentos, pero ¡qué cuentosl 

Maupassant se volvió loco, y ustedes se han 
vuelto tontos... de capirote. 

Pero Maupassant se ha vuelto loco de... genio, 
hasta el punto de que en sus delirios da en la ma- 
nía de buscar sus ideas. 

Si algún día perdiesen ustedes la raxón, de ñjo 
que darían en el chiste de preguntar: ¿Dónde es- 
tán... nuestros bombos? 

Claro que hay excepciones. Algunos cuentos leo 
yo por ahí que me gustan, y mucho; pero son los 
menos. 



« # 



El tesoro titula Doña Emilia uno de sus últimos 
cuentos publicado en El Liberal. 

¡Cuidado si es soso y desvaídol Cuando Doña 
Emilia se empeña en mostrarse candorosa y almi- 
barada, no hay quien la disminuya, como decía 
un hacendado cubano, amigo mío. 

Luego de contarnos que el trancazo y la bron- 
quitis soplan (¿qué? ¿gaitas?), añade Doña Emilia: 

«...atribuímos á las niñas muy hermosas belle- 
zas interiores y psicológicas...» 

Interiores y psicológicas tanto da como decir 
lo mismo, ó interiores se refiere á las tripas ó al- 
go así. 

aAquellos ojos tan claros, tan nacarados...}^ 



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SOLFEO 173 

Vamos, que Inés era albina. 

•Aquella sonrisa es la del ángel.. .t 

¿Ven ustedes cómo tenía razón cuando señalé la 
angelicomania que aqueja á muchos cuentistas? 

cDe ángeles se gradúan todas las doncellitas.» 

Y de tontas muchas literatas. 

cDe lo dicho se deduce que Inés poseía y osten- 
taba el diploma angelicaL^ 

¡El diploma angelical! ¡El diploma angelicalt 
¡No está usted mal diploma... catedrático!... 

•Figuraos un pajarito de plumas (no, que será 
de pelos), de plumas blancas, que ni por casuali- 
dad le encontraríamos una de medio color.. .t 

¿Con que también á la correcta Doña Emilia se 
la escapan faltas de construcción? ¿Cómo es eso 
de que un pajarito le encontraríamos? Usted qui- 
so decir á un pajarito, pero no lo dijo. 

c.Ese es el mal terrible de Hamleto: la indeci* 
sión...» 

Hamleto, Guido... Ese es el mal terrible de Do- 
ña Emilia, el no decir las cosas como las dice to- 
do el mundo. No se la hubiera podido resistir ni 
aun en aquellos tiempos del imperio napoleónico, 
en que un poeta se inmortalizaba llamando al ca- 
pón cfrío celibatario, mártir infortunado del lujo 
de la mesat y otras cosas por el estilo de que nos 
habla Menéndez Pelayo en el tomo V de sus Ideas 
estéticas. 

{Hamleto, Guidol Xíene gracia. 

El día que Doña Emilia me cite, de fijo que me 
llama: Fra-Candilo. 



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EL DÚO DE LA AFRICANA 




AJO un aguacero de padre y muy señor 
mío me introduje anoche en Apolo, gua- 
rida de tiples afónicas y de coristas ente- 
cas y gatunas. 

El dúo de la Africana.,, Un saínete más, ó lo 
que fuese, sin atadero... Gracias á la música del 
maestro Caballero, al tipo de empresario de ópera 
barata y á las decoraciones de Amallo, no se fué 
la pieza á donde han ido 

las muchas piezas que en Apolo han sido. 

El dúo de la Africana es un remedo de / co- 
mici tronatiy ó como se llame; pero con menos 
gracia. ¡Vaya con D. Miguel Echegaray! No da pie 
con bola. 

Sin embargo, el público no suele silbarle. ¿Por 
qué? Porque D. Miguel, á falta de ingenio y de 
sentido de lo real, posee una movilidad de pluma 
—privativa de los grafómanos— que comunica 
cierta viveza á cuanto escribe. Es un palabrero á 
quien pudieran aplicarse muchas de las observa- 
ciones del Dr. Seglas acerca de las turbaciones del 



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176 FRAY CANDIL 



lenguaje en los enajenados; una especie de loco 
razonador, á su modo, que, por temperamento, 
huye de lo fatigoso, de lo complicado. Se parece, 
en cuanto escritor, á esos andaluces aturdidos 
que hablan de todo, sin saber de nada, en un san- 
tiamén. Cabeza á pájaros, les sería imposible sos- 
tener una conversación uniforme, coherente, 
arriba de cinco minutos, y escribir algo armónico 
y cohesivo. 

Conozco yo muchos ejemplares de este jaez. La 
prensa está plagada de ellos. Literatos y poetas 
que improvisan á medida que escriben, sin saber á 
dónde van á parar. Verdaderos cohetes de la piro- 
tecnia literaria. Los factores ó los elementos que 
concurren en la formación de semejantes Padres 
Blanco García, son múltiples: la constitución ce-- 
rebral, en primer término; la ausencia de estudios 
sólidos y el ambiente de frivolidad intelectual en 
que respiran, entre otros que sería prolijo enu- 
merar, como dicen algunos oradores cuando se les 
acaba la erudición. _ 

No hay que confundir á estos escritores coa 
aquéllos á quien lo ardiente y movedizo de la 
imaginación prohibe ser metódicos, Seguir un or- 
den serial de ideas, lo que no impide» al contra- 
rio, que nos deleiten con el serpenteo luminoso 
de su pluma inquieta y arrojada. Byron, como 
poeta; Heine, como prosista, son ejemplares vivos 
de este hermoso desorden del ingenio. 



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SOLFEQ 177 

E¡ dúo de la Africana no tiene pies ni cabeza. 
Eso no es un saínete, ni una parodia, ni siquiera 
una pieza bufa. Lo repito: lo único bueno, aparte 
de Querubini, que tiene gracia á ratos, es la mú- 
sica, muchos de cuyos números saben á Cuba li* 
bre. En el tímpano del maestro Caballero reper- 
cuten aún los tangos dulzainos y pegadizos de 
Cuba libre. Pero seamos justos: la jota, que levan- 
tó fuerte oleaje de palmas en el público, pertene- 
ce á la música hondamente sentida, la que con- 
tiene en sus notas la tristeza de lo inefable poético 
que envuelve como una atmósfera de melancolía 
ese mundo de cosas que aun el lenguaje dista 
mucho de haber expresado. 

Oyéndola, se advierte el grato motín de la ciu- 
dad interior^ de que habla un poeta; la excita- 
ción placentera que produce lo que hiere con arte 
nuestra sensibilidad estética. 

¡Qué lástima de que música tan sugestiva la can- 
tasen la Pino y Emilio Mese jo! 

¡Vaya un modo de gritarl La señorita Pino 
(hermosa pava sin plumas) contrae, cuando can- 
ta ó recita, tan angustiosamente los músculos del 
cuello y de la boca, que diríase que tiene dolor 
de estómago. 

Como la voz no sale espontáneamente de su la- 
ringe, sino á empellones, vamos al decir; como 
no pisa las tablas con la desenvoltura de la artista 
que tiene conciencia de su arte, claro está que su 
ñsonomía toma la expresión violenta que la impri- 
me el esfuerzo. 

12 



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178 FRAY CANDIL 



Mese jo no presuihe, que yo sepa, de tenor» de 
bajo ni de barítono. Canta porque la empresa se 
lo pide. Mal hecho. 

El Sr. Rodríguez, el mismo de siempre. ¿A qué 
molestarle con sátiras ni consejos, si no ha de co- 
rregirse? 

Al que nace barrigudo... 



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BATURRILLO 




A Academia, al fin y á la postre, ha re- 
suelto conceder el j7r€mio Cor/iW al dra- 
ma de Echegaray, Mariana, que tanto 
ha conmovido á la gente sensiblera. 

No me sorprende que entre Mariana y La Do- 
lores haya optado por Mariana. ¿Por qué? Por- 
que el drama de Echegaray, como estoy dispues- 
to á probar á quien quiera, pertenece 'al género 
romántico -idealista, tan del gusto de los Académi- 
cos. Porque Mariana es una obra falsa, incohe- 
rente, pero brillante. En ella no se estudia ni un 
carácter, ni una pasión, ni una fase social, ni si« 
quiera, las costumbres de una época. Mariana es 
una serie de escenas sin realidad, escritas en esti- 
lo... funambúlico. 

. No se me arguya que, á pesar de todo, no ca- 
rece de interés. No lo niego; pero ¿acaso el inte- 
rés dice mucho en favor del mérito artístico de 
una obra? Interesantes son las novelas de Monte- 
pin, las de Ohnet, y, sin embargo, á los espíritus 
cultos, inteligentes, les parecen muy malas. 



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1 8o FRAY CANDIL 



El Origen de las especies^ de Darwin, despier- 
ta gran interés en el lector iniciado en las cien* 
cias naturales; pero no creo que le suceda lo pro- 
pio al profano, al hombre superficial que sólo bus- 
ca en los libros solaz pasajero/ algo que hiera su 
imaginación. 

La unidad de acción, la intensidad pasional, el 
estudio sintético del carácter, la variedad de las 
escenas, la gracia natural, hasta el mecanismo ar- 
tístico, brillan por su ausencia en el drama de 
Echegaray. 

Recuérdense aquella escena de las arracadas 
mejicanas; las reflexiones de Mariana acerca de 
los ladrillos de D. Cástulo; la solemnidad ridicula 
de D. Pablo, militar de cartón-piedra; los arreba- 
tos amorosos de Daniel, que rayan en la más ton- 
ta cursilería ó cursería, á escoger; los recuerdos 
infantiles de la protagonista evocados en prosa al- 
feñicada, y dígaseme si Mariana pue^e colocarse 
á la altura de los buenos dramas, de O locura ó 
santidad y por ejemplo, del mismo autor. 

¿Y qué me dicen ustedes de aquella escena 
final en que D. Pablo, que se ha casado por amor, 
prefiere, en la noche de bodas, irse á la cama tan 
fresco, en lugar de practicar el crescite et multi^ 
jplicamini de la Biblia? 

Pero lo chistoso del caso está, no en eso preci- 
samente, sino en que D. Pablo, como quien no 
quiere la cosa, cuando está á punto de entrar en 
su alcoba, se vuelve á Mariana y la dice, sobre 
poco más ó menos: 



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SOLFEO l8l 

tjAh! se me olvidaba. ¿Por qué te has casado 
conmigo?» 

¿Cabe inverosimilitud mayor? 

¿Cabe que un hombre, cuando aún no ha pro- 
bado la fruta prohibida^ haga pregunta semejan- 
te á la mujer con quien ha unido su suerte? 

¡Y á este engendro sin pies ni cabeza ha conce- 
dido la Academia un premio de 5.000 pesetas! 

Pero no, no hay que asombrarse de nada en es- 
te país de los viceversas. 

Después de lo que Castelar ha escrito del Mar- 
qués de Cayo del Rey — indiano acaudalado— ¡bo- 
ca abajo todo el mundo! 

Eso es la debácle, ó digamos con el poeta: 

«Ese blanco y carmín de Dofia Elvira...» 
etcétera. 






He recibido Mi primera campaña (críticas), 
por mi amigo Rafael Altamira, muchas de las 
cuales había ya leído yo en periódicos y revistas. 

El Sr. Altamira, que es estudioso, inteligente, 
modesto y nada sensitivo, no me reñirá porque le 
diga la verdad de lo que pienso acerca de su libro. 

La sinceridad, ¡qué hermosa es la sinceridad, 
amigo Altamira! ¡Y qué poca va quedando en el 
mundo! Tan poca como mis amigos, que me van 
dejando solo porque me resisto á comulgar en la 



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l82 FRAY CANDIL 



cofradía— harto numerosa, por desgracia— de los 
hipócritas y aduladores, que se celebran en voz al. 
ta y se muerden á hurta cordel, y porque pido, á 
imitación de Semíramis, la mutilación de los poe- 
tas hueros y los prosistas gárrulos, á fín de que 
no tengan descendencia... 

El crítico ideal, en sentir de Guyau, es aquél á 
quien la obra de arte sugiere más ideas y emocio- 
nes. 

Semejante crítica requiere un público inteligen- 
te y leído. Sirva usted las sutilezas de Bourget, por 
ejemplo, ó las ternezas de France ó Desjardins á 
un público superficial como el nuestro, que se 
deleita con los desplantes de Taboada ó los col- 
millazos de neo de Valbucna, escritor que recuer- 
da á veces á LaHarpepor lo apasionado y estrecho 
de sus juicios y su ninguna cultura científica. Por 
esta razón, apenas si Menéndez Pelayo tiene lecto- 
res, y hs psicologías de González Serrano parecen 
á muchos enmarañadas y obscuras. 

La crítica de las infracciones gramaticales (muy 
útil cuando se aplica á escritores malos que pasan 
por buenos) es manjar más apetitoso- para nues- 
tro público que aquel género de crítica profunda 
(la de Menéndez y G. Serrano) en que entra por 
mucho la estética y la psicología. 

¿Cómo explrcarse que elP. Blanco García, que 
es un zopenco (las cosas claras), haya adquirido en 



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SOLFRO 183 

un dos por tres fama de historiador literario (¡...I) 
sino por la miopía y dejadez del público que, si 
como el borriquillo de Iriarte, come grano si se le 
dan, preñere á menudo la cebada? 

Al Sr. Altamira la obra de arte sugiere muchas 
cosas que á veces no se entienden, quizá por lo 
enredado de la sintaxis más bien que por lo pro- 
fundo de las ideas. 

El Sr. Altamira ostenta variada y escogida lec- 
tura, juntamente con una honradez literaria nada 
común entre nosotros. Raras veces calla de dónde 
ha tomado sus citas. Su temperamento, frío y re- 
üexivo, casi nunca se deja llevar de la pasión. Ni 
elogia ni censura con brío. Expone más que criti- 
ca, y expone con naturalidad, no exenta de con- 
fusión á veces. No es un artista, pero tiene el es- 
píritu abierto á toda manifestación intelectual, 
venga de donde venga. Partidario de cierto idea- 
lismo fílosóñco, cuya raíz acaso se hallaría en 
Krause á través de D. Francisco Giner de los Ríos, 
ilustre pedagogo voluntariamente sepultado en la 
Institución libre de Enseñanza, comunica 4 sus es- 
critos cierta obscuridad ideológica que en nada se 
parece al psicologismo de Paul Bourget ó al neo- 
idealismo de Vogüe ó de France. 

De todos los artículos que contiene Mi jprime^ 
ra campañay el mejor, á mi juicio, es el consagra- 
do á Maupassant. ¿Por qué la obra de Altamira 
apenas si ha hecho ruido? Pues... por lo que dejo 
escrito líneas atrás: porque aún no tenemos públi- 
co para cierto género de crítica. 



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EL COLOR EN LAS LETRAS 




üiDADO con los errores, por no decir otra 
cosa, científicos y literarios, que se leen 
diariamente en los periódicos de la villa y 
corte! ¿Pues no afirm.a Balart, en una ristra de ar- 
tículos, descosidos como la mayoría de los que 
viene publicando en El Imparcial, que el Duque 
de Rivas es más colorista que Veláfquef con el 
pincel y FloMbert con la pluma (textual)? Pero 
Balart ¿ha leído á Flaubert? ¿Ha visto cuadros de 
Velázquez? Me figuro que no. ¡El Duque de Rivas 
más colorista que Flaubert! 

Cosas tenedes el Cid... 

El Sr. Balart confunde lastimosamente el colo- 
rismo con lo pintoresco, que son cosas distintas, 
por mucho que á primera vista no lo parezcan. 
El colorismo, Sr. Balart, es una escuela literaria 
moderna, más francesa que española, cuyos ante- 
cedentes hay que buscar en el romanticismo que 
dio al traste con la tiesura retórica y la precep- 



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1 86 FRAY CANDIL 



tiva tiránica de los clásicos; y más que en los insur- 
gentes, en los precursores é iniciadores de la gran 
revolución literaria de principios de siglo: en 
Rousseau, Diderot, Chateaubriand y otros. 

Algo de lo que escribe Zola acerca de los líricos 
puede aplicarse á los coloristas: cTrajeron la rebe- 
lión del color, la pasión de la imagen con el so- 
nido dominante de la rima. Eran escultores, pin- 
tores, músicos, que perseguían, ante todo, el so« 
nido, la forma, la luz...» 

Los coloristas han renovado la lengua inyectan- 
do en el viejo léxico la sangre joven de una retóri- 
ca sonora y opulenta. A pesar de lo cual siempre 
se quejan de lo pobre y pálido del idioma exis* 
tente. Por eso recurren á menudo al neologismo, 
dislocando con frecuencia la sintaxis. Diríase que 
padecen de hiperestesia. Sienten con intensidad, y 
al querer expresar la riqueza de sus emociones, no 
hallan términos suñcientemente gráficos y san- 
guíneos. Advierten que la palabra es inferior á la 
sensación y á la idea; quisieran que el vocablo 
cantase y relampaguease á la vez. 

Un resplandor de aurora boreal envuelve todo 
libro de autor colorista. No son á ratos pintores- 
cos; lo son desde la primera hasta la última pá- 
gina. 

Gran parte del secreto del color reside en el ad- 
jetivo, en el cual encierra el artista la imagen como 
un perfume en un frasco. Y así como al oler el 
frasco, el perfume despierta en nosotros , no sólo 
el recuerdo de la planu de donde procede, sino 



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SOLFEO 187 

todo un orden de ideas y emociones, muchas de 
ellas desvanecidas ó muertas, el adjetivo, al enca- 
denarse con el substantivo, resucita en el lector 
toda una serie de concomitancias coalas cuales re- 
construye plásticamente el objeto pintado. 

Pudiera sostenerse que el colorista es un pintor 
extraviado en el campo de las letras, mayormente 
si se recuerda que Gautier y otros fueron esclavos 
del pincel antes que de la pluma. 

El órgano predominante en ellos parece ser el 
ojo. De aquí ese afán tormentoso de trasladar á la 
poesía y á la prosa los procedimientos de las artes 
plásticas. La psicología les preocupa menos que lo 
exterior. Su pasión por lo descriptivo les lleva á 
perseguir indistintamente, á horcajadas en la me- 
táfora, todas las apariencias brillantes, hasta las 
más fugitivas. 



En rigor, no cabe calificar de colorista sistemá- 
tico á Flaubert, aunque pintase á la pluma con 
sobriedad y exactitud no superadas por nadie, 
como se califica de coloristas á Gautier y^á los 
Goncourt, cuyo fin principalmente tendía á inge- 
rir en la palabra las vibraciones inefables de la 
música, los tonos encendidos ó pálidos de la pin- 
tura, la plasticidad táctil de la estatuaria. 

Teodoro de Banville y Heredia pueden ser con- 
siderados actualmente como los príncipes de la lí- 
rica pictórica, exuberante de imágenes y armonías. 



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1 88 PRAY CANDIL 



pero tal vez pobre de sentímieütos y de ideas. Los 
trofeos^ de Heredia, traen á la memoria lo que 
decía Baaville de las obras de Ronsard: que al abrir- 
les se ñgura uno estar en el taller de un orífice flo- 
rentino. 

Claro que en la obra de todo escritor imagina- 
tivo y nervioso, que siente la realidad por duplica- 
do, una vez cuando la contempla y otra cuando la 
evoca desde el fondo de su pensamiento, se en- 
cuentran fragmentos de radiante colorido. En 
Taine, por ejemplo, de quien opina Menéndez Pe- 
layo cque ha ganado mil veces la batalla de la plu- 
ma contra el pincel,» y en el mismo autor de Ho- 
roció en España^ puya prosa abundante, robusta 
y solemne se acerca á veces á la del gran paisajista 
de Italia y los Pirineos. / 

En todo colorista hay un estilista, pero no en 
todo estilista hay un colorista. ¿Quién vacila en 
incluir á Valera entre los estilistas más atildados? 
Y con todo, Valera no pinta, quizá porque en él 
la reflexión, el espíritu volteriano que le distin- 
guen, predominan sobre su fantasía. 

Si la teoría de los temperamentos fuese cosa in* 
discutible, podría calificarse el suyo de linfático* 
nervioso. 

Entre la retórica de Renán (no olvidar que cada 
escritor tiene la suya) contra la que, en nombre 
de la ciencia experimental, truena injustamente 
Zola, y la de los Goncourt, pongo por caso, me- 
dia un abismo. Y es que Renán, estilista consu- 
mado, no se propuso nunca, que yo sepa, retorcer 



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SOLFEO 189- 

ni jaspear la lengua, á imitación de los coloristas 
furibundos. Muchas páginas de Cervantes (en su 
Galatea abundan á porrillo), escritor que tuvo 
como pocos en España la visión genial de la for- 
ma, pueden rivalizar en punto á vigor pictórico 
con las más calificadas de la escuela naturalista. 
La pintura caliente y viva de la manera de ser de 
los gitanos, ¿no paiece trazada por la mano inquie- 
ta de un colorista moderno? Pues con todo de ser 
un admirable oíf/e/iVií/a, un narrador sorprenden- 
te, sobre todo, de la naturaleza física, sería arries- 
gado colocarle entre los coloristas sistemáticos. 

De los cuales difiere Flaubert en tener un mar 
de fondo, una especie de resaca de calor interno 
que sugiere un mundo de ideas. Dentro del lapi* 
dorio se mueve el psicólogo penetrante y sombrío, 
para quien los alternativos círculos concéntricos 
producidos en la conciencia, como piedra que se 
arroja á un lago, por una preocupación ó un sa- 
cudimiento inefable, por un anhelo apenas esbo- 
zado, por una vaga esperanza ó. un vago temor ó 
una tendencia muerta al nacer, lejos de pasar inad- 
vertidos, adquieren un valor psicológico y estético 
de que dan testimonio evidente no pocas páginas 
de M adame Bovary, 

Siá Flaubert se le juzga solamente por su Teti' 
tación d§ San Antonio ó por Salammbó, en que 
el incendio del color deslumhra y atolondra, pue- 
de que la calificación de colorista puro no le ven- 
ga estrecha del todo. Porque hay que insistir en 
que los coloristas sobreponen, únicamente estaba 



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1 90 FRAY CANDIL 



por decir, lo visible á lo obscuro y esotérico. No 
escudriñan almas; arañan generalmente la super- 
ficie de las cosas. 



Que en la poesía del Duque de Rivas escasea la 
mancha de color, en los romances principalmente, 
no seré yo quien lo diga. Pero al hablar de los co- 
loristas sistemáticos, ¿cabe ponerle en la misma lí- 
nea que á Gautier, por ejemplo? De ningún modo. 
Tanto valdría como comparar á Cervantes con 
Chateaubriand en igual sentido. Esta invasión del 
arte pictórico y musical en la literatura es cuestión 
psicológica por resolver todavía. Aún no sabemos 
qué relaciones íntimas y obscuras guardan los 
sentidos entre sí, y cómo una sensación luminosa, 
por ejemplo, se transforma en idea ó sentimiento. 

Se sabe de individuos en quienes una sens^ición 
de sonido se liga estrechamente con una sensación 
de luz. Será un fenómeno anormal, desde luego; 
pero la psicología no puede ni debe desechar los 
casos teratológicos. 



* # 



Soy partidario del colorismo cuando no degene- 
ra en orgiástico y delirante. Por eso el colorismo 
enfermizo de los^ecadentes, de los simbolistas, tan 
sagazmente observado por Lemaitre en su estudio 
sobre Verlaine, declaro que me encocora; es más, 



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SOLFEO 191 

no le entiendo. El lenguaje, como dice perfecta- 
mente Séglas en Les troubles du langage ckej les 
Alienes, es el medio de comunicación más eficaz 
para llegar directamente al alma del hombre loco ó 
del hombre sano. Y si por el lenguaje hemos de 
juzgar á los decadentes, hay que convenir con un 
ilustre alienista italiano en que no andan bien de 
la cabeza. 

Ya lo sabe mi amigo Rueda, que se figura ser el 
Colón de este nuevo mundo... descubierto por 
Góngora hace la friolera de tres siglos, sobre poco 
más ó menos. 



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Xia i>^gx8^^ >tgxg^> m<^>-^. — r>ggr<g^<> ^^x^f <^>^f Ep< 






MAUPASSANT 




SÍ como Darwin no sostuvo en parte al* 
guna, que yo recuerde, que el hombre 
viene del mono^ según han dado en pro- 
clamar los que no le han leído, á Lombroso se le 
atribuye una teoría respecto del genio que dista 
mucho de ser la suya. El ilustre profesor de Ta- 
rín no añrma que el genio sea un loco, y mucho 
menos que el loco sea un genio. 

Según eso, habría que ir á buscar las obras 
maestras á los manicomios. Lo que sostiene Lom- 
broso, fundándose en hechos incontestables, es 
cosa muy distinta: que el genio suele no disfrutar 
de salud mental completa; que entre el loco y el 
hombre superior existen relaciones psíquicas muy 
análogas. El genio, como el loco, padece alucina- 
ciones, miedos infundados, delirio de grandezas ó* 
de persecución, manía de la duda, idiotismo mo- 
ral, aberraciones afectivas, etc., etc. 

E^l famoso alienista estudia la etiología deambos^ 
experimentalmente* En su obra abundan los ejem- 

13 



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194 ''RAY CANDIL 



píos sacados de las autobiografías y de las obras de 
los personajes más célebres, que comprueban su 
teoría, algunos de cuyos extremos hay que tomar, 
no obstante, á título de mera hipótesis. 



Lo que distingue al demente del genio, según 
Carlos Richet, es el sentido crítico. El vesánico 
tiene la concepción rápida y original del genio; 
pero le falta el reposo, la paciencia que convierte 
en obra fecunda y armónica lo que en él no traspa- 
sa los lindes del simple sueño subjetivo, sin cone- 
xión con la realidad ambiente. 

El espíritu crítico elige, ordena, pule, abrillanta 
la visión delirante del genio, hasta el punto de en- 
cajarla en el molde de una realidad coherente y 
posible. El loco no ve el mundo sino al través de 
la idea fija que le atormenta, del fantasma febril 
que le persigue. No tiene cel don de salir de sí mis- 
mo y entrar en el pensamiento ajeno,» según la 
exacta frase de Menéndez y Pelayo, aplicada á La- 
martine. 

Al espíritu del loco — observa el Dr. Séglas — 
acuden atropelladamente las ideas más contradic- 
torias, harto móviles y fugaces para ser expresa- 
das. Esta pseudo-incoherencia, á menudo difícil de 
distinguir de la verdadera, se ve singularmente en 
los escritos de los maniacos. La sobrexcitación ge- 
neral que les aqueja les impide dirigir y coordi- 
nar la multiplicidad de sus ideas y las variaciones 



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SOLFEO 195 

bruscas de sus sentímientos que en algunas líneas 
pasan de lo patético á lo trivial, de lo delicado á 
lo torpe, de lo solemne á lo grosero (i). 

El genio, por el contrario, metodiza sus emocio- 
nes, las vive de nuevo con vida intensamente per- 
sonal, ajustada á la realidad de que surgieron. 

El recuerdo no es más que una serie acorde de 
imágenes. Desde que un hecho no tiene relaciones 
en nuestra inteligencia , viene el olvido, es decir, la 
rotura de uno ó de varios de los eslabones que for- 
man la cadena de la rememoración. El loco no 
puede reproducir el nexo de las cosas. Recuerda, 
pero sin coherencia gramatical, fragmentariamen- 
te y, en ciertos casos, de un modo aléxico. La base 
de sus percepciones suele ser enteramente sensitiva 
y resulta falsa, porque no corresponde á ninguna 
excitación externa, á ningún objeto observado. De 
aquí que en sus recuerdos haya un gran elemento 
ilusorio. 

El hombre vulgar, en sentir de Richet, no carece 
de sentido crítico; pero carece de inspiración, de 
virtud evocadora, la cual en el demente surge, no 
de la cópula del medio exterior con el espíritu, 
«ino más bien del espíritu entregado á sí propio, 
que aún vive de pasadas cavilaciones, de ecos re- 

(z) Véase Les iroubhs du ¡angag€ che» les Alienes, p&g. aag: Pa-* 



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196 FRAY CANDIL 



presentativos, vamos al decir; algo así como esos 
mecanismos pirotécnicos que siguen girando entre 
irisadas chispas, una vez apagados, y no del todo» 
Pero en el demente la fuerza analítica no existe^ 
al paso que en el genio se dan juntamente la ima- 
ginación fecunda, rica de combinaciones, y el vi- 
gor crítico, penetrante y sagaz, que se mete dentro 
del alma de los hombres y las cosas... como una 
pulmonía... 



La muerte de Maupassant en un manicomio de 
París me ha entristecido, aunque no me coge de 
sorpresa. Desde que los periódicos franceses die- 
ron la noticia de que el novelista insigne había 
querido suicidarse, presentí que, al íin y á la pos- 
tre, moriría loco, porque la tendencia al suicidio 
generalmente acompaña á neuropatías incurables. 

El enfermo siente impulsos invencibles de ma- 
tarse ó de matar á los demás, sin saber por qué. 
Sólo más tarde se da cuenta del fenómeno, sintien- 
do sólo esa necesidad ineludible (Schüle). Entre 
horribles convulsiones, perdido el conocimiento, 
que no alcanzó á recobrar, como D. Quijote, en 
su última hora, ha naufragado para siempre aquel 
gran espíritu observador, profundamente artista, 
que animaba á un cuerpo de púgil, de varonil, in- 
teligente y altanera fisonomía, membrudo y ga- 
llardo. 

Víctima, en parte, de la herencia fisiológica, y 
en parte de abusos físicos é intelectuales y de nar- 



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SOLFEO 197 

cóticos que empleaba para adormecer irresistibles 
neuralgias del trigémino (el dolor más agudo, qui- 
zá, que se conoce, por las ramificaciones cerebra- 
les que tiene aquel nervio facial), no tardó en sen- 
tir las pérfidas acometidas de la cerebrastenia, con 
su cortejo de síntomas alarmantes. 

El surmenage intelectual y el despilfarro de la 
vida sensitiva, ya en emociones puramente psí- 
quicas (cavilaciones, penas morales), ya en sensa- 
ciones eróticas, son factores que á la corta ó á la 
larga dan al traste con los componentes áéiyo más 
robusto y equilibrado. 

A veces me figuro que nuestro sistema nervioso 
no guarda relación con los innumerables estímu- 
los que le hieren. 

Diríase que nuestra máquina psíquica aún se 
halla en un período rudimentario; que hay más 
sensaciones que nervios que las soporten, como 
existen en la naturaleza más seres que alimentos. 
No podemos consagrar mucho tiempo al estudio, 
á la reñexión, al amor, porque pronto la natura- 
leza nos advierte del peligro que corremos. Así es 
que luego nos morimos sin haber logrado pasar 
de la superficie de las cosas. 

¡Oh! dentro de ese mundo que creemos haber 
explorado, ¡cuántas complejidades, cuántas recon- 
diteces que no llegan hasta nosotros, porque aún 
no tenemos desarrollada suficientemente la sensi- 
bilidad para percibirlas! 

¡Qué son nuestras pobres emociones, largas 
cuanto penosas, efímeras cuando alegres, compa- 



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198 FRAY CANDIL 



radas con la impasible serenidad de los cielos, la 
eterna angustia del mar alborotado y el perpetuo 
germinar de la tierra! Pudiera compararse nuestra 
vida con la de aquél que se asomase por un agu- 
jero á un panorama espléndido, exuberante de 
colores y armonías, para hundirse luego en obscu- 
ra prisión, sin tiempo de haber podido recrearse 
en la contemplación del paisaje fugitivo... 

Nunca llegamos á sentir, sino á medias, lo que 
juzgamos que sentimos. Siempre queda un vacio 
rodeado de penumbra, un gran trecho de incons- 
ciencia en toda sensación. Nuestra personalidad 
no se percata, las más veces, de un sinnúmero de 
fenómenos que se operan en el antro de nuestra 
inquieta vida interior. Hasta nosotros sólo llega el 
eco confuso de ese continuo hervor de ideas y sen- 
timientos, como la resonancia de un grito en un 
paraje solitario, erizado de valles y montañas, que 
el mar escandaliza con su oleaje. 






Maupassant venía presintiendo desde hace tiem- 
po la enfermedad que había de poner más tarde 
término desastroso á su vida. Paul Bourget, en un 
artículo excelente, como suyo, publicado en La 
Revue Hebdomadaire (15 de Julio del 93), refiere 
cómo el autor de BelAmi hubo de confesarle una 
vez que siempre que entraba de noche en su- habi- 
tación se veía sentado en una silla*— c Yo sé que 



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SOLFEO 199 

es una alucinación— decía — pero lo peor es que lo 
pienso simultáneamente con la aparición del fe- 
nómeno.» 

Este dato, unido á ciertas manías suyas que re- 
cientemente han referido algunos periódicos fran- 
ceses, como la de aconsejar á sus amigos que no 
comiesen uvas, porque, según él, es un fruto ve- 
nenoso, y la de creer que estaba saturado de sal, 
etc., viene á corroborar la teoría de Lombroso. 

Indudablemente que entre .el genio y el loco 
hay una á modo de afinidad electiva, que diría 
Goethe. Pero dejemos á un lado la psiquiatría, tan 
fecunda en depresivas enseñanzas, y estudiemos, 
dentro de los límites de una crónica repentina, al 
literato tal como se muestra en sus obras. 






Maupassant, nadie lo ignora, fué discípulo de 
Flaubert, á quien se parece mucho, no sólo en lo 
de haber tomado su arte muy por lo serio, aunque, 
á imitación de Stendhal, fingiese menospreciarla, 
sino en el vigor del análisis, en la limpidez y so- 
briedad del estilo, hasta en cierta manera pesimis- 
ta y sensual de ver el mundo. Según Bourget, el 
discípulo ha igualado, si no superado, al maestro. 
Sin dejar de aplaudir con entusiasmo al exquisito 
psicólogo de Fort comme la mort^ no creo que, en 
redondo^ aventajase á Flaubert. 

Es de advertir que yo siento por el autor de Lo. 



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300 FRAY CANDIL 



educación sentimental una verdadera idolatría 
(no me avei^enzo de confesarlo). Quizá este mis- 
mo cariño me impida ver imparcial y claramente. 
Nunca podré olvidar, porque abrió surco muy hon- 
do en mi espíritu, la emoción intensa, tlfrisson 
que me produjo la lectura de M adame Bovary. 
Por otra parte, á esta novela se enredan apretada- 
mente luctuosos recuerdos de mi vida. 

La leí en circunstancias muy tristes; tal vez, y sin 
tal vez, las que más han influido en mi carácter, 
las que han teñido para siempre de tediosa me- 
lancolía mi corazón... La leí poco después de la 
muerte de un ser para mí muy querido. El pesaren 
que me abismó tan inesperada* catástrofe, encon- 
tró un eco amigo en aquellas páginas sombrías. Yo 
descartaba los personajes, el lugar en que se des; 
envolvía la acción, atento sólo á la tristeza lúgubre 
que se cierne por todo el libro. Experimentaba una 
especie de acre resignación, de consuelo egoísta, 
al pensar que en todas partes la humanidad pade- 
ce y Hora. Bajo el peso de aquella tortura, á ratos 
colérica, á ratos dulce y taciturna, veía desfilar, 
sugestionado por aquellos capítulos que me acar 
lenturaban, toda mi existencia, amargada por des- 
engaños prematuros, violentas pasiones y recóndi- 
tos anhelos irrealizables... — ¡Qué triste es la vida! 
— pensaba; y asociando por modo involuntario en 
mi pensamiento la realidad presente, irremediable 
que me mordía, con aquel otro dolor que se le- 
vanta como un grito de la gran obra de arte, llo- 
raba en silencio juntamente la desaparición eterna 



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SOLFEO 20I 

de aquel ser tan amado y la muerte de aquellos 
personajes ficticios... 

Quien haya contemplado en Cuba el solemne y 
augusto desamparo de aquellas noches de luna, en 
que el cielo parece que recoge en una mirada in- 
mensa de amor todas las melancolías de la tierra, 
comprenderá la desolación inexplicable de mi al- 
ma en aquellas horas... 

Más tarde, aplacado el huracán que dejó rotas y 
secas, tal vez para siempre, las flores más delica- 
das de mi jardín espiritual, volví á leer con ojos de 
crítico aplicado y curioso aquella obra que tan 
profundamente sacudió mis nervios. Deploraba no 
tener á mi lado una persona inteligente á <]uien 
poder ir comunicando las vivas emociones que me 
arrancaba la lectura, acompañadas de exclama- 
ciones y gestos admirativos:— 1¡ Qué hermosol»— 
«¡Qué verdad!» — t¡Magníñco, sublime!» — «(Es- 
to es ser artista!»— Y en una especié de noctambu- 
lismo febril me levantaba de la cama, encendía un 
cigarrillo y, sentándome á mi escritorio, acribilla- 
ba nerviosamente de ininteligibles comentarios las 
márgenes del libro... 






Así como á Zola lo que le distingue es la fuer- 
za, el ímpetu épico, á Maupassant le caracteriza la 
sencillez, la cual resplandece sin intermitencia lo 
mismo en los asuntos de sus novelas y sus cuentos 



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202 FRAY CANDIL 



que en el estilo que les envuelve como una gran 
caricia voluptuosa. Sin dejar de ser un psicólogo 
perspicaz, no ahonda en los recovecos del espíri- 
tu, como Bourget, por ejemplo, cuya dolorosa 
anatomía recuerda á veces la de Pascal. 

No se deleita en ir desdoblando pacientemente 
la personalidad, en lo que tiene de más obscuro y 
retorcido. Analiza, pero sin pulverizar. 

El exceso de disección psicológica quita á la ac- 
ción no poco interés, mayormente si el lector no 
está avezado á este linaje de sutiles estudios. 

En semejante sobriedad, que no es pobreza ni 
mucho menos, se ve el influjo triunfador de Flau- 
bert. El maestro de estilistas poseía ese término 
medio clásico que, desde su muerte, no he vuelto á 
ver en ningún otro novelador contemporáneo; tér- 
mino medio que consiste, á mi ver, en no dejarse 
llevar de la retórica— y ¡quién lo diría! Flaubert se 
embobaba con el relampagueo fraseológico de 
Chateaubriand,— de los entusiasmos y antipatías 
personales, de las exaltaciones del temperamento; 
término medio que da á cada cosa su color, sus 
proporciones; á cada individuo, su sello peculiar, 
sus gestos, sus matices más transitorios. Para lo- 
grarle se requiere, aparte de otros requisitos, una 
imaginación vigorosa que sejpare y asimile todo 
lo que no sea el objeto y todo lo que le constituye. 
Si describe un bosque, por ejemplo, que todo lo 
descrito sea bosque y nada más que bosque, sin 
perjuicio de las naturales relaciones que tienen to^ 
das las cosas entre sí. 



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SOLFEO 203 

Yo me río de algunos de nuestros novelistas 
cuando les veo metidos de hoz y de coz en la des* 
cripción de algún objeto. Aquello lo mismo pue- 
de ser una pradera que una cuadra, un perro que 
un alcornoque; y es que no saben enfocar la ob- 
servación. 

Este término medio brilla en Maupassant, aun- 
que no por modo tan estricto, en ciertos respectos, 
como en Flaubert. En lo que á éste acaso aventa- 
je es en la naturalidad espontánea de la ejecución. 
Nadie ignora lo que costaba á Flaubert una pági- 
na, debido, sin duda, á su enfermiza sensibilidad, 
de la cual era una consecuencia aquel penoso 
anhelo de cincelar la prosa como si fuese már- 
mol. Cae á menudo en el pecado de atormentar, 
con cierto ensañamiento mórbido, el estilo, al que 
se esforzaba en infundir las trepidaciones de su in- 
curable neurosis. 

Los procedimientos de estilo, de Maupassant, 
que conservan mucho de la factura de Voltaire, 
son menos complicados y tardíos, aunque en el 
fondo ocultan acaso la misma sorda labor. 

No puede negar el autor de Fierre et Jean que 
empezó su carrera literaria haciendo versos. Esa 
concisión viril y pintoresca de su prosa no se ad- 
quiere sino después de haber machacado mucho 
sobre el yunque de la rima. El pensamiento, ha- 
bituado á la cárcel estrecha del metro, conserva 
siempre, al agitarse en la amplia esfera de la pro- 
sa, cierta concentración parsimoniosa y elegante, 
como aquél que, habiendo vivido en la escasez, no 



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204 FRAY CANDIL 



olvida en la opulencia sus hábitos de economía y 
de orden. 






En lo que sí tiene razón que le sobra Paul Bour- 
get es en creer que Maupassant no separó jamás 
el arte de la vida, á la inversa de Flaubert que 
daba extraordinaria importancia al documento es- 
crito, sin perjuicio de ser también un gran artista 
al aire libre, como si dijéramos. Maupassant pre- 
fería la observación directa, la experiencia perso- 
nal, á todos los archivos. Flaubert era un tétrico 
que en sus soledades de Cróíset ese emborrachaba 
con tinta, como otros se embriagan con alcohol, á 
fin de olvidar sus amarguras,» y Maupassant, más 
sociable, paseaba sus tristezas á la luz de los salo- 
. nes, cuando no las oreaba el aroma de los campos 
ó las brisas del mar. No se hubiera atrevido, como 
Flaubert, á navegar por los tenebrosos mares de la 
novela arqueológica, con la imaginación por brú- 
jula. 

Las grandes ráfagas de juventud y de vida que 
corren por sus novelas y sus cuentos, obedecen á 
esa comunión de su espíritu— enamorado de todo 
lo que esplende y bulle— con la naturaleza. Co- 
munión sensual y misantrópica, aun en medio de 
cierta alegría salvaje, pero fuerte y lozana como la 
naturaleza misma. En su visión inquieta del mun- 
do diríase que la risa y el amor brutal se abrazan 
con frenesí. En sus cuentos, que, como exacta- 



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SOLFEO 205 

mente observa Lemaitre, mueven á pensar en la 
poesía de Lucrecio y en la filosofía de Schopen- 
hauer, resalta aún más que en sus novelas este 
ardor genésico que no fué quizá sino la erupción 
enferma de un gran cerebro de artista, perseguido 
siempre por el fantasma de carnales tentaciones..* 

Si como paisajista no llega Maupassant á la ra- 
diante apoplegía pictórica del autor de Los mar» 
tires, posee, en cambio, una exactitud de colorido 
que nos devuelve íntegro el objeto, vivo y palpi* 
tante. No se refocila, como Zola, en la descripción 
minuciosa de los pormenores más fútiles. Unos 
cuantos rasgos le bastan para resucitar la sensa* 
ción de lo que pinta. Si describe el mar, la pági* 
na huele á salitre y á yodo; si una enfermedad ó 
una muerte, la más severa patología no tiene tilde 
qué ponerle; si una puesta del sol en el campo, la 
melancolía del crepúsculo nos envuelve en su pe- 
numbra soñadora, y el solemne silencio de la na- 
turaleza, poblado de indefinibles aleteos y susu- 
rros, murmura á nuestro oído la sinfonía de sus 
misterios impenetrables... 

Sus libros, como la mayoría de los libros con- 
temporáneos, desconsuelan profundamente y su- 
men el espíritu en la contemplación imaginaria, 
pero sostenida, de la tristeza universal. La dolo- 
rida desesperación de Leopardi, la resignación es- 
toica, pero lúgubre, de Vigny, discurren como 
sombras por estas páginas, en que el autor se com- 
place en acumular todo lo que duele y aflige, sin 
dejar un resquicio á la esperanza. ¡Qué serie de 



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206 FRAY GANDTL 



amarguras y tormentos los qtíe el novelista ínsig* 
ne arroja sobre la infeliz protagonista de Unu 
vidaj por ejemplo! Para ella el matrimonio fué 
un calvario, la honra de -la familia una mentira, 
el amor de madre una tortura, y la vida un dolor 
que sólo termina con la muerte. 

La escena en que la pobre Juana « loca de pesar 
y de vergüenza por haber sorprendido á su marido 
durmiendo con Rosalía, la criada, corre deliran- 
te, medio desnuda, como si huyese de sí misma, 
por la nieve, á través de la obscuridad de la noche, 
hasta acurrucarse en el agujero de una roca, tiene 
una grandeza trágica superior á todo encomio. 
La misma grandeza tiene, no épica, sino elegiaca, 
otro capítulo de la propia obra, aquél en que Jua- 
na, merced á un paquete de cartas, descubre los 
amores ilícitos de su madre, á quien ella juzgaba 
honrada y buena. ¡Y en qué momentos! En los 
. más sombríos y angustiosos para una hija; mo- 
mentos en que todo se olvida bajo el peso del do- 
lor y de las lágrimas: á raíz de la muerte de su ma- 
dre, no enterrada todavía. Si su madre despertase, 
ella no podría profesarla aquel afecto sagrado de 
otro tiempo, ni besarla piadosamente con aquel 
heso largo, doloroso y triste que la muerte arran- 
caba á su perdón... 

Indudablemente que este capítulo fué sugerido 
á Maupassant por otro muy análogo de Madame 
Bovary, Recuérdese el pasaje en que el médico 
de campo se entera, también por medio de unas 
cartas, del adulterio de su esposa, después de 



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SOLFEO 207 

muerta. En Safo, de Daudet, hay otro capítulo 
de escrutinio epistolar, semejante en la factura, 
pero diverso psicológicamente de los dos citados. 

Una vida^ con todo de ser «una serie de cua- 
dritos sin unidad,» como indica Bourget, es una- 
de las novelas de Maupassant que no sólo por ser 
la primera que compuso, sino porque en ella se 
manifiesta paisajista de firme y sobrio pincel y ana- 
tómico de almas, de penetrante escalpelo; es una 
de las novelas, digo, que mejor nos sirven para el 
conocimiento de la técnica y de la potencia ob- 
servadora del autor ilustre. 

La primera obra suele ser la que da la medida 
del genio, en potencia^ por lo menos, de un escri- 
tor. Soy de los que creen, con Heine, que la leona 
no empieza pariendo conejos, sino leones. Más tar- 
de, el ingenio se agranda, se afina, gracias al estu- 
dio, á la reflexión constante, á la experiencia. 

Maupassant no se dio al público, como tantos 
otros, de buenas á primeras, sino después de mu- 
cho estudio, de un largo y obscuro aprendizaje. 
Asistía asiduamente en casa de Flaubert aá las 
discusiones de Tourguenef con Taine y Goncourt, 
de Zola con Daudet, de Coppée con Mendés,» se- 
gún nos cuenta Bourget, y tan silenciosamente 
permanecía durante la tertulia, que ninguno de 
aquellos grandes escritores pudo sospechar su vo- 
cación. Y sin embargo, él trabajaba paciente y 
disciplinadamente, sin prisa, sin fiebre de noto- 
riedad, bajo la sabia dirección de su maestro, el 
autor de Bouvard et Pécuchet, De modo que Una 



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208 FRAY CANDIL 



vida puede considerarse^ no como un ensayo ju- 
venil, sino como fruto de madura reflexión. En 
ella no se estudia un solo aspecto de la vida, una 
determinada pasión, ciertas posiciones prolonga- 
das del espíritu, como en Fort comme la mort^ 
maravilloso análisis del amor sin esperanza, pero 
dulce y resignado, de un hombre envejecido y 
triste, por una joven en quien ve retoñar la her- 
mosura decadente de la madre, su querida. En 
Una vida el autor anatomiza sin cólera la cadena 
de reveses que combaten la existencia de una mu* 
jer, digna de mejor suerte. Toda la obra parece 
ser una protesta contra el fatalismo de las cosas; 
pero iluminada desde lo alto por la filosofía del 
autor, á quien nada indigna ni sorprende porque 
toma la vida como es. 

Con el mismo firme pulso arranca el velo de las 
intimidades vitandas de la alcoba matrimonial, 
que exhibe las tribulaciones del corazón materno, 
desgarrado por las locuras y la ingratitud de un 
mal hijo, que describe el paisaje, ya liuninoso, ya 
sombrío, de la costa normanda. En ésta como en 
todas las novelas de Maupassant, es de admirar la 
naturalidad con que ingiere la narración en el diá- 
logo, sin recurrir á las muletillas de los novelistas 
fatigosos: ^Dijo Fulano. Agregó Ciclano. /«/*• 
rrumjpió Esperencejo,» muletillas que atentan á 
menudo á la ilusión total de la obra de arte. 



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SOLFEO 209 

No es Maupassant especialista en la pintura 
de determinados tipos, fuera de los cuales no 
acierta á ver clara y precisamente, como les pasa 
á muchos. Lejos de esO| sus obras dan testimo- 
nio de que lo mismo siente la vida campesina 
que la del gran mundo; de que lo mismo obser<» 
va y describe al aldeano que al aristócrata, al 
seglar que al clérigo. Y aun dentro de una mis- 
ma clase distingue unos de otros. Por ejemplo, 
en Una vida figuran dos clérigos: el P. Picot, 
iovial, astuto, benévolo, mundano, y el P. Tol- 
biac, irascible, intolerante, enemigo iracundo del 
amor. ¡Qué diferencia entre uno y otro! Entre 
el P. Picot, que exclama sonriendo al ver en- 
trar en la iglesia á alguna joven algo abultada 
de vientre: fEsta me trae un nuevo feligrés,» y 
el P. Tolbiac, medio brujo, ocultista, que per- 
sigue encarnizadamente á los novios detrás de 
las granjas, en noches de luna, en las planta- 
ciones de juncos marinos, y patea con furia á 
una perra por el hecho de parir entre un corro 
de chiquillos, y vomita desde el pulpito impre- 
caciones y amenazas contra la concupiscencia de 
los aldeanos... ¡Qué distancia entre el Conde 
brutal, apasionado, de Una vida, que mata á 
los adúlteros de un modo trágico, y el Conde 
bonachón, escéptico y cornudo de Fort com^ 
me la mort, que asiste mansamente á la agonía 
del amante de su mujer! Y es que Maupassant 
no se repite. Como no vivió en un sobo me- 
dio, sino en muchos, cada novela suya tiene 

14 




^lO FRAY CANDIL 



SU escenario propio y sus personajes caract^s* 
ticos. > 



En este artículo, que crece insensiblemente 
bajo mi pluma, no trato de hacer un estudio com- 
pleto, ni con mucho, de Maupassant, Para ello 
necesitaría, en primer término, echarme al coleto 
nuevamente los veinte y pico de volúmenes que 
produjo durante once años, entre novelas, cuen- 
tos, poesías y piezas dramáticas, y en segundo y 
último término, disponer de una tranquilidad de 
espíritu de que hoy no dispongo. 

Muchos colocan los cuentos de Maupassant so- 
bre sus novelas, y hasta afirman que en él hay dos 
escritores: uno, el normando robusto, alegre y só- 
lido de los cuentos, de Ce cochon de Morin^ pon- 
go por caso, y otro, el analítico enfermizo, de una 
extraordinaria acuité cérébraJe, de Notre cceur 
y Fort comme la mort. Quizá tengan razón. Lo 
que no admite réplica es que en su mundo litera- 
rio hierve la vida, exacta y sinceramente pintada, 
sin falsos idealismos y sin la violencia del natura- 
lismo a outrance, pero tampoco con mentidas 
concesiones. 

Alma de poeta, y de gran poeta, supo sentir 
con hondos estremecimientos la naturaleza, que 
describió con sobriedad y gallardía, y penetrar 
en el hombre con mirada de zahori. No cabe 
confundir su personalidad con la de ningún otro 
escritor contemporáneo. Cierto que fué un neu- 



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SOLFEO 211 

.^épata como Baudelaire, como Flaubert, como 
el mismo Darwin; pero en el mundo de la lite- 
ratura vive solitario y radiante como los astros en 
el cielo. 

Su muerte ha sido una pérdida irreparable y 
triste para las letras francesas, y sólo tiene una dis- 
culpa, como observa Leopoldo Lacour en el Gil 
Blas: cLa de haber puesto ñn á un martirio...» 



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RIPIÓSIS 




^ E descubierto una enfermedad poética, 
la rij)iósiSy que consiste en versificar á ia 
diabla. En mi clínica diaria he tenido 
ocasión de observar los casos más extravagantes, 
desde la ripiósis que no sale del todo á la super- 
ficie hasta aquélla para cuyo diagnóstico no se 
requiere ser un lince. En la primera, que llamaré 
ocultay el ripio suele pasar inadvertido, gracias á 
cierta armonía léxica y al brillo de las imágenes, 
falsas desde luego. (Caso de mi clínica: Grilo.) En 
la segunda el ripio se manifiesta francamente, 
como una erupción cutánea. La c;^racterística de 
esta ripiósis es la ausencia de ideas, de poesía, de 
sintaxis. Raro es el enfermo de esta clase que es- 
capa á la crítica zumbona. No hay crítico mci- 
piente que no se desflore tomándoles el pelo^ ó, 
más exactamente, el ripio. (Casos de mi clínica: 
Emilia Pardo Bazán, Sinhueso Delgado, Redil, 
Catarineu, Fernández Shaw y otros muchos.) 

Pasemos al ripiocomiOy si ustedes gustan. 

Ripiósis cronojóbica. 



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214 FRAY CANDIL 



Sinesio: 

cLa medida del tiempo nos depara 
penas, ansias, disgustos, desengaños... 

en fin, nos sale cata. 
¡Bien nos ha fastidiado el que inventara 
la tontería de contar los afioslt 

¡Cómo se conoce que Sinesio sigue enamorada 
de Asunción, la que le dio las calabazas de ma> 
iras! Porque ya sabemos que para el que ama sin 
esperanza, cada minuto es un siglo. ¡Pobre Sine- 
ció! Ya la emprende hasta... con los almanaques 
de pared. 



Ripiósis con alucinaciones: 

cCuando la Naturaleza 
evoluciona y se agita, 
la tierra entera palpita, 
se revuelve y despereza 
en tremenda oscilación. t 

En primer lugar, la Naturaleza evoluciona siem- 
pre. Sinhueso. En segundo lugar, la tierra es par- 
te integrante de la Naturaleza. De modo que de- 
cir que la tierra se revuelve cuando la Naturaleza 
evoluciona^ es puro sinesiar. 



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SOLFEO 215 

¡Ah, Sinhueso, qué ignorante eres! 

c£l ambiente se embalsama 
con perfume de las flores; 
' gorjean los ruiseñores 
saltando de rama en rama.t 

¡Y aún se atreverá Sinhueso á burlarse en la 
correspondencia del Madrid Cómico de los poe- 
tas de á real y medio el ripio! 



Ripiósis delirante: 

El Sr. García Agüero (muy señor mío) me re- 
mite un folleto que titula Las almas sobre ¡a tie- 
rra (metem psicosis tenemos), poesías y sonetos. 

Para el Sr. Agüero los sonetos no son poesías, 
por lo visto. Bueno, allá él. El Sr. García da prin- 
cipio á su folleto con una interrogante: ?. 

c¿Qué hay más allá de la existencia humana?» 

No puedo responder á usted, Sr. Agüero, y no 
es cosa de ir á molestar á los muertos para dar 
gusto al poeta. 

Y sigue preguntando el Sr. García: 

«Cuando termina el día, ¿hay un mañana 
del hoy en pos?» 



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2l6 FRAY CANDIL 



Pero ¿dónde vive el Sr. García? Vamos, que el 
Sr. García se levantará á las seis de la tarde y no 
verá el sol, como Floro Moro Godo, 

Y continúa preguntando el poeta: 

envuelven los seres al terrestre nido?! 

Si esos seres son pájaros, no veo la razón de que 
no vuelvan. 

c^Causa la brisa dulces embelesos? 
¿O vagan alas y se posan besos 
sobre la frente?f 

No, señor. Ni hay alas ni besos. Créame. 

«¿Se olvidan en la tumba los abrazos? 
¿No hay más amor?f 

No, señor. 

cCuando á través del valle y la montafia 
una queja tiernísima y extraña 

cruza veloz, 
¿es de lejanos mares el acento?f 

Hombre, le diré. Si el mar anda por allí, claro. 
Pero si no, puede que sean ecos del balido de al- 
guna oveja ó de algún Sinesio que llora recientes 
calabazas. Todo cabe en la hipótesis. 

cLos turbios ojos que la muerte cierra 
cuando abandonan con pesar la tierra, 
¿no ven ya más?» 



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SOLFEO 217 



No, señor, no ven. Y basta de preguntas, que 
parece usted... un juicio oral. 






El Sr. García: 



«Castillos feudales, 
alcázares reales, 
aladas quimeras, 
errantes praderas, 

(Vamos, portátiles, como quien dice.) 

que el cielo alfombráis; 

(¿Praderas en el cielo?) 

altos torreones, 
voraces dragones, 
monstruos inhumanos, 
gigantes y enanos...» 

Aquí no falta más que: Agítese al tomarse. Por- 
que ¿verdad que parece una receta? 

Castillos feudales. ...... 100 gramos. 

Alcázares reales. . ; 80 — 

Aladas quimeras 50 — 

Errantes praderas 5oo — 

Una cucharada por la mañana y otra por la 
tarde. 



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2 id FRAY CANDIL 



El Sr. García: 

cYo soy un demente...» 

¡Acabáramos, hombre! Ya me lo venia sospe- 
chando. 
Bueno, Sr. García, á ponerse en cura. 



Ripiósis monomaniacacon estribillo. DoñaEmi- 
lia Pardo: 

*^ De flor en flor ^ cual céfiro travieso, 
va el nifio en su candor, 

(Ó en su cochecito, da lo mismo.) 

y deposita un inocente beso 
de flor en flor. % 

Depositará un beso en cada flor. ¿Si se imagi- 
nará Doña Emilia que un beso es como una pe- 
seta que se descompone en calderilla? 

« De flor en flor y cual mariposa leve^ 

(Claro, la mariposa, leve.) 

va el mozo soñador, 
y sus primeras ilusiones bebe 

(Beber es.) 

de flor en flor. ^ 



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SOLF£0 a 19 

(Como quien dice, de taberna en taberna.) 

fiDeJhr en ft&r.,. 
(Y dale.) 

... cual codiciosa abeja... 

Cual céfiro travieso, cual mariposa leve y cual 
codiciosa abeja. ¡Qué imaginación! 

va el hombre con su amor, 

(Como si dijéramos, con el paraguas debajo del 
brazo.) 

y agravio y mancha y amargura deja 
de flor en flor, 1^ 

Si hubiera usted dicho en el tinte, porque eso 
de dejar la mancha en una flor... Por otra parte, 
comparar al hombre que deja agravio y mancha 
con una abeja, no me parece propio, porque la 
abeja, lejos de dejar, se lleva el jugo de las flores. 
Ni más ni menos que los empleados ultramarinos. 

No quiero ser cruel con Doña Emilia^ pero yo 
he leído en un libro de psiquiatría que eso de re- 
petir mucho una frase al principio y al fin de la 
oración, es indicio de perturbación mental. Doña 
Emilia me argüirá que esa repetición es puramen- 
te retórica. ¿Si creerá que los locos no tienen tam- 
bien la suya? 

% De flor en flor,., % 



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220 FRAY CANDIL 



(Amigo Chueca: póngale usted música á este 
tanguito.) 

€De flor en flor con insensato alarde 
va ei viejo seductor. •• 

De donde se deduce que el viejo no es hombre. 
Primero va el hombre con su amor, y después el 
viejo. Nótese que el viejo no lleva nada. ¿Por qué 
no dijo Doña Emilia: va el viejo con su reúma? 

y le gritan mofándose: • c Ya es tarde,» 
di flor en flor. 1^ 

De modo que de flor en flor le gritan ya es 
¿arde, ¿Quién le grita? Serán las abejas. ¿Y á 
Doña Emilia no la gritan nada? No estaría de más 
gritarla: c ¡Están verdes!» Ó lo que es igual» hace 
usted unos versos detestables. 

|Ah, si Barbey d'Aurevilly la hubiera conocido 
á usted, mi señora Doña Emilia! 



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BATURRILLO 




L Sr. Martínez Ruiz (Cándido) me remite 
desde Valencia un folleto acerca de Don 
Leandro de Moratín. En general, me gus- 
ta; está escrito con sencillez y naturalidad; pero 
(siempre los peros) adolece, á mi ver, de algunas 
omisiones. El Sr. Martínez, por ejemplo, habla 
muy someramente de la obra del célebre satíri- 
co, hasta el punto de prescindir de sus poesías lí- 
ricas, entre las cuales hay algunas excelentes, como 
la tierna Elegía á las musas, y de su sátira más fa- 
mosa. La derrota de los pedantes. Tampoco dice 
palabra de sus Orígenes del teatro español^ obra 
de muchos años y de investigación paciente. 

En lo que el Sr. Martínez se fija preferentemen- 
te es en el teatro de Moratín, poco ó nada origi- 
nal, si se exceptúan algunas sátiras, que no come- 
dias, en rigor, como El café. Nadie ignora que El 
médico á palos y La escuela de los maridos^ sirva 
de ejemplo, son traducciones de Moliere, muy 
bien hechas, pero traducciones, al fin. Creo que 



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222 FRAY CANDIL 



Cándido debió estudiar, en lo que se refiere á la 
obra de Moratín, el influjo que ejerció en éste d 
autor de El misántropo. 

Ningún dato nuevo aporta el folletista al cono- 
cimiento de la vida de Inarco Celenio. Por lo 
demás, ya quisieran muchos cuentistas ilustrados 
(ilustrados en el sentido de que publican sus cuen- 
tos (?) con el retrato del delincuente en la porta- 
da) manejar la péñola (estilo Pardo Bazán) como 
el simpático discípulo del Dr. Panglós. El cual 
alardea de una independencia literaria que no 
puede menos de agradarnos á los que lo somos de 
verdad, no al estilo de ciertos macacos rencorosos 
que se las echan de independientes é imparciales, 
y luego se venden por un plato de lentejas, que 
en este caso viene á ser un bombo, ó se permiten 
aludir vilmente en periódicos de provincias á 
aquéllos á quien debían estar agradecidos por ha- 
berles rehabilitado ante la opinión pública. 

No se deje usted sobornar, Sr. Martínez. Créa- 
me: nada tan satisfactorio como acostarse sin re- 
mordimientos. ¿Que fingen desdeñarle? No impor- 
ta. ¿Que le calumnian cobardemente? Pues como 
pille usted al que le calumnia, palo en él (sin me- 
táfora]... y adelante con los faroles. 

No dé usted la alternativa de hombres de honor 
á esos maricas desvergonzados que, luego de ir 
en jaula, como quien dice, al terreno, derritién- 
dose de miedo en los calzones, se pavonean de 
haber tenido un duelo, como se pavoneaba ma- 
dame Bovary ante el espejo de tener un amante. 



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SOLFEO 223 

í^ Ya ve usted: en la Habana un tal Valdiviist, 
Í4201IÍO si di) éramos 

-c cen Galicia un tal Ángulo,! 

iqtie si como hombre es un Panurgo, sin ing^o, 
como escritor es un mcUtoide (y me quedo corto), 
siempre que puede me grita de lejos. Y cuenta 
que no ignora que yo sé que le echaron del Ma- 
drid CómicOy hace años, á patada limpia. ¿Por 
qué? Porque á cambio de unas pesetas y de un 
destine) o pai-a Puerto Rico, dejó de atacar á Cam- 
poamor. Pues ese Valdivia, que, á diferencia de 
su homónimo, no ha conquistado hasta ahora más 
que silbidos, aguantaba resignado, como burro de 
carga, mis burlas y mis desprecios, cuando él no 
podía contestarles por miedo á que le fotografia- 
se la punta de mi bota en el sitio en que el coxis 
cambia de nombre. ¡Qué tipo el tal Valdivia! Fi- 
gúrese usted que una vez le obligaron á batirse á 
sable (arma que él no desconoce, porque siem- 
- pre la esgrimió, pero de modo incruento). Pues, 
^ñor, que va al lugar del siniestro á empellones y 
medio borracho y me le dan un tajo... ¿dónde se 
imagina usted? ¡En la rabadilla! 

¿Quiere usted más noticias de este mal bicho? 
Llegó á la Habana muerto de hambre. Vivía en 
una barbacoa-- carne asada en un hoyo (?), se» 
gún la Academia— y cochitril 6 algo así, según se 
entiende en Cuba, que era lo que había que ver. 
,En medio de la habitación se veía un catre de 



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224 ^^^^ CA.NDIL 



tijera, sin sábanas, con grandes manchas» al pa- 
recer de aceite, y de tinta, porque el infeliz escri- 
be tendido boca abajo; de un ángulo al otro se 
extendía una cuerda, de la que colgaban una ca- 
misa hecha flecos y unos calzoncillos tiesos de la 
mugre; en un rincón se veía una lata de petróleo 
que el Valdivia destinaba á ciertos usos, y tapabft 
después con el Diccionario de la Academia. Na 
quiero decir á usted cuál era la primer palabra 
que se encontraba al abrirle,. • Tan pronto como 
usted llegaba á aquella zahúrda, una legión de 
chinches, tan hambrientas como su amo, salía á 
recibirle. El dueño, entre tanto, le leía á usted en 
alu voz algún artículo suyOy sentado muy tran- 
quilamente sobre la lata... de Pandora. Si miento, 
que me ahorquen. 

¿Cree usted que con hombres así hay alguien 
que se juegue la vida, en el supuesto de que sean 
capaces de jugársela? Quite usted, hombre, quite 
usted. 



Si Menéndez Pelayo, Valera ó González Serrana 
escribiesen á diario casi, como escribo yo, zurran- 
do á diestro y siniestro, ya vería usted cómo les 
ponían muchos de los que hoy les alaban, no por 
lo que valen, sino porque no se meten con ellos. 
Recuerdo que cuando no me atrevía yo con cier- 
tos ídolos de arcilla, esos mismos que hoy me roen 
el zancajo me prodigaban elogios capaces de ru- 
borizar á Sinesio Delgado, cuya cara de yeso, se- 



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SOLFEO 225 

gún declaración propia, parece inyectada de hor- 
chata de chufas. 
Miseria humana, amigo Martínez. 



Há tiempo que no tenía el gusto de ver la firma 
de Eladio de Lezama, un escritor satírico de agu- 
do ingenio, que sabe dónde le aprieta el régimen. , 
En La Justicia publicó muchos é intencionados 
artículos políticos en que se burlaba con donai- 
re de los chirimbolos de la monarquía, que dice 
Valera. 

En El Liberal leo en estos días artículos de 
Lezama, y felicito al diario republicano, que diri- 
ge mi buen amigo Moya, por tan valiosa adquisi- 
ción. (Estilo de gacetillero meritorio con promesa 
de sueldo para cuando el periódico mejore.) 

Periodistas como Lezama, que tienen dentro un 
literato, no abundan, y menos entre nosotros, don- 
de el periodista suele tener dentro... á un Bouvard 
engreído. Y con todo, el nombre de Lezama ape- 
nas si hace ruido, como tampoco le hace el de Al- 
fredo Calderón, otro periodista de rara cultura y 
gracejo peregrino. 

Pero sabido es que en España los escritores in- 
dependientes, de convicciones arraigadas (¡y qué 
pocos quedan!), no van á ninguna parte, ni á un 
destinillo de doce mil reales siquiera. El escritor 
que adula, que se arrastra, sin perjuicio de mor- 
der á la sordina al mismo á quien lisonjea, sube 

15 



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226 FRAY CANDIL 



como la es{mma. Para él no hay puerta cemkk 
ni corazón de Bronce ó peña. 



Lezama no es un satírico impulsivo, taciturno, 
como Larra. Se ríe sin odio de lo que ju^a ab- 
surdo, y se ríe en correcta prosa. Ve bien el lado 
flaco de los hombres y las cosas; pero no cree que 
la sociedad se reforme porque algunos saquemos 
á relucir sus defectos y sus vicios* Opina como 
Moliere: 

<£t c'est une folie k miUe autre seconde 
de voaloir se méler de corriger le aK>nde.i 

El cambio de postura de un pueblo no se rea- 
liza en un día, á no ser que venga una revolución 
y le vuelva patas arriba. Y menos en un país ru- 
tinario y tradicionalista como éste, donde un 
P. Blanco García logra que se le caüñque de cr/- 
tico ilustre en un periquete, y unos cuantos viu- 
dos espantadizos llevan á los tribunales y al Par- 
lamento... el vientre de una bailarina. 

— iQue conste — parece que quieren decir ttí/ds 
escritores— que no estamos de acuerdo con nada 
de lo que la mayoría^ que aún vive en la edad del 
sílex, acepta como bueno; que conste,— Hoy por 
hoy no tenemos el poder, ese poder que tantas 
dispepsias y hepatitis origina antes de ser escala- 
do. De modo que la lucha ha de ser desigual, y 



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SOLFEO 227 

por lo desigual, expuesta á una derrota. No luche- 
mos; pero hagamos constar nuestra protesta, que 
no faltará algún Emilio Huelín del porvenir que 
la recoja.» 



No creo yo que Zeda, crítico inteligente y culto 
de La Época, me aluda al decir que muchos artícu- 
los en que se zahiere á la Sra. Pardo Bazán — ^ma- 
la poetisa, eso no me lo negará usted— «tienen por 
único fundamento el despecho (1!) que suelen 
sentir los hombres al reconocerse inferiores á una 
mujer...» 

Y no lo creo, porque Zeda me ha honrado con 
alabanzas que no merezco, y porque, francamen- 
te, no me juzgo inferior á Doña Emilia. Y no me 
juzgo inferior (rejíeticiones á lo Castelar), porque 
lo que escribo, aunque malo, es mío, de mi cabC' 
^a, al paso que Doña Emilia imita á menudo á la 
corneja de Horacio. 

Regnard decía de Boileau: «Si se perdiese su 
Arte poética, se la hallaría íntegra en la Eptstola 
á los Pisones,)^ — Si La cuestión palpitante 6 La 
novela y la revolución en Rusia se extraviasen, 
de fijo que se hallarían en Zola y en Vogüe. 

La sinceridad es prenda que na adorna á la 
poetisa de Jaime, la única obra tal vez original 
de la famosa polígrafa (?); y un escritor que no 
dice lo que siente podrá ser correcto, elegante, si 
se quiere: todo, menos artista, 

¿Cree Zeda que yo me fío del misticismo, me- 



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^28 FRAY CANDIL 



jor, tolstoismo cursi de algunos cuentistas á pu- 
ñetazos? ¡Cál Eso es ir preparando el terreno pa- 
ra la entrada en la Academia, sin perjuicio de ser 
también un síntoma de demencia religiosa. 

Si tan partidarios son de ese tolstoismo, ¿por qué 
no imitan al autor de Ana Karenine yéndose al 
campo á labrar la tierra? Acaso piensen con Ma- 
teo Arnold que eso equivaldría á quitar el pan de 
la boca á los infelices labradores. 

Del saber literario de Doña Emilia tampoco me 
fío. ¡Es tan fácil con un poco de picardía y... de 
Larousse ostentar una erudición que no se tiene! 
Como si estuviésemos solos, Sr. Zeda: ¿cree us- 
ted en el alemán de ciertos críticos enanos (como 
llama Víctor Hugo en sus Castigos á Planche) 
que á lo mejor se descuelgan con largas tiradas 
de versos de Goethe y Schiller, en su propia salsa, 
en alemán, quiero decir? Yo no, porque estoy en 
el ajo* 

Que Doña Emilia es mujer de variada lectura, 
no lo niego; de clara inteligencia, tampoco; de 
pluma correcta, menos. Lo que pongo en cuaren- 
tena es que sea artista, de los que tienen un nue- 
vo modo de sentir más interno y más vivo, según 
la frase de Zola. 

Escárbese en su retórica, á veces pintoresca 
y brillante— me refiero á lo poco suyo^ original 
que tiene— y no tardará en aparecer la bas-bleu,.. _ 
con sus correspondientes zurcidos. 

Así como Madame Stael se saturó, en las pos- 
trimerías de su vida, de un melancólico idealismo 



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SOLFEO 229 

cristiano— hermoso por lo sincero—la Sra. Par- 
do, en sus últimos años, se ha saturado de un 
irresistible delirio de notoriedad. No sólo escribe 
en todas partes (cuentos y crónicas) y da veladas 
literarias domésticas, con su ración de Jaime co- 
rrespondiente, sino que no hay autor barbilam- 
piño á quien no adule para que la pague en la 
misma moneda, principalmente si el autor barbi- 
lampiño reside en alguna república hispano-ame- 
ricana. 

(Véase su Nuevo Teatro Critico,) 

Y quedamos en que el Sr, Zeda no me alude. 



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VIAJES CORTOS 



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VIAJES CORTOS 



PARACUELLOS 




ARACüELLOS dc Jüoca (llamado así por un 
aprendí^ de rio, el Jiloca, que- le baña) es 
un poblacho de Aragón que nadie visita- 
ría á no ser por sus magníñcas aguas sulfurosas^ 
Dista poco de Calatayud, otro poblacho con pre- 
tensiones, en que, salvo la plaza de toros y la 
iglesia — símbolos ambos del progreso— no hay 
nada que ver. 

En Paracuellos rara es la casa que se sostiene 
en pie. Todo es un montón de ruinas. — fLa casa 
que se cae no se levanta nunca»— dicen con re- 
signado pesimismo los moradores de este pedazo 
adusto de España. Las gentes viven en cuevas, he- 
chas en las montañas, como el hombre prehistó- 
rico de las cavernas. Son frías en verano y calien- 
tes en invierno, según testimonio de los que las 
habitan. No tienen más que un postigo, por lo co- 



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^34 FRAY OIRDIL 



mún cuadrilongo, por donde se cuela perezosa* 
mente la luz. Para llegar á e]las, donde viven fa.* 
milias numerosas, es preciso subir por cuestas em* 
pingorotadas. La tristeza sombría y ♦muda de lo 
inútil cae como un sudario de muerte sobre este 
hacinamiento de escombros. Aquí sí que viene i 
pelo lo de lacrymce rerum, del poeta. 

Por donde quiera se ven ventrudos paredones 
que amenazan desmoronarse de un momento á 
otro; arcos vetustos semejantes á cejas de piedra; 
grietosos muros tapizados de heléchos; marcos de 
puertas desvencijadas que semejan anchas mandí- 
bulas sin dientes; armazones de casas apabulladas; 
techos sostenidos por maderos que están pidien- 
do á su vez que les apuntalen... 

Del alero de una casa derrengada brota de pron- 
to, como una erupción de hojas secas^ una ban- 
dada de pajarillos que revolotean describiendo un 
arco para volverse luego á su escondrijo. Entre 
ruina y ruina se levanta una casucha sin asomos 
de arquitectura: en lo alto ostenta una claraboya 
triangular, y en lo bajo, rasando con la tierra, una 
puertecica (diminutivo del país), por donde no se 
puede entrar sino á gatas. Las calles son tortuosas 
y estrechas. Alguno que otro chopo levanta su lán- 
guido ramaje, con cuya sombra acentúa la deso- 
lación de esta Palmira aragonesa. 

La miseria en esta región excede á toda hipér* 
bole. No puede uno echarse á ]a calle sin trope- 
zar con una caterva de granujas mugrientos que 
gimen al unísono :—€|Señorico, una perrica!» Di- 



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SOLFEO 235 

ffcümente podría averiguarse la edad de esta po- 
bre juventud degenerada. Diríase que ñuctúa en» 
tre los quince y los cuarenta. Sus caras palidu«- 
chas y amojamadas, sus cabellos de un rubio pu- 
rulento, la expresión vidriosa de la mirada estú- 
pida, inclinan á pensarlo así. Hay chicos de ocho 
años que tienen el aspecto de viejecitos lilipu- 
tienses. 

Recuerdo haber encontrado en la carretera, des- 
file constante de baturros, jinetes á mujeriegas 
en escuálidos pollinos, á una mujer que venía de 
Calatayud con una canasta de huevos y tomates á 
ia cabeza. La vejez prematura de la miseria humi- 
llante se revelaba en su fisonomía terrosa, curtida 
por el sol y el desaseo. 

— cHace diez años que no hago otra cosa. Era 
yo una rapacica cuando el cura de mi pueblo dio 
en perseguirme como un perro á una perra. Y 
jotra que DiosI como era yo una rapacica y el 
cura me mareaba á arrumacos, un día me le eché 
faldas arriba en la sacristía y... me nació un mo- 
naguillo que murió á poco, de no sé qué. Como 
no le trajese á diario lo que él quería, porque á 
glotón no le ganaba ese cerdico que ve usted ahí 
¡la Pilanca me valga! me atizaba cada paliza que 
ya entiendo. A la postre caí en cama. Desde en- 
tonces ando enfermica. De qué, no lo sé. Puede 
que sea de una patada que me dio en la tripa. 

—¿Y cuánto ganas por cargar esa cesta? 

—Pues cinco perricas al día. Ya ve usted, tengo 
las piernas que no son piernas.» 



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236 FRilY CilNOÍL 



Y, levantándose las enaguas, me ensenó dos 
piernas rojizas como patas de elefante. 

Mientras hablaba yo con la mujer, poco á 
poco fué agrupándose en torno nuestro un con^ 
curso abigarrado. Un labriego, alto y espartoso, 
con la tez apergaminada, el pelo alborotado, ceñi- 
do por un pañuelo que debió de ser rojo en otro 
tiempo, y una azada al hombro, me miraba con 
esa imbécil curiosidad de la gente del campo, Á 
cada rato metía la pata para ayudar en su narra- 
ción á la mujer, y entre ambos se entablaba una 
^lisputa por el detalle más fútil. Un chico hasta de 
nueve años, con un chaleco verde que debió de 
ser de algún antepasado suyo, cabezudo y legaño- 
so, se metía los dedos en la nariz, que llevaba lue- 
go á la boca.— ¡No seas marrano! — le decía la ma- 
dre, atizándole un pellizco. El chico berreaba, y 
volviendo la cabeza con recelo á un lado y á otro, 
echaba á andar á trompicones, rozando con la 
cerca; pero no por eso dejaba de hurgarse en las 
fosas nasales. Una mujer preñada, con un mamóa 
en brazos, rubio y de expresivos ojos, escuchaba la 
narración con la boca abierta. Un mendigo cojo, 
apoyado en una muleta, con un sapo de mendrugos 
y cachivaches á cuestas, acechaba las pausas del 
relato para insistir en que le diese yo una limosna. 
Un muchacho que arreaba á un pollinejo peludo 
que parecía de trapo, se detuvo sujetando al man- 
so animal por una oreja y recostándose contra sa 
cuello... 



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SOLFEO 237 

Los campos muéstranse áridos y huérfanos de 
toda vegetación. En algunos pedazos se advierten, 
no obstante, añosos árboles de retorcidas raíces 
que parecen serpientes dormidas á flor de tierra, 
y ralos yerbazales, pobres de clorofila, en que pa- 
ce alguna que otra muía hética. 

A la caída de la tarde diríase que todo llora, que 
todo gime con la tristeza resignada del enfermo 
que sabe que no tiene cura. 



Hablemos del balneario, del de Cortadellas, por* 
que hay otro, el de Serrano. Si se llega por la ma- 
ñana, con las primeras luces del día, que adquie* 
ren un tinte de lividez mate al difundirse por la 
blanca planicie de la carretera y las pálidas joro- 
bas de los cerros, el edificio, grande, pero triste, se 
nos antoja un hospital. Aislado y silencioso, con 
unos cuantos árboles raquíticos en la terrase^ 
fronterizo de una cadena de montañas pajizas, su- 
giere en el enfermo que le visita vagos presenti- 
mientos de muerte. Estos presentimientos suben 
de punto cuando se penetra en la gran casa de sa- 
lud, en cuyas amplias galerías, sumidas en la pe- 
numbra, vierte su mirada suplicante una lámpara 
lejana. 

Durante el día un enjambre de enfermos que 
dan asco discurren por los corredores: el uno pa- 
dece de tina pelada; éste, de liquen herpético; el 
otro, de eczema escrofuloso; aquél, del mal con 



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238 FRA^Y CAHDIL 



que tan donosamente enfennase Voltaire al Doo 
tor Panglós, etc., etc.. Ojos llorosos y dn pQta> 
ñas; cabezas calvas á trechos, pero llenas de costra 
rubicunda; caras picadas de pecas amarillas como 
huevos de pava; frentes jaspeadas de escamas ro- 
jizas; labios carnosos y belfudos; narices de tapir, 
tirando á cárdenas*. • ¡ Todo un curso de Derma- 
tología viva! 

Detrás del ediñcio se extiende una vega que ba- 
ña el Jiloca... artificialmente. Aquí raras veces 
llueve. El cielo se anubarra, relampaguea y true- 
na, pero las nubes tienen á menos descender á es- 
tas arideces hurañas. Se van á Teruel y allí descar- 
gan. Por la tarde comienza la monótona sinfonía 
de los grillos, taraceada de los roncos eructos del 
sapo. Alguno que otro pollino infla y desinfla el 
fuelle de sus rebuznos, mientras las golondrinas, 
rápidas como flechas, pasan piando hasta escon- 
derse en la fronda de los olmos. 

En el horizonte los cerros azulean como un 
mar petrificado y mudo. El sol, como un fantas- 
ma sangriento, va bajando hasta ellos, y les en- 
vuelve lentamente en su orgía de llamas. Poco á 
poco se va desgarrando el glorioso nublado, de 
cuyo vientre sale una lluvia de rubíes, esmeraldas 
y amatistas derretidos. Un polvillo ceniciento va 
borrando líneas y contornos. La arboleda entona 
su salmodia de susurros; el río, hasta entonces 
callado, deja oir el borborigmo de su corriente^ y 



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! SOLFEO »39 

<d paisaje se hunde como un sueño en el vaho de 
la noche... 



• Estos lugares, á donde afluye mucha gente, son 
un manantial inagotable de observación y estudio. 
-Empecemos porque nadie confiesa que está en- 
fermo, aunque hay ciertas enfermedades que, 
como la pobreza, no pueden ocultarse.— Yo— me 
decía un burgués— (aquí la burguesía predomina) 
-no sé todavía lo que tengo (y cuenta que se gas- 
taba una nariz como un pimiento morrón). Un 
día, aburrido de estar en Madrid, me dije: ¿A dón- 
de voy? Pues á Paracuellos. Dicen que aquello es 
muy sano. Y andando. Que me di un baño, por 
probar, y hete aquí que á los dos días la nariz... 
como usted la ve, y luego las orejas. ¿Sabe usted 
' lo que me ñguro? Que me contagié en el agua. 
Parece ser que la banadera no estaba muy limpia, 
y claro, recogí lo que otro dejó. Cierto que tuve 
una época en que me salieron unos granos en sal- 
va sea la parte (él lo dijo como suena). Más tarde 
se me cayó el pelo y me salió no sé qué en la gar- 
ganta; pero después, nada, tan campante,— Otros 
cuentan intimidades muy sujestivas de sus casas. 
Que si duermen solos ó con la mujer; que si la 
mujer les pare mucho ó poco. 

Y todo este palique creerán ustedes que le re- 
servaban para el salón... Pues i^o, señor: para la 
mesa, que, dicho sea de paso, no deja nada que 
desear en punto á suculencia, £1 resto del tiempo 



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240 FRAY CANDIL 



le emplean en chismorrear, en hablar en alta voz^ 
con su correspondiente dosis de ajos y cebollas. 
Leer, no leen más que La Correspondencia. Ver- 
dad es que en el salón de lectura, convertido en 
timba, no hay más periódico que ese. Aquí no 
habrá salud; pero cultura, buena crianza... cual- 
quier día. 

Baste citar un hecho: un amigo mío, joven an- 
daluz de exquisita educación (como que se educd 
en París), se permitió hablarme en la mesa varias 
veces en francés, y esto bastó para que le cogieran 
entre ojos y le pusieran la proa. Alguien llegó á 
decir, en sus propias narices, que tera de mala 
educación {risum teneatis) hablar en francés en 
mesa de españoles.» 

Mi amigo y yo reíamos y seguíamos hablando 
en la lengua de Hugo, como si no. Al día siguien- 
te, uno de los que más nos censuraban departía 
en valenciano (!!!) con otro que estaba á su vera. 

Otro día un señor se empeñó en demostrarme 
que el P. Ceferino González era el primer filósofo 
contemporáneo.— ¿Usted conoce á todos los filó- 
sofos del día?— le pregunté.— No, señor, ni falta. 
Conozco á Balmes y á Fr. Ceferino, y le digo á 
usted que la Historia de lafilosojia, de este úl- 
timo, es un monumento. Usted, como es ateo, 
agregaba, claro, no puede sentir admiración por 
la obra de un fraile. — Le advierto á usted que soy 
fraile. — ¿Usted fraile? ¡Cál— ¿Qué apostamos? 

¡Cómo nos reíamos el Dr. Otón y Parreño— 
inteligente médico del balneario— y yo de aquel 



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SOLFEO 241 

defensor que le había salido al ilustrado Obispo 
de Córdoba! 

De noche nos dan una de jota que nos vuelven 
tarumba. A lo mejor ve usted á la dueña de la casa, 
campechana, si las hubo, jugando á las siete y 
media con unos cuantos baturros, de calzón corto 
y pañuelo á la cabeza, en el salón... de lectura. 
Más allá un grupo se divierte en contar cuentos 
picantes é indecentes. Y ya lo dijo Cervantes: tNo 
puede haber gracia donde no hay discreción.» 

Todos nuestros entusiasmos, todas nuestras 
tristezas, concluyen en chascarrillos, como toda 
borrachera, en palos. 

ParacnelloB, vj de Agosto del 92. 



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242 FRAY CANDIL 



II 

CAMINO DEL MONASTERIO 

Salgo de Paracuellos, llego á Calatayud, tomo 
el tren y á las dos horas, sobre poco más ó menos, 
en Alhama de Aragón, que no tiene de notable 
más que las Termas y un lago. El mismo paisaje 
grisáceo de Paracuellos. Grandes moles de piedra 
bermeja se yerguen enfrente de la Hospedería 4e 
Martínez, tipo clásico de la casa de huéspedes ba- 
rata. Es muy sucia y huele mal. 

El mobiliario de la casa es viejísimo, de la edad 
paleolítica, como si dijéramos. Una escalera an- 
gosta, con los escalones medio hundidos, lleva al 
primer piso y á la buhardilla. Entremos en los 
cuartos. Si es usted alto, lector, tendrá forzosa- 
mente que inclinarse, so pena de barrer con la ca- 
beza la labor de toda una generación de arañas. 
Hagamos el inventario: 

Dos camas de hierro con jergón de paja que 
tiene oleajes de océano: si se echa uno hacia la 
izquierda, se le viene encima todo un pajar; si se 
queda uno en el centro, se hunde en el abismo. 
Para recreo, sin duda, del viajero, se ve aproa y 
ápopa^ sobre una plancha de latón, todo un se- 
ñor mandarín chino, pintado de azul y rojo. Una 
aljofaina pequeñita, donde apenas si cabe la man- 
díbula inferior, matrimoniada con un jarro toma- 



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SOLFEO 243 

do de orín; un espejo donde se ve uno verdoso, 
con la cara hinchada, como con paperas; los ojos 
en rebelión, como si padeciera uno de estrabismo, 
y un tintero viejo que llora, desde hace años, la 
ausencia de la tinta, y unapluma que es una es- 
coba. Voila tout. 

Es de noche: la gente canta en el café contiguo 
la jota aragonesa al son de la guitarra. Frente á 
mi balcón se levanta sombría, ocultando el hori- 
zonte, la gran montaña, cortada á pico. La idea 
de reacción surge inmediatamente en el cerebro 
y el espíritu se siente apenado y fúnebre. Esta 
sensación visual, unida á la auditiva del canto, 
monótono y agudo, se unen y dan por resultado... 
el sueño. A la cama, es decir, al... mar. • 






Han dado las ocho de la mañana. No me reco- 
nozco. Diríase que me había pintado de rubio. 
Tengo la cabeza salpicada de amarillentas espigui- 
tas que el espejo torna azuladas. Parezco un vie- 
jo verde. ¡Valiente jergón! Me desayuno, luego á 
la diligencia que ha de llevarme al Monasterio. 
Al paso, leo en el frontis de una barbería: 

cToMÁs Rodríguez, 
Profesor en Cirujia menor, ^ 

¿Cirujia menor? ¿Qué es eso? Vamos, que el 
que se afeite con el Sr. Rodríguez suelta la piel, 



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244 FRAY CANDIL 



lo que viene á ser toda una disección cutánea. 
La diligencia, atestada. Para mayor regocijo, 
una mujer gorda, coloradota, que tiene una boca 
que es un hacha, se entretiene en contarnos, en- 
tre un diluvio de temos, su vida y milagros. 

— fPorque yo soy mu sinvergüenza, pero soy 
buena. Conmigo naide gasta bromas, porque al 
que yo le dé una manguda.,. Mi marido siempre 
me riñe porque dice que tengo una boca mu su- 
cia. Algunos vergajazos me tiene daos por mor 
de las dichosas desvergüenzas. Pero yo no lo pue- 
do remediar. Mi padre (q. er p. d.) tenía una cua- 
dra, y las decía, y tan campante. El decir pestes 
engorda. ¿Qué va á hacer una cuando se encora- 
jina? Ya habría yo reven tao de rabia si cuando 
me enojo no las dijera... 

—¿Y tú á qué has venío, mujer?— la pregunta- 
ba otra de la misma laya. 

—Pues á ver el Monasterio, que dicen que es 
un primor. 

— ¡Cuántos chicos tiene la mujer de ese peón 
caminero!— exclama. 

— ¡Qué quiéSy mujer!— añade la otra.— ¡Como 
no tié ná que hacer... hace chicos!... 

Lo que es á fuerte naide me echa la zancadi- 
lla. Una vez que mi marido estaba baldao, y cuen- 
ta que es el doble que yo, me le eché á cuestas y 
me le subí desde la portería á la buhardilla.! 

Toda su charla, incoherente y pintoresca, era 
por el estilo, atiborrada de sapos y culebras. 

— €¡Ay, qué bonito San Antonio me bajó mi 



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245 



marido del Rastro! Me han ofrecido 25 duros, pero 
yo no le doy ni en 50. Entre los dos le lavamos, 
porque estahsi jferdio de cascarria, y hoy da gloria 
verle. Porque, aunque pobre, tengo mi miaja de 
gusto... En el Rastro hay cosas buenas. Una ami- 
ga mía, la seña Grigoria, que tiene un puesto en la 
Plaza de la Cebáy compró, hace días, por dos 
cuartos, como quien dice, una Dolorosa que es lo 
que hay que ver... Usiés perdonen — ^y soltó un re- 
güeldo comountñieno.— El mardito melón. Siem- 
pre que le como se me indigesta. Ustés perdonen.» 

Detrás de la diligencia un ejército de chicos de 
ambos sexos, con las caras enrojecidas por el sol 
y las ropas apergaminadas por el polvo y la mu- 
gre, grita que se las pela: — €¿Señorico? ¡Una 1¡- 
mosnica! ¿Señorico? ¡Una limosnica!» 

El mayoral, entre latigazos que suenan como 
tiros, ríe azuzando contra el viajero á aquella tur- 
ba de mendigos impertinentes y procaces. 

Cuál, subido al estribo, vomita una blasfemia 
como una casa y echa luego á correr; cuál, sacu- 
de un corte de mangas y saca un palmo de len- 
gua, y alguno, más atrevido que todos, coge un 
puñado de tierra y le tira hacia el coche. 

El rumor y la trepidación de la diligencia, el 
cascabeleo de las muías, los fustazos del cochero, 
la grita ronca de los granujas, el zumbar de las 
moscas, el calor que asfixia, el polvo que ciega y 
el olor de los viajeros que marea, he aquí la sin- 
fonía de sensaciones que acompaña al viajero des- 
de Alhama al Monasterio de Piedra. 



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246 FRAY CANDIL 



III 

EL MONASTERIO 

La llegada al Monasterio desconsuela. Nadie 
sospecharía que encerrase tantas maravillas. A la 
entrada se yergue una torre de castillo feudal, de 
color bermejo, que cuenta seis siglos de existen- 
cia, Grandes tapias del propio color rojizo de la 
torre circuyen el edificio, del que se ven, desde 
fuera, los techos y algunos árboles y peñascos es- 
cuetos. Se atraviesa un patio que tiene mucho de 
corral, y pronto se penetra en el Convento, don- 
de es uno sorprendido por el escándalo que for- 
man las aguas del río Piedra, aguas que tienen la 
virtud de petrificar cuanto mojan, según dicen. 

Largos y sombríos claustros muestran sus oji- 
vas, capiteles y adornos góticos. Una amplia es- 
calera, que se divide en dos ramales, sostenida 
por arcos y cobijada por una bóveda, lleva al pri- 
mer piso, donde se abren dos galerías de claustros 
que comunican con las celdas de los monjes, con- 
vertidas hoy en hermosas habitaciones. El Con- 
vento ha sufrido notables reformas, muchas de 
pésimo gusto. Del antiguo Monasterio cistercien- 
se sólo quedan la torre, la portería, la sala capitu- 
lar, las casas contiguas y la iglesia, verdadera- 
mente en ruinas. Da lástima el dinero que se ha 



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SOLFEO 247 

invertido en este ediñcio consagrado á la mutila- 
ción de la personalidad humana. In tilo tempore 
fué objeto de privilegios y mercedes por parte de 
D. Alfonso el Casto, D. Jaime el Conquistador 
(cuyas estatuas, hechas pedazo^, figuran á la en- 
trada de la iglesia), D. Pedro el Católico y demás 
reyes que se sucedieron en el trono de Aragón. 

El Monasterio no sólo prestaba dinero á los 
monarcas, sino que brindaba hospitalidad á todo 
«1 que, noble ó plebeyo, tocaba á su puerta. Se- 
mejante opulencia duró hasta la expulsión de los 
frailes. 

Andando el tiempo, pasó á ser propiedad del 
Estado, y en el día pertenece á D. Federico Mun- 
tadas que ha salvado el monumento de la ruina 
completa que le amenazaba. 

Dejemos la obra del hombre y pasemos á admi- 
rar los prodigios de la naturaleza. La impresión 
ingrata que se siente al llegar al santuario, se toma 
vigorosamente alegre al trasponerle. Un hermoso 
panorama solicita la vista del viajero: luminosos 
valles, frescas alamedas, enmarañados bosques de 
árboles frondosos y viejos, abruptas peñas desde 
donde caen enormes cascadas y torrentes desgre- 
ñados que ensordecen el espacio con su eterna y 
monótona música de agua... 

El que guste de espectáculos fuertes, aquf les 
tiene á granel: intrépidos saltos de agua que rue- 
dan al abismo, incendiados por el sol; ingentes ce- 
rros que recortan el horizonte; tumultuosas co- 
rrientes que se empujan aullando, como manadas 



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248 FRAY CANDIL 



de lobos hambrientos. El que les quiera apacibles, 
tropezará á cada paso con agrestes sitios arrulla- 
dos por el manso monólogo de los arroyos; prade- 
ras alfombradas de un verde intenso; alamedas 
iluminadas tibiamente, saturadas de frescura y de 
músicas; y el que esté por lo fantástico y bravio, 
no tiene sino bajar á la gruta, cuajada de estalac- 
titas y de primores geométricos, debidos á la gota 
de agua que ñltra las entrañas de la roca con in- 
cansable y desesperante perseverancia... 






Lo primero que he visto es la Cola del caballoy 
cascada cuyo nombre responde á su exacto pare- 
cido con la cola de dicho animal. 

El río sigue tranquilamente su curso; pero de 
pronto corta su cauce un enorme precipicio, y 
todo aquel caudal de agua se arroja atronador y 
loco, desde una altura de 172 pies, formando un 
hervidero de espumas irisadas al reventar contra 
las rocas. En lo más profundo liga mansamente 
su interrumpida carrera entre árboles que do- 
blan sus ramajes como si mirasen sorprendidos la 
caída de la catarata. 

Debajo del salto del caballo está la gruta, á don- 
de se baja por una estrecha escalera abierta en la 
roca« La sensación primera es de angustia, como 
que se desciende á los antros de la tierra. La esca- 



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SOLFEO 249 

lera se ilumina á pedazos por boquetes que dan 
al abismo. A medida que se baja, el estrépito del 
agua que rueda por encima se hace más imponente 
y ronco, como una ópera de truenos. Se pasan 
obscuros túneles, húmedos y fríos; se atraviesan 
puentes que tiemblan como si fuesen presa de una 
convulsión. 

Al fin se llega á la gruta bajo un aguacero que 
obliga á abrir el paraguas. De pronto no se ve nada 
más que una bóveda (que el mu^o á trechos ta- 
piza), cuya boca cierra una cortina movediza de 
cristal pulverizado. El oído y el ojo funcionan 
atolondradamente ante aquella baraúnda de colo- 
res y sonidos que les solicitan. 

A medida que los nervios se dividen las sensa- 
ciones, un espectáculo indescriptible se despliega 
á nuestros ojos. Por el cráneo de la bóveda rueda 
la catarata, cayendo en elegante y voluptuosa cur- 
va que el sol tornasola vivamente. Parece que toda 
aquella fábrica de piedra y de agua va á derrum- 
barse sobre nuestras cabezas. El agua gotea al tra- 
vés del techo y de las paredes en lágrimas diaman- 
tinas que besa el rayo fugitivo. 

Por donde quiera, entre colgajos de yedra petri- 
ficada, se ven artísticas labores que toman las for- 
mas más ricas y varias« La imaginación las combi- 
na á su capricho. Tan pronto convierte en copudo 
árbol una columna, como en pájaro de abiertas alas 
un pedazo de piedra suspendido del techo. Las 
estalactitas nos parecen lágrimas; los hoyos que 
barrenó silenciosamente la gota de agua, cuencas 



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25o FRAY CANDIL 



sin ojos; las láminas de transparente mármol, su- 
darios de muerte • . . • 



¡Qué grande, qué sugestiva es la obra de la na- 
turaleza! Ella trabaja seria y reflexivamente, sin 
darse prisa, sin ambiciones, sin preocuparse p6co 
ni mucho del aplauso mezquino de los hombres. 
No desmaya en su labor desesperante de siglos. 
Se propone momiñcar toda una colonia de cho- 
pos corpulentos, y arroja sobre ellos un torrente 
de agua que cae durante siglos y siglos con una 
imperturbabilidad que á nuestro pobre sistema 
nervioso produce aterradora obsesión. 

jQué fugaz, qué pequeño, qué mísero parece 
todo lo del hombre en comparación de la natura- 
leza, madre amorosa de todo lo que alienta! Ma- 
dre amorosa, pero también injusta. ¿Por qué al 
hombre, que piensa y siente, concedes vida tan 
efímera, y á ese torrente que ni siquiera sabe que 
existe, das tan prolongada existencia? 

¿Por qué, á cambio de años, nos diste tantas 
amarguras, tantos dolores, y al árbol y al torrente 
y á la roca una vejez apacible, sin tristezas ni 
preocupaciones? 

La tarde va cayendo. Una vaga somnole^ciay 
poblada de rumores, invade mi espíritu* Desde 
mi celda escucho todavía el estrépito lejano del río 
que se despeña como un trueno que se va apa- 



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SOLFEO 23 I 

gando. El viento pasa llorando entre los árboles y 
la estrella de la tarde pestañea como un ojo de 
luz clavado en el espacio. Mi pensamiento rueda 
por esta atmósfera de silencio rumoroso, como 
un pájaro de alas de seda. Mis ojos se humedecen 
y una ola de tristeza y de amor inefable por todo 
me sube al corazón. ¡Ah, no soy del todo malo 
todavía ! • 



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252 FRAY CANDIL 



IV 



El reloj de la iglesia acaba de dar las ocho de 
la mañana. Un aire saturado de oxígeno que vie- 
ne de las montañas se cuela en mi celda como in- 
vitándome á que salga al campo. Me levanto, me 
doy mi baño de costumbre y una vez desayuna- 
do. •• andando. De buena gana contaría á ustedes 
todo lo que he visto y aún me queda por ver; pe- 
ro sería el cuento de nunca acabar. Para resucitar 
mb emociones tendría que recurrir á la metáfora, 
y sobrados tropos llevo escritos. Por otra parte» 
el espectáculo hay que verle, porque narrado pa- 
rece monótono: agua que cae, espumarajeando 
aquí, murmurando allá, deslizándose sosegada- 
mente más lejos. 

Así como nuestras ideas, sensaciones y emocio- 
nes no son más que un producto complejísimo 
de la asociación, según la escuela psicológica in- 
glesa—y ¡cuidado si es variado y rico el mundo 
de la conciencia!— la naturaleza, que tanto nos 
impresiona, no es sino el producto también de 
una asociación de elementos como el agua, el sol, 
la tierra, el viento, etc. Y á lo que íbamos. 

A corta distancia de la Cola del caballo, luego 
de pasar un puente rústico, se encuentra la cas- 
cada Iris, llamada «sí por los cambiantes que teje 



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SOLFEO 253 

en sus raudales el sol. Uno de sus chorros cae len- 
tamente sobre una roca pequeña y pelada que se- 
meja un cráneo. Recuerda el suplicio de la gota 
de agua, de la Inquisición. Aquel gotear monóto- 
no y constante^ aflige. A poco de mirarle se siente 
uno sugestionado y vuelve instintivamente la ca- 
beza á otro lado con gesto congojoso. 

Encima del Iris se descubre otra casQada, la de 
los Fresnos, á la cual se sube por una escalera, 
también rústica, que va siguiendo las tortuosida- 
des del torrente. Desde este lugar se ven diez cas- 
cadas que se desploman fragorosamente entre co- 
pos de hirviente espuma. 

Bajemos hasta El Vergel, silenciosa pradera 
poblada de nogales, fresnos, plátanos, olmos y 
sauces, á cuyos troncos se abrazan yedras y tre- 
padoras, dulcificando el ardor del astro diurno 
con sus verdes toldos. 

No muy lejos se topa con otra cascada, el Baño 
de Diana, que se distingue de sus compañeras por 
la dulcedumbre con que se quiebra entre los pe- 
ñascos, convidando á la meditación. Parece una 
cascada artificial por lo recortado y armonioso de 
su concha. 

Lo acompasado de su cafda despierta sensa- 
ciones uniformes, rítmicas, que sumergen el es- 
píritu en una atmósfera de quietud reflexiva y 
poética. 

Detengámonos un momento ante la Capricho^ 
sa, brillantes juegos de agua que recuerdan las 
fuentes luminosas de la última Exposición de Pa« 



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254 * FRAY CANDIL 



rís. El agua corre apacible y cómica por algunos 
sitios, bravia y colérica por otros; tan pronto sal- 
ta por una roca, deshaciéndose en vapor opalino 
y en arroyos que se arrastran como culebras me- 
dio dormidas, tan pronto se desliza voluptuosa y 
mansa como una gata á quien se acaricia el lomo. 

Pero aún no hemos visto lo mejor; aún nos 
queási El yodo, lo más hermoso, á mi juicio, de 
cuanto contiene Piedra. Bajemos por el río. Sen- 
tados bajo yn amplio y fornido nogal, que á poco \ 
trecho de la catarata extiende su fresca sombra, 
podremos contemplar de perlas el acuático espec- 
táculo. El río, trepando por una montaña en se- 
micírculo convexo, se arroja sobre una meseta. 
Allí se detiene, como para cobrar alientos; des- 
pués brinca de nuevo á otra meseta, concluyendo 
por precipitarse á un semicírculo con pendiente 
escalonada, donde se rompe en una lluvia de fle- 
cos en que el sol, ese gran artista, espejea, arran- 
cando relámpagos de plata. 

En lo alto del Vado se ve todo un congreso de 
árboles que disputan con el viento agitando sus 
follajes. A un lado y otro enormes rocas estrechan 
el torrente en que la enamorada luz de la maña- 
na aletea fugitivos besos de variados matices. 

Esta cascada es como la síntesis de todas las an- 
teriores reunidas; en ella se ven reproducidas la 
Caprichosa^ El baño de Diana, la Cola del ca- 
ballo y Los Fresnos. 

Yo me he pasado horas enteras contemplando* 
la como á una mujer hermosa, contemplación 



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255 



muda, sugestiva, en que las ideas eran sonidos y 
colores. De fijo que á un decadentista se le hubie- 
ran ocurrido cosas peregrinas... para el diablo 
que las leyese: 



¡Adiós! Ya no volveré á verte, río epiléptico, y 
por lo mismo, genial y grande. Tú seguirás tu 
curso loco y arrebatado, entonando en estas ver- 
des soledades tu canción monótona de agua, sin 
preocuparte del aplauso de las gentes. 

Yo me vuelvo á la prosa de la vida, á luchar con 
las miserias de los hombres, á envilecerme con el 
espectáculo social... 

¡Adiós! 

Monasterio de Piedra, Jnlio 30 del ga. 



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FIGUEROA 




CABO de saber, con profunda pena, la 
muerte de Miguel Figueroa, acaecida en 
la Habana. No he leído nada todavía; 
pero supongo que los Ruedas, más ó menos rítmi- 
cos, de aquella isla — siempre agrícola y fiel, como 
dice el ingenioso Antonio Escobar— habrán volca- 
do ya sobre el féretro del célebre tribuno el cajón 
de sastre de tópicos fúnebres... de cajón. Quién 
sabe con qué héroe legendario, con qué santo del 
martirologio le habrán comparado á estas horas. 
Quién sabe las metáforas de quita y pon que ha- 
brán llovido sobre su fosa, aún caliente... 

¡La gran neurosis tropical desbordándose al 
través de la retórica de Goll y Vehí, con un poco 
de Víctor Hugo intercalado en el texto! 

Siempre la misma injusticia. Todo para el muer- 
to; nada ó casi nada para el vivo. Claro: el muer- 
to ya no hace sombra, como no sea la que pro- 
yecte el ciprés que por clasificación le correspon- 
da. Por otra parte, la mayoría de los que así pro- 

17 



í'ío-' 



i 58 FRAY CANDIL 



ceden son creyentes, mejor, supersticiosos, y te- 
men que el muerto les tire de los pies á media no- 
che. Hay que adularle. 



El espectáculo de la muerte, «segadora que no 
duerme siestas,» que dijo Cervantes, debía ser, 
y es para los espíritus reflexivos, un espectáculo 
moralizador, porque mueve á pensar en lo efíme- 
ro de la vida y lo inestable de las cosas. 

Puede que la especie sea eterna; pero el indivi- 
duo es perecedero. ¿Qué es un cadáver para el 
que le sobrevive? Un memento de que también 
hemos de morir, un aviso á nuestra soberbia, un 
alto á nuestras injusticias... Y cavilando en que 
somos uno de tantos candidatos á la muerte, sin 
que haya chanchullo electoral que nos quite el 
acta, nos vamos afligiendo poco á poco y una ola 
de ternura panteísta nos baña el corazón. Y nos 
abrazamos con el pensamiento lloroso á todos 
nuestros amores, mientras en una lejanía de tris- 
teza se pierden abatidos nuestros odios... 

Miguel Figueroa obtuvo en vida muchos aplau- 
sos, no tanto por su mérito intrínseco ( en Cuba 
suele no apreciarse el mérito cuando no va acom- 
pañado de elementos representativos) coom) por 
la consigna que parecen seguir algunos paisanos 
míos, que aman más ó menos inconscientemente 
á su tierra, de vitorear y banquetear á cuantos les 



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SOLFEO 259 

hablan de libertad, igualdad y fraternidad. En 
casi todos los pueblos más ó menos esclavos se 
observa el propio fenómeno. Después de todo, no 
es más que una forma de protesta muy legítima. 
Ya que no se puede obrar, se habla y se palmotea. 
Gran parte del pueblo madrileño pierde la chabe- 
ta si se le habla de república, precisamente quizá 
porque la república vendrá á España, pero tarde... 



Miguel Figueroa valía mucho. Los defectos que 
algunos le echaban en cara fueron los defectos 
de la raza latina, en general, y... del cubano par- 
ticularmente. Pero tenía los arranques generosos 
que sólo tiene la raza latina, y entre los latinos, 
los temperamentos imaginativos y desequilibra- 
dos. Era verboso, elocuente, franco; de carácter 
desigual, debido á lo ardiente de su sensibili- 
dad americana; valiente sin fanfarria, buen ami- 
go, benévolo y reservado para con las flaque- 
zas humanas, débil ante la súplica, enérgico ante 
la insolencia, irresoluto; tipo clásico del hombre 
fragmentario que todo lo empieza y nada con- 
cluye. 

Su vida, como sus discursos— modelos algunos 
de vibrante oratoria tribunicia— fué una serie de 
improvisaciones. Salía á la calle, por ejemplo, 
con el propósito de hacer una visita urgente, y 
como topase con algún amigo en el trayecto, se 



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26o FRAY CANDIL 



iba con él, sin acordarse de la visita. De él pudie- 
ra decirse lo que decía el otro cuando le pregun- 
taban á dónde iba: tVoy á una cita con lo impre- 
visto.)» Su constitución psíquica no estaba hecha 
para lo que requiere reflexión y calma. Su inquie- 
tud morbosa de cubano le impulsaba al continuo 
cambio de posturas. La monotonía, cualquiera 
que fuese, le desesperaba. Estos individuos son los 
que enloquecen cuando, por ejemplo, se les en- 
cierra, cortándoles la vida de relación. No pue- 
den vivir á expensas de sí mismos. Necesitan del 
espectáculo del mundo, del oleaje perpetuo de 
las pasiones, con sus lágrimas y sus risas. 



Miguel Figueroa pertenecía á los caracteres ac- 
tivos, de que habla Ribot, los cuales se distinguen 
pof su tendencia natural á la acción. Parecen míá- 
quinas siempre en movimiento. Viven, sobre to- 
do, exteriormente. 

La base fisiológica de estos caracteres^— añade 
el psicólogo ilustre— consiste en un rico fondo de 
energía, lo que Bain llama la espontaneidad. To- 
mados en conjunto suelen ser optimistas, porque 
se sienten bastante animosos para luchar contra lo- 
do género de obstáculos y vencerles. Son alegres, 
audaces, atrevidos, temerarios. 

Pero, como más adelante advierte el mismo Ri- 
bot, al tratar de los emocionales^ en Figueroa la 



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SOLFEO 26 I 



actividad era intermitente y á veces espastnódica, 
como que nacía de una emoción intensa, no de 
un fondo estable de vigor. 

Semejantes caracteres— continúa el eximio ana- 
lista — no obran sino bajo la influencia momen- 
tánea de móviles poderosos para caer luego en 
la inacción. Mezcla de energía impetuosa y de 
bruscos desfallecimientos. A este grupo perte- 
necen grandes artistas, poetas, músicos, pinto- 
res, etc. 

Miguel Figueroa era artista ¿quién lo duda? y el 
medio de expresión para él más en armonía con su 
carácter era la oratoria, la oratoria fulminante y 
poética. Hablar, hablamos todos, t Si se concede — 
piensa Renán — la originalidad del grito en el bru- 
to, ¿por qué no se ha de conceder la naturalidad 
de la palabra en el hombre?» Para hablar no se re- 
quiere esfuerzo, como para escribir, por ejemplo. 
Abundan más los grandes oradores que los gran- 
des escritores* ¿Por qué? Tal vez porque para es- 
cribir bien se ponen en ejercicio más facultades 
que para hablar. El hablar es espontáneo; el escri- 
bir, artificial. Nadie nace escribiendo; todos nace- 
mos llorando y gesticulando, formas rudimenta- 
rias del lenguaje hablado. 

La oratoria, á mi ver, es el medio de comunica- 
ción intelectual más sugestivo. La expresión fa- 
cial, con sus combinaciones de los ojos, á los que 
Piderit concede tanta importancia psicológica, y 
de los músculos de la cara; la voz, con sus infle- 
xiones y su gradación fonética; las manos, con su 



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202 FRAY CANDIL 



riqueza mímica... ejercen un influjo avasallador 
sobre el auditorio. 

Hay en los sonidos — escribe Eugenio Verón--- 
un poder de vibración particular que se comunica 
á todo organismo vivo, despertando, por esta mis- 
ma vibración, una variedad infinita de sensacio- 
nes, de sentimientos, de ideas, en los cuales es 
muy difícil apreciar las relaciones lógicas que tie- 
nen con la impresión física que las origina. 

Si esto sucede con el sonido aislado, ¿qué no 
sucederá con el sonido dentro del cual late la idea? 
La elocuencia imprime á nuestro espíritu los pro- 
pios movimientos que á un barco la marea. 

Como el orador no sea de los recitadores, pues- 
tos en ridículo por Timón, y se sienta realmente 
conmovido, puede afirmarse que hará de su audi- 
torio lo que quiera. 



En Cuba hay actualmente oradores que pueden 
hombrearse con los más aplaudidos de España. 
Montoro, sin ir más lejos, y Manuel Saoguily, 
para citar algunos. Aún recuerdo el entusiasmo 
que despertó Montoro en Madrid con motivo de 
aquel famoso discurso en que expuso magistral- 
mente ante el Congreso de Diputados el credo del 
partido autonomista. Montoro, en rigor, no es un 
tribuno, como lo fué Miguel Figueroa; su orato- 
ria, más inglesa que americana, se distingue por 



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263 



lo reflexiva y brillante á la vez y lo limpia de ho- 
jarasca. Late en el fondo de ella cierto pesimismo 
sonriente, producto quizá de su concepto idealista 
del mundo y de las impurezas de la. realidad por 
él observadas en el medio social en que vive. No 
puede negar su genealogía castelarina; pero, á mi 
juicio, aventaja al gran sinfonista en la parsimo- 
nia del color, que Castelar esparce á manos lle- 
nas, y en cierto sentido de la realidad que Don 
Emilio nunca tuvo, según propia confesión. Por 
otra parte, Montoro es un orador á la moderna, 
con mucho de la sobriedad ciceroniana, al paso 
que Castelar, cuyos discursos, los últimos princi- 
palmente, tienen cierto parecido con la prosa de 
Carlyle y los versos del Góngora de Las Soleda-' 
deSy es un orador arcaico, cuyos períodos de pa- 
rada y fonda empiezan á leerse un lunes y nos 
sorprende el sábado sin haberles concluido. 

Manuel Sanguily es orador por otro estilo. Más 
académico que político, y más sentimental que 
académico, sus discursos, llenos de verdades amar- 
gas, elegantemente dichas, tienen un tono trágico 
y una lógica acerada que levantan en peso al au- 
ditorio más frío. Diríase que esgrime un acero 
florentino, cada una de cuyas estocadas hiere de 
muerte á quien alcanzan. Son precisamente las 
que necesita aquel pueblo, cuya organización po- 
lítica y social recuerda en cierto sentido á la Cór- 
cega del siglo xm. 

La altivez de su carácter adusto, el hervor de su 
imaginación, contrarrestado por una seria educa- 



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264 FRAY CANDIL 



ción mental, un si es no es viciada por la manía 
enciclopédica, la amargura de su alma de patriota 
soberbio, todo, unido á un buen gusto literario 
que en sus estudios críticos brilla con intermiten- 
cia, dan á sus discursos una fisonomía típica que 
no cabe confundir con otra alguna. 

Figueroa, sin poseer la cultura, al menos de li- 
bros, de Montoro y Sanguily, podía figurar, y figu- 
raba, dignamente junto á ellos. Era, tal vez, más 
impetuoso, más fluido; pero raras veces dejó su 
palabra caliente en el espíritu la huella profunda 
que la palabra de aquéllos. 

Su cultura era más de viajes que de biblioteca, 
lo que, lejos de ser una tilde, se me antoja una 
alabanza. Recuérdese lo que Taine ha dicho, en 
tono de censura, en su análisis de Napoleón: hoy 
estudiamos, en lugar de los objetos, sus imágenes; 
en lugar del terreno, el mapa; en lugar del hom- 
bre vivo, las estadísticas, los códigos, etc. 

A este trato directo con los hombres y las cosas, 
debió quizá Figueroa no pocas de las muchas 
simpatías de que gozaba. Conocía el alma huma- 
na, si no como psicólogo, como hombre de mun- 
do, y eso le bastaba para sortear, en sus relaciones 
sociales, los escollos. 

Pero á la vez era un soñador. Su mirada que- 
josa de enfermo lo decía. 

He notado— escribe el Dr. Piderit en su libro 
sobre La mímica y la fisiognomoní a— quo los 
hombres de fantasía, cuyos pensamientos ideales 
flotan á menudo sobre la realidad, dirigen erra- 



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SOLFEO 265 



bundamente la mirada á lo lejos, como si el fin 
de sus deseos se encontrase más allá de la vida or- 
dinaria. 

I Quién sabe si en aquella mirada de Figueroa, 
doliente y luminosa como el cielo de su tierra, ar- 
dían patrióticos anhelos que se esfumaban en una 
lontananza nebulosa I... 



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¡AL GRAN BARATO! 

¡GONGORILLAS Á PESETA! 

RUEDA Y VALDIVIA. 



«Tü, mirón, que esto miras, no te espantes 
si no lo entiendes; que aunque yo lo hice, 
asi me ayude Dios que no lo entiendo.» 

(Pbdro Espinosa, Flores de poetas ilustres.) 




UEDA y Valdivia, cada cual á su modo, 
son dos casos de atavismo literario, por 
mucho que presuman de modernistas. 
Nietos degenerados de Góngora, no del de los so- 
netos y las canciones, sino del Góngora estrafala- 
rio de Folifemo y Galatea, fábula que, para ser 
todo obscuridad, está dedicada «al Conde de Nie- 
bla,» todo lo convierten en imágenes hiperbólicas, 
en ornato chillón y supérfluo. 

Ni el uno ni el otro tienen, ni por soñación, la 
fantasía policroma del que, en sus momentos lú- 



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268 FRAY CANDIL 



cidoSy escribía versos tan hermosos como los que 
siguen: 

((De la florida falda 
que hoy de perlas hordó el alba luciente, 
tejidos en guirnalda, 
traslado estos jazmines á tu frente, 
que piden, Con ser flores, 
blanco á tus sienes y á tu boca olores.» 

No, no tienen ni el estro ni la riqueza de voca- 
bulario del pretenso perfeccionador de la refor- 
ma poética iniciada por Garcilaso. 

Góngora, poeta predominantemente objetivo, 
<3, como diría Baudelaire, epidérmico, pecaba, 
aparte lo culto de su estilo, de no fijarse más que 
en lo aparente, defecto común á casi todos los 
poetas de los siglos xvi y xvii, que recuerda el 
desdén con que Gautier miraba al hombre, psico- 
lógicamente considerado. 

Retórico por temperamento, arquitecto de la 
lengua, como dice Rueda, tomándolo, vaya usted 
á saber de quién, acaso de Benot, jamás descen- 
dió á las honduras del espíritu, ni se preocupó, ni 
poco ni mucho, de la vida sentimental, interpre- 
tada con íntimos estremecimientos, no al modo 
fríamente elegiaco de la época. 

Yo no comparto la opinión de los que le ponen 
á la cabeza de nuestros líricos, porque recuerdo 
siempre á Garcilaso, á Rio ja y otros poetas coetá- 
neos del autor de las Soledades. El mérito de 



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SOLFEO 269 

Góngora, principalmente histórico, reside, más 
que en sus condiciones de verdadero lírico, en su 
carácter de revolucionario del léxico español. La 
lectura de sus versos, de ininteligible significado 
los más, deja en el oído algo así como fuerte ru- 
mor de hojarasca, y en los ojos como las candeli- 
llas de una borrachera. Carecen de la tersura y de 
la delicadeza de los de Garcilaso, «llenos de lum- 
bres y colores;» del vago pesimismo de los de 
Rioja, del intrépido arranque y la gallardía de los 
de Herrera... 

Su imaginación, visual y acústica, enamorada 
del color y del sonido, comunicaba á sus estrofas 
algo de la primavera, la estación de las ráfagas 
sonantes y de los tonos resplandecientes. Pero la 
primavera no es sólo armonía y luz: es amor, es 
juventud, es florescencia... 

* 

El ambiente moderno, con sus complicaciones, 
ya nacionales, ya extranjeras, ha influido en la 
contextura gongorina de Valdivia y de Rueda, 
pero sin modificarla. La característica intelectual 
del uno y del otro permanece intacta, como en 
Napoleón, por ejemplo, según Taine, el corso del 
siglo xni impera sobre el francés del siglo xvm. 

Despójese á Valdivia del estrato de cultura li- 
teraria moderna, atropelladamente adquirida; á 
Rueda, de su estética rudimentaria, ayuna de li- 
bros y de observación personal, zurcida con reta- 



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370 FRAY CA.NDIL 



les de conversaciones con gente leída, á la luz de 
un farol de la calle, ó á la entrada de un teatro, ó 
en la mesa de un café... y en el fondo de cada uno 
de ellos se hallará al Góngora nebuloso y gárrulo, 
artificial, partidario del color por el color, del 
ritmo por el ritmo. 

El mérito capital de un autor para ellos estriba, 
no en la claridad y sencillez del estilo, en la pro- 
fundidad de las ideas, en lo intenso de la refle- 
xión, en lo vigoroso de la lógica, etc., sino en el 
bermellón de las frases, en lo exótico de los gi- 
ros, en la sonoridad de las cláusulas, en el relam- 
pagueo de las metáforas; en el efectismo, para de- 
cirlo pronto. 

Pudiera juzgárseles como nuevos casos de audi' 
ción coloreada, fenómeno que sólo la psicología 
mórbida puede tomar en serio. La sensación pare- 
ce no pasarles del oído y del ojo. Lo que á los de- 
más lastima, como la intermitencia de unaiuz ó 
de un sonido, les deleita. Los tropos, que las per- 
sonas de gusto califican de absurdos, les electriza. 
No olvidemos que ciertos borrachos crónicos pre- 
fieren el aguarrás al licor más exquisito. 

Confunden la melodía de un concierto de violi- 
nes con el estrépito de una charanga; el azul san- 
guíneo de las venas con el tatuage, dígase tara- 
ceo; las tintas, halagüeñas al ojo, del crepúsculo 
matutino, con la furia multicolora del incendk) 
de un bazar, pongo por caso. 

Si fueran pintores, acabarían de modo análogo 
al protagonista -de Uoeuvre, de Zola; si fueraa 



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SOLFEO 271 

músicos, como el Tamborilero, de Daudet: ahor- 
cándose ó tocando por las calles... 

El desequilibrio cerebral, por una parte; el ego- 
tismo, que dice Nordau, la mala educación litera- 
ria y cierta megalomanía, por otra, puede que 
sean los factores etiológicos de estos dos tipos que 
á través de los mares se dan la mano para evocar 
juntos Ja sombra del fundador de la pirotecnia lí- 
rica en España. 

Valdivia difiere de Rueda en ser pesimista, más 
que pesimista, budista, á la manera del Gautier de 
la primera época (Gautier me perdone), al paso 
que Rueda profesa un á modo de optimismo, á 
ratos agresivo y maldiciente. 

La prosa de Valdivia, saturada de decadentismo 
asiático, de aburrimiento, desgreñada y turbia, no 
tiene la frescura tintórea de la de Rueda. En éste 
hay más espontaneidad, debida, sin duda, al aleja- 
miento en que vive de toda lectura complicada, de 
toda filosofía moderna, á su ignorancia del movi- 
miento intelectual contemporáneo, por mucho 
que él afecte conocer la literatura extranjera {sic), 
puesto que habla (erudición auditiva^ como él di- 
ría) del inñujo del pensamiento francés en Italia, 
Portugal, etc. Puede que le'ocurra lo que á la cria- 
da aquélla (caso que se cita mucho por los psicólo- 
gos) que, sin saber leer ni escribir, recitaba, duran- 
te un ataque cerebral, trozos en latín y en griego... 

Valdivia en la Habana y Rueda en Madrid, han 
pretendido y pretenden fundar escuela, sin perca- 
tarse quizá de que llueve sobre mojado. 



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272 FRAY CANDIL 



Indudablemente que Rueda ignora que Víctor 
Hugo produjo en el verso francés esa revolución 
que él intenta realizar en la métrica española, y 
que Rimbaúd, Baju, Mallarmé, Ghil y otros sim- 
bolistas predican muy en serio esa instrumenta- 
ción poética y ese sonido visible^ como base de 
una nueva estética, de que Rueda nos habla, á 
humo de pajas, en su libro. 

Hay una diferencia; la de que Víctor Hugo fué 
un genio; los simbolistas, escritores, más ó menos 
locos, y Rueda es un joven que sólo tiene instin- 
to poético y... audacia, audacia sobre todo. ¿Sabe 
Rueda psicología? ¿Sabe estética? ¿Sabe gramáti- 
ca? ¿Sabe retórica? ¿Sabe filología? ¿Sabe música? 
¿Conoce la historia poética de España, desde sus 
vagidos hasta hoy? ¿Sabe siquiera francés? ¡Cual- 
quier día! 

¿Ha estudiado C2ew/(^camew/e las relaciones que 
enlazan el lenguaje con la música? ¿Sabe en qué 
se distingue el lenguaje articulado de ese otro len- 
guaje emocional que expresa en síntesis ciertos 
estados del espíritu, como el amor, la alegría, la 
cólera, la tristeza, los celos, etc.? ¿Sabe, por ejem- 
plo, el paralelismo que existe entre la música y el 
idioma, gracias á los símbolos representativos de 
que se valen una y otro, símbolos que se llaman 
notas (signo musical) y letras (símbolo fonético)? 
¿Ha estudiado las formas patológicas, como la afa- 
sia, la amusie, etc.? |Qué ha de estudiar! Pues 
si no sabe nada de eso, ¿cómo se arroja á escribir 
sobre el ritmo (cuya acepción trabuca lastimosa- 



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SOLFEO 273 

mente) (i) en sus alianzas con la poesía y la mú- 
sica, proponiendo unaá modo de regresión al len- 
guaje primitivo, fundado todo él en la onomato- 
peya? ¿Con qué ejecutorias se atreve á romper las 
hostilidades contra «el fatigado y rendido Parnaso 
español,» so pretexto de que hace falta una revo- 
lución rítmica? 

¡Ah! Porque Rueda, ahí donde le ven ustedes^ 
con su aire humilde y su hablar meloso y gestero^ 
tiene su vanidad en su armario, en los espejismos 
de la cual se figura ser el heredero de Zorrilla, sin 
recordar que Zorrilla murió intestado. Por otra 
parte, ignora que no tiene personalidad suficiente 
para promover el abin testa to. 

De semejante presunción es una prueba eviden- 
te su folleto El Ritmo, especie de poética pour 
rire, en que la doctrina estética (?)— nada origi- 
nal, porque algo y aun algos he leído yo en auto- 
res extranjeros sobre el asunto,— los fingidos en- 
tusiasmos, las acometidas virulentas contra los 
que él llama eunucos líricos (sin decir que lo de 
eunuco pertenece á Gautier, y eso debe de saberla 
Rueda, porque Mlle, Maupin anda traducida por 
ahí, aunque mal), no le sirven más que de peana 
para poner la estatua barroca de su vanidad, hoy 
más irritada que nunca (su vanidad, no la esta- 
tua), porque no encuentra eco ni en el público 
selecto ni en la crítica ilustrada. 

(i) Consulte Rueda, si no, el tomo IV, p&g, 1.720, columna 3.», 
del IMcdonario de Littré; y el tomo XIII, pág. X*z67, columna 2.% 
del Diccionario de Larousse. Pero ¡si no sabe usted francésl 

18 



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274 FRAY CANDIL 



Bastaría sólo el hecho de que Rueda, sin saber 
francés d), cita y, lo que supone mayor frescura, 
sentencia á no pocos escritores traspirenaicos, 
para juzgar de su honradez literaria. 

Tendría disculpa si esos autores estuviesen tra- 
ducidos en castellano. Podría pasar hasta que les 
citase porque se les hubiesen traducido yerbal- 
mente; pero es que no les conoce ni por el forro, 
y me fundo en lo siguiente: en un mismo capítu- 
lo empieza por ensalzar á José M. de Heredia (el 
autor de Los trofeos) ^ poeta de retórica exquisi- 
ta^ y más adelante truena coléricamente contra 
los cendecasilabistas,! como llama él á los que 
versifican en ese metro, siendo así que Heredia 
¡[no ha escrito más que endecasilahosU 

En otra parte discurre muy tranquilamente, 
echándola de refinado, acerca de los escritores 
franceses modernísimos, con los cuales, á no ser 
por gestos 7 señas, ignoro cómo haya podido en- 
tendérselas. Asegura conocer á Bourget,já Flan- 
ee, á Moréas, y así me esquilen si sabe con qué se; 
comen. ¡Cuidado con el niño! . 






Para Rueda todo es ritmo, en lo cual imita al 
Dr, Sangredo, para quien toda la medicina se con- 
cretaba á sangrías y agua caliente, y todo lo que 
no sea ritmo le monta en cólera, hasta el punto 

(z) , «Si xne viera precisado & afiliar & Icaza en coalquicr 
la, teadria yo antes ^ne aprender jrancii,w (Pág. 83 ) 



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SOLFKO 275 

de insultar ala hormiga... ¡porque no cantal (O. 
Esta monomanía rítmica le lleva aún más lejos. 
Después de alabar el ritmo (la euritmia, quiere 
decir) del cuerpo humano, añade: «Yo no sé có- 
mo de tantos estudiantes de medicina como hay, 
no salga alguno teniendo idea de la música , del 
ritmo y en presencia de la anatomía.» (Pág. 9.) — 
Ó lo que tanto monta: «Yo no sé cómo habiendo 
tanto zapatero de viejo como hay por esos porta- 
les, no sale alguno tocador de flauta ó ama de 
cría.» La anatomía, para Rueda, es puro ritmo. 
Declaro que ignoro dónde le tenga, como no 
sea... en el hueso. Si hubiera dicho, por ejemplo: 
«Yo no sé cómo al estudiar dermatología (supon- 
gamos) no salen algunos aficionados ala pintura... 
ó curados de espanto á cosas feas,» menos mal. 
Por otra parte. Rueda ignora (pero ¡ah, el ritmó!) 
que los estudiantes de medicina, generalmtnte^ 
no disecan sino á escote, como si dijéramos: á 
éste lo dan un brazo, al otro usa pierna, al de 
más allá el tronco..» De suerte que esa armonía 
total que él supone en el cuerpo humano echado 
sobre la mesa de disección, no existe, y no existe 
porque regularmente le mutilan, y además, por- 
que es de lo menos armónico que darse puede, 

(^ «Cu&titos han pnesto por cima del mérito de la cierra el 
doli^o/aNOM, eld«la itulusMosA Jiormiga, símbolo del vividor, 
dfl|l trapaoeroi del ladr&n (¡pobrtí hotmigal)»,, Pero blra «abe la 
sublime (!!) cigarra que eso que han dicho de ella no ha partido 
til»» áA «eres vulgares, de meollos secos y rutinarios. En el arte lo 
que hay que ser «s df afilK» (P&g. tX9,) TU 4UfkH,„ 



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276 FRAY CANDIL 



¿Dónde tiene la música el ombligo? ¿Dónde la 
tiene el coxis? Como no sea más abajo... Si viera 
usted ¡oh pitagórico Rueda! la rigidez de aque« 
líos miembros rojizos, de un rojizo bermejo; lo 
repugnante de aquellas cabezas calvas como la 
palma de la mano; la expresión doliente ó asom- 
bradiza de aquellas caras, abofadas unas, secas y 
lívidas otras, con la boca contraída por el último 
estertor de la muerte, no pensaría, de seguro, en 
el ritmo, sino en lo triste y misterioso de la vida; 
en la miseria social, que obliga á seres, que han 
querido y odiado como nosotros, á ser pasto de 
la curiosidad científica y... de la burla estudian- 
til, que es peor. 

Mañana— reflexionamos— por caprichos de la 
suerte, ó lo que sea, podremos también concluir 
nuestros días en un hospital y ser carne de cim* 
janos incipientes, lo que equivale á ser comido 
por los buitres... 

Si Rueda supiese que Pitágoras (seamos erndi* 
tos) explicaba la astronomía por la música, y, ye- 
gún algunos, se imaginaba oir la armonía de las 
esferas en ese concierto mudo de vibraciones que 
llegan hasta nosotros, cuando llegan, al través del 
telescopio unas, y al través de nuestros lentes na^ 
turales otras, rimando en nuestro cerebro el hira- 
no del gran misterio universal... (le regalo la ale- 
goría), ¡qué ktas rítmicas las que nos daría e^ 



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SOLFEO 277 

prosa y en verso! Bendita sea la ignorancia de 
Rueda que, por esta vez, nos deja tranquilos en 
la contemplación solitaria 

((de la inquieta república de estrellas,)) 

como dijo Calderón. 

Es lo único que parece haber escapado, puede 
que por estar muy alto, al husmeo rítmico del 
muequero poeta de tanto peregrino disparate, por- 
que hasta el mundo vegetal se le antoja una or- 
questa. 

De hoy más las flores perderán su nativa inge- 
nuidad estética, porque como la cigarra, á quien 
defiende Rueda, por aquello tal vez del similia si- 
milibus, sabrán que son rítmicas, y nada peor 
para las flores como el convencimiento de su pro» 
pió valer. 

¿Cómo no se le ha ocurrido á Rueda hablar del 
ritmo de los tranvías y de los carromatos, ritmo 
irregular, sin duda, pero ritmo al fin? 

Si Rueda supiese (sigamos siendo sabihondos) 
que hubo un largo período en la historia de la tie- 
rra en que el mundo vegetal era de un verde mo- 
nótono que, gracias á la fecundación de las plan- 
tas por el viento, se fué modificando poco á poco, 
<lando origen á la variedad de matices que hoy 
nos admfa-a, ¡qué latas rítmico-vegetales nos da- 
ría también! 

Digo, él, que se asombra de Ique Zorrilla no se 
pasase la vida cantando, como el pájaro en la ra^ 



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278 FRAY CANDIL 



ma; de que no diese los buenos días con música... 
como en las zarzuelas, lo cual es el colmo de la 
locura rítmica d). 

En su libro abundan frases como las que siguenr 
iipetrificadas ondas sonoras de la poesía;» «el hom- 
bre musical» (como quien dice, el hombre rana ó 
cosa así); «el ser rítmico;» «el ritmo vegetal» (¿ver- 
dad que suena á preparación farmacéutica? Ritma 
vegetal,., para curar la tos); «el cuajo del ritmo;» 
«la cadencia plástica;» «la novela j^^ evoluciona- 
da;» «la pintura ya evolucionada» (como si el tér- 
mino cvohición envolviese la idea áefn); «la plu- 
ma en las manos» (como si la pluma se tomase 
con las dos, al uso de los monos), y otras noveda- 
des«.. hasta cierto punto, de igual calibre^ 



Lo chistoso del caso está en que Rueda pretende 
sustituir con esta retórica rítmica suya la de Nú - 
ñez de Arce, contra el cual menudean en El Ritmo 
las alusiones más irrespetuosas y durajs. De nada 
sirve que Ru^da, atendiendo á ima advertencia 
roía (a), procure curarse en salud. 

¿A quién puede referirse lo de <íla.éuduretóri' 

(z) «Si en el momento en que usted (Zorrilla} está inspirado, le 
dieran c^ los nudüjios c^ la «fib^a» sonarif^ ust^ coowi uft vio> 
Un.» (Pág. 88.) 

Si le diesen 4 Rueda en la calveza, ¿á qu$ sonarla? ¡A gigarra! 

(2) «Al llegar aqui, un escritor me hace notar que 00 li^ inclui- 
do en el numero de los poetas.,, ai Sr. liii^io* 4e <Airce^ ji^^n- 



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SOLFEO 279 

ca^y> lo de día perorata quintanescan y otras fra- 
ses desdeñosas por el estilo, sino al insigne poeta 
castellano? Rueda— ¡quién lo diría!— eiividia con 
odio á Núñez de Arce. ¡Pobrecillo! 

No suponga el autor de Los sajpos músicos que 
soy enemigo de esa transformación musical que él 
anhela; que soy refractario al sentimentalismo, al 
fantaseo, y que no admito más que verdades de 
laboratorio. Hay verdades de sentimiento, como 
hay verdades científicas— ha dicho Anatole Fran- 
ce— que son para el espíritu lo que el cielo azul 
para un paisaje; pero ¿cómo se ha de tomar en se- 
rio una teoría en que se dice que deben inventar- 
se metros que excedan en sílabas al alejandrino; 
teoría tomada^ sin duda, al autor de aquellos ver- 
sos de que se burlaba Fígaro: 

«Y era tan fuerte el viento, 

que se apagaban las hachas de los que por purísima de- 
voción iban alumbrando al Santísimo Sacramento?» 

¿Por qué en vez de dos orejas no tenemos cua- 
tro? ¿Por qué no llevamos ios ojos en la espalda? 
¡Vaya usted á saber! ¿No comprende Rueda que 
con semejante moda de discurrir no hay arte 
posible? Ya nadie pregunta el jpor qué de las co- 

4l8l« e»a omid6a en qti« no me haya acordado de su personatidad 
simpática...» (Pág. z8.) 

Y» no t« dije k Rueda et o; lo que le dije fué lo siguiente: «Hace 
usted mal en combatir de ese modo k Níiñe« de Arce que, pese él 
todas las teorías rítmicas, es im gran poeta lírico...» 



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28o FRAY CANDIL 



sas, por una razón muy sencilla: porque nadie 
contesta. 

La tnétrica es cosa convencional, desde luego; 
pero está sometida á ciertas leyes eufónicas que 
no cabe quebrantar en nombre de caprichos in« 
fantiles. 

¿Quién, al leer El Ritmo, no supone que Rue- 
da padece de onomatomanía^ forma degenerativa 
que consiste, según el Dr. Saury (i), en que el en- 
fermo se figura tragarse los sonidos que oye has- 
ta ei punto de escupir para expulsarles? No falta- 
rá malicioso que imagine que El Ritmo está com- 
puesto de escupitajos acústicos,,. 



Aunque parezca mentira, no he querido extre- 
mar la censura del libro de Rueda. Algo han in-' 
fluido en mi% lo confieso, las alabanzas que en él 
se me prodigan; pero 

«la amistad es una cosa 
' y otra cosa es el negocio.» 

Si el Sr. Rueda estudia, que buena falta le 
hace; si atiende al consejo de Horacio, de que jcI 
escritor debe medir sijis fuerzas al escoger un 
asunto; si abandona esa manía de ser colprisiay 
músico á toda orquesta, creyendo que el coloris- 

(i) «Etude clinique sur la Folie Héréditaire.» (Les Dégémrés» 
Pág. 87 y siguientes.) 



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SOLFEO 281 

mo y la música consisten en lastimar la retina y 
el oído con manchones y escándalos retóricos, fal- 
tos de dibu)o y melodía, puede que la crítica le 
aplauda alguna vez. Mientras persista en lo con- 
trario, no obtendrá de ella más que burla ó si* 
lencio. 

II 

Hablemos ahora de Valdivia, muy rápidamente, 
porque ni el uno ni el otro, la verdad, merecen 
tanto meneo de pluma f ritmo plumífero ^ que diría 
Rueda). 

Cuando leo á Valdivia (de higos á brevas, claro), 
recuerdo lo que decía Quevedo, en la Perinola, 
de un libro del Dr. Pérez de Montalbán: 

«Eso no es libro, sino coche de Alcalá á Ma- 
drid, donde se embuten y van juntos, dándose 
hombro con hombro, una vieja, una niña, y la 
buscona, y el tratante, y el corchete, y la alcahue- 
ta y el capigorrón con el fraile. f 

Un artículo de Valdivia es eso. Fijémonos, si 
no, en el prólogo f pórtico, según él) que pone á 
un libro de Lola Rodríguez de Tió (así, Lola, en 
confianza, como si todos- fuéramos de la familia), 
poetisa de Puerto Rico, maía, desde luego. No sé 
de nada más ridículo que ese libro y ese prólogo... 
<l^e empieza: 

«La impresión que la lectura de este adora- 
ble (?) volumen de versos ha dejado en mi espíri- 
tu, es la de una peregrinación del alma á través de 



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282 FRAY CANDIL 



luminosas galerías en un muy blanco, muy esbelto 
y muy armonioso templo griego (!).» 

Sí hubiera dicho á través de la manigua^ ha- 
bría estado en lo justo, porque Lola es una poe- 
tisa de marimba y guicharo. 

Véase la clase: 

«Como emblema de poesía, 
tu amable amistad me eavia 
dos blanquísimas palomas. 
{Alas! eso es lo que ansia 
la «Cantora de las lomas.» 



Viüaclara, de improviso 
llego al calor de tu hogar, 
y ya comienzo á cantar 
este hermoso paraíso. 
Hoy mi buena suerte quiso 
que se cumpliera mi anhdo, 
y vengo á posar el vuelo 
en la espléndida comarca 
que tanta belleza abarca 
bajo su radíente cielo.. ;]^ 



(Décima de guajiro^ bailable al son del tiple.) 
Añade Valdivia; tParece este libro el sueño 
(pero ¿no quedábamos en que ^ra templo grie- 
go? J hecho r^lidad y luz (como ú la lu» no fue- 
se realidad) por una hija de Platéii (pero ¿Platón 
tuvo hijas?) á qufen besaran en ia cuna abejas 
áticas.»-» Primera vez que oigo qute ks abejas be- 



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SOLFEO 283 



sen, aunque sean áticas. Algo se aprende leyendo 
desatinos. 

«Lola es una pluma helena (primero templo, 
después sueño y ahora pluma. Nada, lo del coche 
de Alcalá á Madrid) que firma al í)ie de cada es- 
trofa como un blasón de luz.»— (Buena letra, la 
tiene. Ya la quisiera yo para mí.) — «Porque eso 
es Lola. Un alma contemporánea de Ovidio (va- 
mos, sigue la metamorfosis) en un cuerpo con- 
temporáneo de Núñez de Arce...» ó de Garulla, 
porque tan contemporáneo es el uno como el 
otro. 

De modo que Lola es griega ({una griega que 
se llama Lola!) y se parece á Ovidio... Pero ¡si 
Ovidio fué latino Y se gastaba, además, unas na- 
rices de notario!.*. 

«Del pseudo-Byron modernísimo (¡Núñez de 
Arce, pseudorByron!) tiene lai inquietud que las 
almas elegi4as 5iV/2íew /re«íe á ios problemas pa- 
vorosos (¡horror!) que se esbozan ante las con- 
ciencias modernas.» (Quiea te eatienda, que te 
compre.) 

« Af í libro de Cuha es más que un libro (sí, ya 
lo ha dicho usted: templo y sueño hecho realidad): 
escomo un sol de la inspiración (¡anda^ anda!) de 
J0 primer poetisa de la América esj^ñola» (!1). 
- ¿y Ja Avellaneda? . 

. í(LoU. (¡dale, bola!) ha sido en esta ciudad 
l'tnfant gata por todos.» 

Echemos un velo sobre estas intim^idades. 

«Así conK) Gautier era orieatal, Víctor Hugo 



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284 FRAY CANDIL 



español y Heine francés... (y usted plagiario), 
Lola es griega.» 

Pero ¿no dice usted que se parece á Ovidio? 
¿En qué quedamos: es griega ó latina? 

¡Pobres sabios! ¡Cómo les pone Valdivia! 

«Pero ¿qué importan los sabios? Los sabios- 
asociación de cangrejos (no está usted mal can- 
grejo) para el progreso k reculones (!!)— son 
siempre los espantajos de toda poesía.» 

¡Ah, ignorante! Goethe ¿no fué sabio y poeta? 
Renán ¿no fué sabio y poeta, aunque en prosa, 
como Taine? Carducci ¿no es sabio y poeta en 
verso? 

Pero lo gracioso está en que Valdivia escribe á 
renglón seguido: «Quizá sea yo— y acaso Menén- 
dez y Pelayo— el único que sejpa que ha existido 
Maubrun.» 

De donde se deduce que usted, que presume de 
sabio, es un cangrejo á reculones. Bueno, adiós, 
cangrejo, y cuidado con las abejas áticas y no sea 
que It besen á usted... en el carapacho. 

j Al gran barato! ¡Gongorillas á peseta! 



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índice 



Páginas. 

Prólogo v 

Algo de todo 7 x 

El celoso de su imagen (drama de Selles) 9 

Echegaray con motivo de El poder de la impotencia I7 

Los plagios de Doña Emilia. 25 

La loca de la casa (drama de B. Pérez Galdós) 33 

Baturrillo 41 

Mariana (drama de Echegaray) 47 

La tertulia literaria 6 los martes de D. Luis. • • . . . 53 

Una nueva vida de Jesús 65 

La sinceridad critica 73 

La comedia religiosa , 79 

Liga de poetastros 85 

Ai&emos gx 

Pedrea literaria 95 

Hablemos de moral • 99 

La Dolores (drama de Feliü y Codina) 105 

Clínica social 109 

Las criadas de servir , X13 

Pushkin 119 

La 16gica de Balart 123 

Baturrillo 135 

Al dómine Cascarrabias ..,.": , 139 

Ornitología de corral Z45 

Moralicemos 149 

Después del combate (debió venir la silba) 155 

Baturrillo * 159 

En la Comedia , 163 



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286 ÍNDICE 

P&ginaa. 

Baturrillo 167 

Bl dúo de la Africana Z75 

Baturrillo 179 

£1 color en las letras Z85 

Maupassant • 193 

Ripiteis 213 

Baturrillo ., ,«. 23X 

Viajes cortos 233 

Figneroa. • 257 

\k\ gran barato! ¡Gongorillas á peseta! Rueda y Valdivia. . . 267 



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ERRATAS PRINCIPALES 



Página 49. Donde dice le, léase el. 

Página 51. Donde dice unos gorras, léase unos 
porros. 

Página 138. Donde dice Aromes, léase Ar^rm/í. 

Página 155. Donde á\cQ pirotécnica,\édiSt piro- 
tecnia. 

Página 165. Donde dice Jago, léase Yago, 

Página 204. Donde dice Cróiset, léase Croísset, 



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Litros líibncs 
18. 5. &í 

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